EL EXTRAÑO
Salió a trabajar al
amanecer, como todos los días; llevaba calzado nuevo y caminaba orgulloso
mostrándolo, sus vecinos no cesaban de halagarlo constantemente Iba muy bien
vestido esa mañana de invierno, cubierto con ropa novedosa, todos sabían que
esas pieles eran muy difíciles de conseguir por esos lugares.
Llegó al camino
principal y giró a la derecha, recordó cómo trabajaron sus abuelos en la
construcción del camino, con picos, palas y hachas habían hecho una traza casi
perfecta, que unía la zona alta donde residía prácticamente todo el pueblo con
las zonas bajas donde iban a trabajar. El era en ese entonces apenas un niño
glotón, su padre lo llamaba cariñosamente “el gordito” y se enojaba con su
madre cuando lo sobreprotegía demasiado, con caricias y abrazos y lo mantenía
dentro de su hogar demasiado tiempo. Su padre bien decía que la “vida” se
desarrollaba afuera, donde hay más peligros pero también más aventuras y
misterios por conocer.
Instintivamente dio un
salto alto hacia su izquierda cuando una serpiente cruzó el camino, la
reconoció por el sonido inconfundible de su cola al acercarse sigilosamente,
pero como Dier venía sumido en sus pensamientos recién la escuchó cuando estaba
a unos pasos. La esquivó y siguió su camino; había sentido deseos de matarla
por el susto, pero sabía que cada ser en el universo era parte de un todo, y
ese todo era un gran equilibrio que haría de esta tierra, su universo, un mundo
hermoso y eterno.
Llegó al río y ante de
cruzar el puente encontró al hijo de su amigo del alma – su pequeño “sobrino”,
como él lo llamaba – orinando en medio de la correntada. Se sentó con la
paciencia de los ancianos y dedicó unos minutos a explicarle dulcemente el
ciclo del agua, y por qué razones no convenía orinar dentro del río, todo el
pueblo consumía aquella agua, lo más importante para ellos era que se mantenga
límpida, y no sólo por ellos, sino por las generaciones futuras que aún no
habían nacido.
Siguió su camino
canturreando una canción en voz baja de tiempos inmemoriables que su familia
fue pasando unos a otros, en los tiempos en que aún no pintaban las historias
en las paredes.
Llegó al bosque donde
debía trabajar esa mañana y saludó a sus compañeros que bromeaban porque había
sido el último en llegar, casi siempre llegaba tarde, y por eso ese día salió
justo al amanecer, mientras su mujer preparaba la molienda del grano, para
cocer el pan que alimentaba a sus dos niños pequeños.
Trabajó muy duro ese
día bajo el sol, juntando fruto por fruto del bosque aledaño, habían llenado entre
todos catorce cuencos y estaban felices, pues alcanzaba para repartir un cuenco
a cada familia, de las catorce que conformaban su pueblo.
Dier le dijo a su
compañero -que trabajaba junto a él- que le había resultado muy positiva la
reunión del mes anterior, en la noche de luna llena, la organización de las
familias, como habían acordado, los había hecho prosperar mucho más que en la
época de la construcción de los caminos.
Saludó a todos y partió, pasado el mediodía, hacia las
dunas del este donde debía buscar las cabras que dejó unos días atrás para que
pastaran tranquilas sin ningún ser humano que las moleste. Llevaba un cántaro
de barro enorme colgando de la espalda, para traer leche para los niños, ya que
quedaban muy poco en las alforjas comunes.
Caminó animadamente la
media hora que, sabía, lo separaba de aquellas dunas cuando, de repente, sintió
un viento arremolinado cerca de él. Miró el cielo, las nubes, y todo alrededor.
Le había llamado la atención aquel viento porque en esa época de calor jamás
había vientos intensos y menos en círculos concéntricos. Se acercó despacio,
precavido, desconfiado. Pasó por detrás del peñasco que usaban de torre para
vigilar a “los del otro lado” en los días de la guerra. Prefirió subirse para
ver, y de pronto, su mente no podía explicar lo que sus ojos estaban
presenciando. Un ser extraño, caminaba hacia él, con una mano adelante y la
otra hacia arriba llevando algo incomprensible. Pudo ver su rostro, de una piel
brillante y transparente, “como de agua sólida” -pensó- y lo más inexplicable,
detrás de ese rostro vio otro rostro más, pero humano, o casi humano, porque no
llevaba pelos y su piel era pálida como la espuma del río. Dier supo inmediatamente
que ese extraño debía ser un visitante de otro mundo, aunque su contextura
física era igual, dos brazos con manos,
dos piernas con pies...
