24 DE ENERO 2012

 


                                                                    24 DE ENERO 2012

 

            Se acercaba mi cumpleaños, cuarenta años era toda una vida, y mi vida era todo un conglomerado de sueños, muchos de ellos aún sin alcanzar.

            Había planeado escalar el Cerro Desolación hace ya muchos años, y me había prometido

-aunque jamás cumplí mis promesas- que no cumpliría los cuarenta sin haberlo conquistado. Muchas expediciones lo habían intentado, pero sus glaciares superiores parecían infranqueables con sus grietas gigantes y dispuestas siempre a abrirse repentinamente para devorar a cualquier ser humano que se atreviera a desafiarla.

            Llamé a Hernán como tantas veces, para decidirnos de una vez por todas. Mi amigo y compañero de cordada era el único capaz de animarse a semejante aventura, (o locura), y además era capaz de sobrellevar conmigo cualquier contratiempo, más allá de su capacidad técnica, sino por su voluntad y convicción de que si uno alinea su espíritu con los dioses de las montañas, éstas nos permiten recorrerla para deshilachar alguno que otro de sus más sublimes secretos.

            Casi estallo de bronca cuando me respondió que no podía, sus tareas cotidianas no le permitían venir al sur esta vez. No tenía alternativas. Iba a ir solo.

            Hice todo lo correcto, avisé a las autoridades correspondientes sobre mi expedición en solitario, escuché pacientemente opiniones, reproches y sugerencias, preparé mi equipo con una minuciosidad obsesiva, y estudié mi ruta con una precisión poco conocida por mí.

 

            Amaneció despejado y comencé mi ascenso, dichoso y sonriente. La despedida de mis seres queridos en la terminal había sido corta y concreta, como siempre. No vaya a ser que me vean lagrimear.

            El primer día de mi marcha fue realmente maravilloso, soleado y ventoso como es siempre la Patagonia; pero calmo, muy calmo. En pocas horas ya me había “montado” en el glaciar que recorre la ladera noreste, la más apta para escalar, ya que el sol le da constantemente y además, su inclinación es menor que las del lado sur. Si bien mi avance visto desde arriba, hubiera parecido lento y penoso, era muy constante. Se sabe bien que las tortugas pueden contar más cosas del camino que las liebres; y así iba, con mi soledad a cuestas, que de a poco se fue endulzando y se convirtió en una soledad que llena. Mi mochila, había dejado de parecerme pesada, y sentía que cada paso que avanzaba iba soltando lastre, al dejar culpas, miedos y apegos, que tanto sufrimiento traen a la vida de los hombres.

            Lo que más me costaba hacer en ese momento era dejar de pensar, “parar ese diálogo interno” que no cesa de taladrarnos la cabeza con sus opiniones formadas de todas las cosas de la vida. Hasta que lo logré, y un mundo infinito de sensaciones, colores y olores nuevos inundó mis sentidos. Era “uno” con el Cerro Desolación. La montaña y yo no nos diferenciábamos en nada, ambos estábamos vivos y rebozábamos energía que vibra, en ese instante, en la misma frecuencia.

            Acampé temprano y esa noche me perdí en la inmensidad de un cielo infinito y único. Incapaz de contar las estrellas y de encontrar mis constelaciones favoritas me abrumó la fuerza del misterio que encierra ese cielo distante y sólido, pero al alcance de la mano.

            Desperté muy temprano, desayuné mis cereales y preparé todo mi equipo para el ataque a la cumbre. Era el día más difícil, lo sabía, pero también el día más ansiado y esperado, el “día de cumbre”. Armé mi mochila con las cosas mínimas y necesarias, el resto lo dejé en la carpa, ya que al regresar, cargaría todo otra vez. No tenía sentido subir todo el peso hasta la cumbre, si el camino de bajada es el mismo que de subida…

            Unas nubes pequeñas se acercaban velozmente del oeste, y maldije mi suerte (si es que ésta existe) ya que el oeste trae lluvia y nieve, y en pocas horas. Vi con angustia que el barómetro descendió repentinamente y que el viento había variado en poco tiempo. Mi destino acababa de sellarse; debía bajar inmediatamente, se avecinaba mal tiempo, y con inusitada rapidez. Jamás el Desolación había permitido que hombre alguno soportara la furia de sus vientos. Allí tomé mi decisión fatal. Iba a seguir. Era el día 23 de enero, previo a mi cumpleaños, que jamás me gustó festejar, y calculé que lo iba a lograr si era impecable con mi actuar; y si no, dejaría mi vida allí, con todos mis dones y miserias...

