Catalina tenía ocho años.
Yo la
miré desde la escalera cómo jugaba en su habitación, sentada frente a la
computadora. Pasó un rato muy largo allí. Escribía, dibujaba y sonreía…
Me
pregunté —con esa curiosidad de padre— qué le estaría pasando por la cabeza. No
me acerqué, la vi tan emocionada que no quise interrumpir su intimidad.
Fue muy
grata mi sorpresa cuando me llamó para mostrarme lo que había hecho. Comprendí
todo en un segundo. Había plasmado lo que sentía en un dibujo. Luego puso el título: “Lo
de siempre, el beso bajo las estrellas”

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