Seguramente lo trajo el
viento huracando, supuso Dier, vaya a saber siguiendo qué designio de los
dioses, y con qué propósitos. Dier se acercó y saludó con una mano en el pecho
y otra adelante, como había aprendido de niño, y le habló:
- “Yo te saludo, extraño! Soy Dier, de la familia de los Urger, vivimos
en paz desde que el padre de mi padre era niño, cuando terminó la guerra por el
territorio, justamente sobre este peñasco. Se acordó vivir pacíficamente y así
lo hemos hecho y hemos prosperado. Si vienes con buenas intenciones, eres bien
recibido en nuestro poblado”.
El extraño titubeó y
pronunció algo ininteligible con una voz aguda, temblorosa y frágil. Dier
comprendió que no podían entenderse hablando, así que prefirió mirarlo
fijamente a los ojos, a través del agua sólida (“que no era hielo pues no se
derretía con el sol” -había pensado algo confundido), para desentrañar sus
propósitos y necesidades. Su padre le había enseñado que cuando uno lleva la
verdad a cuestas, sus ojos no vacilan jamás.
El extraño lanzó un
grito insólito y levantó ambos brazos, como la técnica que usaba Dier para
espantar a un felino si se acercaba demasiado al pueblo. Dier se sorprendió y
percibió en ese ser una soberbia sin límites. Lo miró fieramente mostrando los
dientes como para no acobardarse, y comprendió viéndolo a los ojos que el extraño
traía propósitos rebuscados y escondidos en su mente. Pudo verle una angustia
profunda, heredada quién sabe por cuántos miles de años de insatisfacción. Supo
también que ese extraño estaba casi desesperado, su sudor sobre el rostro casi
humano, debajo de la piel de agua sólida le mostraba un nerviosismo sin
sentido, propio de los que no saben cómo actuar. Le bastó esa sola mirada para
comprender que no venía a traer paz ni a compartir secretos distantes. Definitivamente,
ese ser no era de fiar.
Dier sacó lentamente su
arma, por las dudas. Saludó con un “adiós, extraño!” y regresó corriendo al
camino principal. Apenas inició su corrida, giró para ver y vio que el extraño
se había preparado a perseguirlo. Así que Dier corrió primero hacia el lado
contrario de su destino, dio un vadeo largo para evitar que el extraño llegara
a su pueblo, y se dirigió hacia su hogar. Mientras atravesaba el camino
principal se sintió protegido por esos árboles que habían visto crecer a los
antiguos, y hoy lo escondía a él de tan temible peligro. Se sintió agradecido.
Entró al pueblo vociferando lo vivido y exigiendo a todos que se refugien hasta
que pase el peligro. Llegó a su cueva, se serenó, contó lo sucedido y corrió la
cortina de piel. Esa noche, no encenderían los fuegos.
Todo el pueblo vio un
torbellino de hojas y piedras sobre el peñasco, como un viento arremolinado...
El capitán recibió a su
compañero con un estrecho apretón de manos, mientras este se sacaba la
escafandra de vidrio.
-
Imposible
entenderse capitán – dijo el explorador. No son civilizados.
-
Sí, lo
noté, teniente, son demasiado salvajes y atrasados.
Despegaron suavemente la nave y se esfumaron
invisibles, en un remolino de
viento.
Apenas despegaron el
capitán se recostó en su sillón y escribió en su bitácora de vuelo:
Día 4: “Hemos retrocedido en el tiempo decenas de miles de años, como estaba programado. Toda la exploración resultó tal cual
se planificó, sobretodo en las mediciones del ambiente; a excepción del
contacto con un ser humano antiguo. Su cerebro se asemeja al de un animal
y estimamos, no piensan. No poseen lenguaje, así que es imposible comunicarse
con él. De ese ser incivilizado sólo salen onomatopeyas incongruentes que nada
significan ni tienen lógica. No deben poseer ningún tipo de conocimiento ni
tiene sentido estudiarlos para aprender algo del ambiente en el que viven. No
tienen ninguna relación con él. Sólo poseen instinto de supervivencia que los
hace correr para protegerse, alimentarse y reproducirse.
Inmediatamente pasamos
a la fase dos de nuestra exploración. Iremos al siglo XX, donde nuestros
antepasados dejaron documentado cómo se relacionaban entre sí y con su ambiente en forma óptima.
Seguramente dará mejores resultados y tal vez nos sirva para aprender de ellos
cómo tratar la Naturaleza para que nuestro planeta Tierra no sea lo que es hoy:
un enorme desierto sin agua y sin vida.”
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