            La lucha fue feroz, el viento lastimaba mi rostro haciéndome pequeños cortes a los costados de los ojos y de los labios, pero así y todo continuaba firme con mi decisión y acción, y mi paso -otrora lento- se volvió enérgico y veloz, cautivado por el fuego interior que me ardía al estar cerca de alcanzar mi antiguo y anhelado sueño.

            Llegué a la cima a las 9:00hs, dos horas antes que lo estimado según mis planes. Grité y bailé mi danza indígena en su cumbre. El Desolación estaba bajo mis pies y mi visión era de 360°, aunque las nubes ya cubrían la casi totalidad del aire. Aún, de a ráfagas, podía ver hacia abajo el mundo circundante. Imposible describir con palabras su belleza, y mucho menos, mis sentimientos.

            “¿Esto es todo lo que puedes hacer?” -grité amenazante al oeste- , reía a carcajadas con mi alma llena de vida y furia al mismo tiempo.  Me tranquilicé en pocos minutos, cuando se me pasó la emoción del primer momento, me senté a contemplar lo poco que se veía ya, y agradecí profundamente mi eterna felicidad. Si mi vida entera hubiera existido sólo para poder disfrutar ese instante, entonces había valido la pena. Era feliz, completamente feliz. Dediqué otra vez la “cumbre” a mis hijos, en silencio, y luego, parado y en voz alta, para que todo ser vivo o no, contiguo a mi ubicación, supiera de mi alegría efervescente y de mi emoción profunda.

            Después de una hora, la situación empeoró considerablemente. Un viento blanco me rodeaba y la nevada caía espesa, muy intensa. Apenas había descendido algunos metros cuando me arrepentí de haberle gritado al oeste mi arrogancia. Mi descenso se hizo muy fatigoso, cuando en condiciones normales debería ser mucho más fácil que subir.

            Tenía que bajar hasta la ruta ese mismo día. El colectivo pasaba por allí, al pie del Desolación a las 19hs y eran apenas las 10hs. Calculé que me sobraba tiempo, en condiciones normales podría bajar, recoger mi carpa y equipo que dejé y llegar a la base en seis horas; la nieve iba a retrasarme un poco, nada más.

 

            Bajaba con muchas dudas y cavilaciones, no podía reconocer el terreno y encontraba demasiadas grietas. Muchas de ellas se rompían a mis pies, y comencé a preocuparme de verdad. Estaba en un aprieto. Tendría que haber encontrado mi carpa hacía ya rato y sin embargo ni rastros de mi campamento, yo había marcado adecuadamente con pircas y había dejado señas previendo cualquier nevada. “No se te ocurra ir solo”, me había advertido mi compañero de cordada, y ahora lo sentía detrás de mí, repitiéndome una y otra vez la misma frase.

            Pude sortear el glaciar finalmente, no sin miedos ni desalientos, dos veces había resbalado y si no hubiera sido por mi amada piqueta Charlet Moser ahí hubiera terminado mi contienda.

En el fragor de la batalla con el clima y la montaña (y mi pánico y mi desesperación) había perdido un guante, mis gafas de tormenta y mucho de mi soberbia y altanería. El Desolación era implacable, no había duda alguna, y no me daba tregua en ningún momento. Cuando creía que cedía un poco su cólera arremetía furioso contra mí, y más de una vez caí rodando por el suelo varios metros, solamente empujado por la fuerza del viento. Llegué a pensar que el mal tiempo sólo se hizo presente por mi osadía.

