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MARÍA EUGENIA Y LA TRISTEZA

Tenía veintitrés años y daba clases de educación física en una escuela primaria.

Llegué temprano, antes de las 8hs. Era un día muy frío de invierno y comenzaba con segundo grado. Quería evitar que los niños de seis y siete años pasen frío en el patio, así que organicé rápido un juego de persecución para entrar en calor. Lo expliqué corto y conciso para no perder tiempo y mientras los chicos se preparaban para correr, pregunté:

            - ¿Alguno tiene una duda sobre este juego?

            María Eugenia levantó la mano y con su vocecita infantil me preguntó:

            - Yo, profe… ¿Por qué estás tan triste?

Hoy pagaría por ver la expresión de mi rostro. La pregunta me descolocó por completo. Yo tenía una sonrisa de oreja a oreja, y siempre creí que dejaba mis problemas personales del lado de afuera del colegio y que daba mis clases con total alegría y energía.

            - Después te cuento –le respondí. Y comenzó la actividad, a puro grito y diversión…

 

                Mi padre había fallecido hacía apenas unos días. Nadie notaba mi tristeza maquillada, pero los niños suelen ver cosas que los adultos ignoramos…

 


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