VIDAS
VANAS
El Abuelo Serkel sentó a sus nietos a su alrededor para contarles una historia. No se había decidido aún por cual, cuando el más pequeño de ellos chilló. Estaban muertos de hambre, esa era la realidad, ya había pasado más de un día desde la última vez que habían comido algo.
¿De qué sirven tus historias y enseñanzas abuelo? -Dijo entonces el pequeño- Si en lo único que puedo pensar ahora es en comer…
El abuelo se quedó unos segundos
en silencio. No le gustaba responder sin pensar bien lo que iba a decir. Sabía
que era muy difícil -casi imposible- alimentar el espíritu cuando la panza
cruje.
- Queridos míos -comenzó diciendo- Sé que el hambre nos atormenta y también sé que la fuerza de la juventud hace que uno ponga toda la energía vital en salir corriendo a buscar comida. Ese momento llegará, se los aseguro. Pero mientras tanto debemos pensar en nosotros, en nuestras vidas, en nuestros destinos... Fuimos hechos para ocupar un lugar en el mundo, para ser alguien. Nuestra función en esta gran maquinaria no está aún revelada, pero todos somos capaces de descubrirla…
- ¿Y cómo podemos empezar a hacer lo que nos dices abuelo? – preguntó otro de los nietos, que ya había empezado a interesarse por las peculiares enseñanzas del anciano.
- En el principio de todas las cosas está la confianza en uno mismo -Serkel decidió usar el hambre de su familia para dejarles una gran enseñanza- Debemos estar convencidos de que todo lo que nos proponemos en la vida llegará a su debido momento; ni antes, ni después. Con nuestros pensamientos positivos y nuestro esfuerzo atraeremos todo lo que necesitamos para subsistir. Si estamos abrumados y pesimistas, sólo atraeremos dolor y angustia… Hizo un silencio dramático, conociendo el efecto que causaban sus narraciones en sus amados nietos. Todos lo miraban boquiabiertos, con esos ojos brillantes que denotaban cuánto lo querían y admiraban.
En ese instante un ruido seco interrumpió
bruscamente su relato, se abrió la puerta del laberinto de vidrio y los
conejillos de indias sintieron una ráfaga de aire fresco y un olor penetrante a
comida… Todos salieron corriendo desesperadamente por esos caminos intrincados,
chocándose unos contra otros, cada uno por su lado, en busca del ansiado
alimento…
Sólo el más anciano, Serkel, se
quedó quieto en la entrada, reflexionando... Decidió que ese día no iba a correr
por ese laberinto rutinario, y pensó:
“Pobres queridos míos, qué vidas tan vacías llevan. Realmente viven en vano…”
El doctor Serkelbaun comenzó sus
anotaciones observando a sus conejillos de indias corriendo por el laberinto
sobre la mesa. Algunos de sus conejillos se estaban volviendo más inteligentes
y encontraban su alimento con mayor velocidad. El doctor observó y anotó: “Mi
conejillo más anciano, Serkel, se quedó quieto en la entrada, sin participar
activamente de la corrida. Su muerte estará cercana, sus fuerzas comienzan a
fallar.
El doctor Serkelbaun cerró su
libreta de notas y miró a los ojos a su conejillo que fue objeto de su estudio
por casi ocho largos años y pensó:
“Pobres conejillos míos, qué vidas tan vacías llevan.
Realmente viven en vano…”
Un dejo de tristeza lo invadió y
decidió dejar de trabajar. Se acercaba la medianoche, se dio cuenta de que no
había descansado por horas. Sentía que llevaba demasiados años de investigación
rutinaria y aburrida. Se sirvió una copa de vino, se sentó en su sillón preferido
y se puso a escuchar un disco de jazz…
Estaba soñando o adormilado
cuando escuchó una voz venida de algún lugar lejano diciendo…
“Pobres humanos míos, qué vidas tan vacías llevan.
Realmente viven en vano…”
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