Salir del glaciar me había llevado horas y horas, pero me sentía triunfante, aunque ahora me encontraba en un problema aún más grave. Había arribado a un bosque de lengas que no conocía y para empeorar aún más la situación, lleno de nieve blanda. En cada paso me hundía hasta la cintura y a veces hasta el pecho.

Definitivamente, me había perdido. No entendía en qué punto exacto equivoqué mi rumbo. Miré mi reloj contrariado. Eran ya más de las 20hs y entonces no me quedó más opción que decidir vivaquear allí, entre dos arbustos achaparrados. La nieve caía más fuerte todavía y mi gran terror era soportar las frías temperaturas de la noche. Calculaba que había caído un metro de nieve en pocas horas; y el tiempo seguía empeorando.

¡Cómo explicar lo sucedido esa noche! Fui el hombre más solo y atormentado de la historia. Traté de mantenerme despierto, pero estaba exhausto y sin víveres. Vi claramente la cara de mis hijos sollozando y preguntando dónde estaba y cuándo iba a regresar. Vi a mi hijo grande, adulto ya, contándole a sus propios hijos que su padre había sido un loco, aunque un gran hombre, que murió como había vivido, pero a un costo muy alto. Después mi madre gritándome: ¿Por qué? ¿Para qué vas a esos lugares? ¿Por qué tratas de desafiar la muerte? Mil veces le había explicado, o tratado al menos, que los “conquistadores de lo inútil” -como nos han llamado a los escaladores- no desafiamos la muerte, ni la vida, ni la Naturaleza. Que sólo nos desafiamos a nosotros mismos, que nuestra vida está hecha para grandes aventuras y no para rincones quietos del mundo.  Que preferimos el riesgo y las nuevas sensaciones a la certidumbre opaca de la rutina, que sabemos fehacientemente que en la orilla de la vida sólo juegan los que tienen más valor. Sentí la angustia de todos mis seres queridos pesándome en la espalda.

Rompí a llorar, me sentía completamente derrotado. Esta vez sólo dependía de mí y de mis fuerzas, que ya no tenía. Y si, esta vez mi soledad era vacía. Finalmente, el sueño me venció y me dormí ahí mismo.

 

Desperté angustiado, ya no sentía los dedos de mis pies y sabía que tenía principio de congelamiento. La temperatura había descendido intensamente, y yo apenas contaba con fuerzas para moverme.

¿Valía la pena el “Desolación” mi vida? El día anterior, en su cumbre, había gritado a los cuatro vientos que sí, pero hoy ya lo dudaba. ¿Por qué los seres humanos somos tan cobardes ante lo inevitable? ¿Por qué no somos capaces de sostener la responsabilidad de nuestras decisiones y acciones? Me sentí insensato y absurdo al rezarle a un Dios en el que había dejado de creer hacía ya largos años, y hasta le prometí que si me sacaba de “esta”, volvería a profesar mi fe. A las pocas horas me reía de mi desesperación y de mis pensamientos.

Era el día de mi cumpleaños y yo llevaba en los libros de mi historia personal, anotada en mayúscula la cumbre del Desolación. Era el primer ser humano que lo había conquistado y en solitario; o por lo menos no había registros anteriores de ello. En su cumbre dejé un pañuelo amarillo y verde y una foto de mis “cachorros” escrita por detrás, con mi nombre y apellido, fecha y hora exacta de mi gran logro. De esa manera había colaborado con la vanidad humana, para que los próximos que lleguen a la cumbre supieran de mi éxito, no vaya a ser que el tan temido olvido se lo lleve quién sabe dónde...

No tenía opciones, debía caminar para intentar llegar a algún sitio. Ese día parecía no haber amanecido, estaba negro y oscuro; apenas nevaba, y encima, mi reloj me abandonó esa noche junto con mis esperanzas. Sin hora, sin brújula y sin ambiciones comencé a andar. Me sentía un cobarde, y mi mente no dejaba de repetirme las cosas malas y detestables que había hecho durante cuarenta vueltas alrededor del sol, que también ese día me había abandonado. Sonreía con la idea de haber llegado al purgatorio, ese que me inculcaron de chico en la escuela.

