LA SABIDURÍA DE LA ABUELA MOLLY
Tenía veinticinco años
y andaba por la vida carajeado, navegando perdido por el mar del no sé.
Me gustaba lo que
hacía: mi profesión, mi trabajo, mi familia, mis amigos; pero algo no andaba bien.
Siempre tenía un pero…
La abuela Molly tenía ochenta y siete años y se había curado de una fractura importante. Su osteoporosis estaba muy avanzada. Decidí ir a visitarla para conversar con ella y tomarnos unos mates extremadamente dulces, que nunca me gustaron (siempre opté por el amargo). Pero entre mis peros sabía que lo que necesitaba era una inyección de su sabiduría…
Se puso muy
contenta al verme. Nos sentamos en la puerta de su balcón y disparé directo,
sin preámbulos:
—Abuela… ¿qué es la
vida?
Abrió muy grandes
sus ojos notando mi desazón. Entonces se acomodó en su reposera, se sentó con
la espalda bien recta, acariciándose la rodilla como hacía siempre, y respondió:
—Mirá Cachito (a todos nos llamaba igual, supongo que a veces no podía recordar el nombre de sus nietos), la vida es luchar y luchar, sabiendo que uno siempre va a ganar. A veces es tan dura una caída que crees que es el final, pero sea lo que sea, siempre se levanta. Mirá, cuando murió la Chacha pensé que no podría salir de esa (la Chacha era mi tía, su hija que había fallecido hacía casi veinte años) pero lo hice. Siempre, con sacrificio y trabajo, pero siempre, podrás solucionar el problema por el que estés pasando. ¡Siempre! —lo enfatizó muy seria, clavándome una mirada vidriosa, penetrante hasta la médula. Hizo una pausa por unos segundos y sin dejar de mirarme a los ojos continuó:
—Cuando
llegás a mi edad (y ahí regresó a su ternura habitual) te das cuenta de que todo
lo que fuiste, todo lo trabajaste, todo lo que hiciste, ya no importa. Lo único
que queda es el amor y la familia... Y la familia es para abajo: tus hijos, tus
nietos, siempre para abajo… Mi vida ya terminó hace tiempo, y estos años que
estoy viviendo me los regaló Dios, como un premio, para verlos crecer a ustedes
y disfrutarlos. Esa es la verdadera felicidad…
Yo no tenía nada que
agregar. Seguí cebando el mate como le gustaba, poniendo una cucharadita de
azúcar cada vez que le tocaba a ella, tratando de no hablar para no ceder a la
tentación de lagrimear.
Me volví a casa reconfortado.
Seguía carajeado, claro, me sentía aún perdido; pero la abuela Molly ya me había
señalado el rumbo…

Claro cachito. Una foto y sus palabras. Como hacer sencillo la belleza de la nostalgia en tus palabras. Te envidio
ResponderBorrarSus palabras siempre están!
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