DESPUÉS DEL TÍO ALFREDO

DESPUÉS DEL TIO ALFREDO

Todo sigue vivo, hasta que deja de ser recordado”

Proverbio indio navajo

 

            - No me hagan ir hasta allá para ir a un velorio. Esas fueron las palabras de tu hermano, crudas y secas, como siempre -la abuela Pupé estaba enojada con la expresión de su hijo del sur, pero rumiaba esa frase en su mente una y otra vez, buscando un significado ulterior, aunque sabía que su hijo Darío simplemente detestaba los velatorios.

-          Es un tarado– dijo muy bajito Cristián, el hermano mayor, se dio media vuelta para irse, girando nerviosamente la llave en la mano. Judith, la hermana más chica, se quedó callada, y en su mirada había algo de furia e intriga, sólo su madre podía comprenderle ese silencio rabioso…

El que puso el grito en el cielo fue Diego, el otro hermano:

-          ¿Qué?!?! ¿Cómo no va a venir? ¿Quién se que cree que es? ¿No le explicaste la situación?

-          Ya escuchaste -le dijo protestando su madre, la abuela pupé- fueron sus palabras textuales; y no digan que después invento.

-          Yo lo soluciono, si es un tema de plata se arregla de otra manera- y Diego salió prontamente de la casa, casi pegando un portazo.

 

Darío miraba pensativamente por la ventana del avión. Todo su ser estaba tensado hacia el tío Alfredo. No sólo pensaba en él, lo sentía. Poseían una conexión inexplicable. Había conocido realmente a su tío en su vejez, claro que éste le llevaba más de cuarenta años…

En su infancia, no fue más que ese tío que en las reuniones familiares hacía siempre el mismo truco de magia de sacarse el dedo gordo de la mano y volvérselo a poner. Más adelante, en su adolescencia, el tío se había puesto grande y algo pesado con sus charlas, que generalmente se relacionaban con el Japón. Toda la familia tardó muchísimo tiempo en comprender tanta pasión por una tierra tan lejana…

Sin embargo, en su vejez, se convirtió en un ser enigmático, profundo, respetado, admirado, sabio en su pensar y en su hacer.

Darío comprendió, a esa altura de la vida -y aún en la distancia- que su tío era un buscador, un auténtico buscador, que sin importar si encuentra o no, continúa su recorrido hacia delante poniendo en ello su fe, su esperanza, sus miedos y convicciones.

            El tío Alfredo recorrió este mundo como un auténtico transgresor de la rutina, esa infame enemiga del hombre que teje y desteje a sus anchas el rumbo de nuestra sociedad. Él había concebido esta vida como un viaje que valía la pena recorrer, sobrellevando cada soledad que iba descubriendo, porque al fin y al cabo no somos más que eso, seres solitarios que nos encontramos andando y desandando diferentes caminos. La familia no es más que compartir un instante de este corto tiempo en que estamos aquí, y así los más viejos nos van dejando esas pequeñas enseñanzas que tratamos de pasar a los más chicos, o que simplemente olvidamos. Y así, vuelve a comenzar el ciclo que rueda y rueda en el tiempo, tal vez en forma circular, volviendo cada vez a empezar de nuevo.

Darío descubrió que su tío le había dado muchísimo más de lo que podía suponer, con pequeñas charlas, con sus archivos enviados por e-mail, con sus anécdotas, compartiendo sueños verdaderos y otros escritos, y con una profunda e increíble conexión energética.

Recordó cuando estuvo tan mal en el hospital hacía varios años; recordó cada instante vivido, y sonrió sabiendo con total convicción que un sólo segundo de verdadera unión espiritual entre dos seres es una eternidad; y que años enteros de compartir horas vanas entre las personas no valen un ajo.

El tío Alfredo rondaba el siglo de vida, (qué más podía esperarse) y Darío recordaba en sus profundidades pequeños momentos, armando un gran rompecabezas con los ojos claros de su tío. Éste había descubierto por sus propios medios e intuiciones que su sobrino era feliz, absolutamente feliz, solamente por haberse animado a hacer coincidir sus pensamientos y decisiones con sus acciones cotidianas. Y justamente ahí era donde se encontraban, ahí estaba exactamente su nexo. Sabía con total certeza que, en definitiva, su tío Alfredo había aportado mucho, muchísimo, construyendo un gran peldaño más al espíritu del hombre…

 

Darío llegó entrada la noche a la Residencia donde estaba el Tío Alfredo.

La enfermera le abrió la puerta, y allí vio a toda la familia reunida. Le extrañó ver a todos al mismo tiempo. Sus primos y hermanos estaban sentados en círculo. Darío venía a cerrarlo, si hubiese ocupado la silla vacía que había en un rincón.

-          Llegaste tarde, hermanito –le dijo Judith con tristeza y bronca en los ojos.

-          ¿Por qué tarde? –preguntó Darío, con una sonrisa estúpida en la cara (por lo menos eso pensó la enfermera que lo estaba observando)

-          El tío falleció recién –respondió secamente Judith.

-          ¿Y quién te dijo que eso es tarde? –le replicó su hermano, con la misma sonrisa estúpida en la cara (esta vez la enfermera lo corroboró).

-          ¿Prefiere entrar? –agregó ella para ayudar a aliviar la tensión del ambiente.

-          Por supuesto. -le respondió Darío, evitando sentarse en la silla vacía y siguiéndola lentamente. Y al abrir la puerta de la habitación, antes de entrar, la enfermera lanzó un grito de asombro y horror. 

      -          ¿¡No está!! -gritó alocadamente- ¡El cuerpo no está! ¡Desapareció! ¿Qué cosa extraña sucede acá??!! -seguía gritando con los ojos desorbitados por el miedo. 

-          ¡Tranquila! Acá no pasa nada raro - le explicó Darío, otra vez con la misma sonrisa estúpida - Lo que pasa es que mi tío Alfredo no murió, no puede morir…

Y mirándola fijamente a los ojos mientras se tocaba el pecho con ambas manos agregó:

-          ¿Es que acaso no lo ve? Lo tengo aquí, lo llevo conmigo...



 

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