            Caminé horas interminables, sin nada que comer, y chupando trozos de nieve helada, ya que ni agua me había quedado. Estaba oscureciendo nuevamente, o así creía, cuando comprendí repentinamente que ya no poseía pensamientos. Mi cuerpo aún vagaba errante por un bosque nevado sin destino ni puntos de referencia, pero mi mente había muerto o estaba aletargada en aquellas latitudes. En ese preciso instante, descubrí también que mi alma rebozaba alegría. Era feliz. Otra vez sentía la sensación, esta vez más convincente de que era feliz.

            “Valió la pena” me decía una imperceptible voz interior que, supuse, era mi espíritu; que no se arrepentía de haber vivido, de haber pasado raudamente por este mundo y de haber deleitado sus ojos en él, con todos sus desaciertos y mentiras.

            Y proseguí así ya no sé durante cuánto tiempo, el concepto de tiempo también se había esfumado con la muerte de mi mente.

            De repente, cuando ya creí que todo había terminado, cuando lo único que esperaba era saber cómo era el final, vi muy lejos, apenas perceptible, un humo negro que, estimé, vendría de un fuego o una fogata. Instantáneamente se conectó mi instinto de supervivencia y me dije en voz alta, aunque apenas podía hablar: “voy a llegar allí, cueste lo que cueste”. En realidad, dudaba si seguir moviéndome era lo correcto y la solución. Yo había dejado bien claro mis datos, mi itinerario y horarios de partida y regreso. Seguramente con mi ausencia ya habían llamado a los equipos de rescate y emprenderían mi búsqueda. Había hecho todo bien hasta allí, o casi todo. Tal vez sólo tenía que resistir quieto en un lugar, o hacer alguna señal para que me vieran, pero con semejante tormenta, ¿Qué podrían hacer? ¿Cuándo vendrían? Quizás sólo debía aguantar uno o dos días. Si despejara rápido... Pero, ¿Cómo saber si el tiempo cambiaría?

            Arranqué con todas mis fuerzas, pero mi cuerpo ya no respondía. Supuse entonces que ya había perdido mis dos pies.

            Encontré una subida muy empinada y el humo venía efectivamente detrás de esa loma. Escalé como pude esa pared de granito sólido; cada paso que daba un infinito dolor me recorría de punta a punta, pero era mi única opción. Todo mi ser se hallaba atareado en dar un paso hacia arriba, un solo paso. Y así, avanzaba fatigosamente. Alcancé la cima del peñasco bien entrada la noche y la nevada se hizo muy intensa, peor que antes. Mi cuerpo no soportó más la presión; el esfuerzo había sido agotador, caí bruscamente contra una piedra que golpeó mi cabeza muy fuerte abriéndome un gran surco al lado de la sien. La sangre brotó tibia y a grandes borbotones, la sentí dulce y me agradó su tibieza.

 

            Arrastrándome alcancé a mirar hacia abajo y lo que vi me dejó atónito y me llenó de emoción. Un hombre vivía allí abajo, solo, completamente solo. Su choza era de barro y apenas (calculé) era una habitación pequeña donde entraba una cama y nada más. Adiviné que un fuego calentaba su cena por el olor que llegaba y apenas percibía.

            No podía creer que un ser humano viviese en esas condiciones, y además, del otro lado del Desolación. Había escuchado una vez una leyenda de un escalador que se perdió intentando bajar de su cumbre y había elegido vivir allí como un ermitaño.

            El viento descargaba, ahora sí, su tormenta de nieve más dura y frenética, y yo quedé boca abajo en el borde del peñasco, sin poder mover un solo músculo y mirando hacia abajo, hacia el valle. Cada dos o tres minutos se aclaraba momentáneamente el aire y veía a aquel hombre, sereno, taciturno, vestido con harapos y sin más herramientas que un hacha construida con una rama y una piedra atada, seguramente hecha por él mismo. Lo vi cortar dos trozos de leña de una pila que había acomodado ordenadamente detrás de su choza.

            A las pocas horas, creo, lo vi salir de nuevo, con la nieve besándolo y acariciándolo, ya que ahora caía lentamente y eran sólo copos hermosos flotando en el viento. Lo vi juntar agua de un pozo cercano a su choza con un cuenco de barro. Su barba era larguísima y muy desprolija, al igual que su cabello que llevaba atado con una hoja alargada y puntiaguda de conífera.

            Quise gritarle, sólo él podía ser mi salvación, pero ni un hilo de voz salió de mi garganta. Ya no sentía tampoco las manos ni podía moverlas, al igual que las piernas. Supe que ahora se acrecentaba mi hipotermia y mi muerte por congelamiento no tardaría mucho en llegar. Mis horas estaban contadas, y más en esas condiciones temporales que no aflojaban ni un minuto, la nieve ya me había tapado casi por completo, pero aún con el antebrazo izquierdo podía quitármela de los ojos y contemplar a aquel hombre, sereno y sólido en sus quehaceres cotidianos, cuando la noche avanzaba en el “Valle de los fracasos” del Cerro Desolación. Porque fue (en ese momento) que supe dónde me encontraba. Había equivocado mi camino exactamente hacia el noroeste, era inconcebible mi error; el Desolación me había dado una larga lección de humildad, pero ya no contaba con tiempo para corregirme. Mi vida terminaba allí y, por razones que la razón no entiende, me permitía observar con admiración profunda a aquel ermitaño, solo, completamente solo y feliz, en medio de aquella inmensidad.

            Comprendí el destino funesto de los hombres que, siendo casi imperceptibles para la Madre Naturaleza, la enfrentamos, la doblegamos y lastimamos con nuestro “progreso”, nuestra nueva civilización que rinde culto a la ciencia y a las adquisiciones materiales que nosotros mismos inventamos.

            ¿De qué serviría mentir ahora? Envidié hondamente a aquel ermitaño. Se lo veía tan completo. Sabía desde el lugar de mi pobre observación que a ese hombre no le faltaba nada, que sus decisiones constantemente coincidían con sus acciones, minuto a minuto. Y, que allí, en el Valle de los fracasos, él había encontrado su lugar en el mundo.

            Supe también, sin necesidad de racionalizarlo, que la vida es un corto camino de aprendizaje, que somos sólo una mínima porción de tiempo, sólo un instante; y que el Desolación me había dejado llegar a su cumbre para concretar mi sueño, y para que yo partiera -el día de mi cumpleaños número cuarenta- solo y con el equipaje de mi vida: mis pobres sueños, mis errores y aciertos. Me iba feliz y completo solamente por haber sentido y comprendido, en el último aliento, de dónde venimos, y hacia donde nos vamos.

            Entonces ya no quise ser aquel hombre, en apenas segundos (o tal vez fueron horas) conocí misterios insondables; y agradecido, eternamente agradecido a la vida, abracé la Tierra toda, en la posición en que me encontraba, y me dormí...

 


            Desperté temprano, el cielo estaba despejado, la tormenta había pasado durante la noche y ahora amanecía un cielo anaranjado y esperanzador. Otra vez el bosque volvía a cantar. Me levanté y fui caminado despacio hacia el pozo de agua, me sentía sediento. Me lavé la cara, me até el pelo con una hoja de pino y me peiné la barba. Me sentía dichoso, como cada mañana. Escuché un helicóptero merodear la zona, otra vez buscando un escalador o un cadáver. Y me dije para adentro, porque hace años no hablo con nadie: ¿Quién pudo estar tan loco de intentar subir el Desolación con esta tormenta?

Comentarios

  1. ME ENCANTO!!! te vi en cada detalle de tu perfecta descripción de cada sensación, sentimiento, y visión de todo. GRACIAS POR COMPARTIR ESTA GRAN HISTORIA... O VIVENCIA...

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    1. Gracias Barbi! Casi siempre las historias inventadas son vivencias expresadas de otro modo...

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