CLOVER

 

                 CLOVER

Me mudé a la Península hace apenas dos meses. Todo es nuevo para mí: la cabaña, los vecinos, los árboles alrededor, el aire que huele a pinos, el sendero que atraviesa el bosque; aunque me siento tan parte de ella que hasta me parece haber nacido aquí.

            Todos los días camino varios kilómetros hasta la calle donde tomo el colectivo 22. Saludo al conductor -siempre es el mismo- y me siento en el anteúltimo asiento del lado izquierdo, justo frente a la puerta.

 

            Una tarde viajaba distraído, y me encontré leyendo las cosas escritas en los respaldos de los asientos. Mi mirada se frenó justo delante de mi pecho, con letras grandes y rojas decía: CLOVER.

            —¿Qué significará “clover”? —me pregunté. Y no tuve más alternativa que pasarme el resto del día buscando en vano su significado. Se me volvió una terrible obsesión. ¿Quién puede escribir algo así y que no signifique nada? Siempre pensé que los escritores de frases en lugares públicos eran seres valientes que osadamente impartían sabiduría, del tipo que sea. Pero la palabra clover escapa a todo eso. Algo tenía que revelar.

 

            En otra ocasión me reí fuerte y solo. ¡Era muy simple! Serían sólo siglas, y cada letra correspondería a una palabra. Entonces todo el viaje inventé frases. Y así, empecinadamente, encontré decenas de hipótesis, ninguna me pareció satisfactoria. Cuando volvía a casa le grité furiosamente al lago:

            —¿¡Por qué!? ¡Este enigma es imposible de descifrar! Me respondió un tenso silencio e inmediatamente una ráfaga de viento helado y penetrante. Evidentemente no supe interpretar tampoco esa señal. Enloquecí de rabia y pateé varias piedras hasta calmar mi enojo. Mi inteligencia nunca había sido puesta tanto a prueba. Esa noche se me hizo larga y tediosa, esperando que amanezca con mi insomnio a cuestas y mis cavilaciones errantes.

 

            Atardecía mientras viajaba tranquilo, cuando un niño se paró a mi lado observándome. Sospeché que algo sabía, entonces le pregunté señalando la palabra en el respaldo del asiento.

                —¿Sabes que significa clover?

                —¿A poco que no lo sabe?

                —Aún no lo descubrí. ¿Es un nombre? —pregunté.

           —¡No señor, es un verbo! —me gritó. Luego me miró resignado y sorprendido, casi con tristeza. Sus ojos eran profundos, no pude ni siquiera suponer en qué cielos volaban sus pensamientos.

                —¿Y cómo puedo averiguarlo? —le dije algo ansioso.

             —¡No averigüe, sólo hágalo! —respondió. Y se bajó corriendo, antes de que se cierre la puerta.

 

            Lo que más me llamaba la atención era que ese lugar siempre estaba libre y al parecer, todos lo ignoraban. Podía haber alguien adelante o detrás, pero jamás ahí mismo. A veces hasta había gente parada y ese asiento parecía esperarme a mí. Empecé a sospechar de todos. En este pueblo hay algo raro, tal vez una confabulación, o sencillamente se están burlando de mí.

            Pero cada tarde, al abonar el boleto, ya vislumbraba el asiento vacío y no podía ceder al impulso de sentarme allí. Luego, el conductor me miraba de soslayo por el espejo, y jamás volvía a hacerlo hasta bajarme, quizás sólo se cercioraba de que me siente en mi lugar. Decidí no preocuparme más en este asunto…

 

Fue una noche de marzo, cuando empezaron los vientos y las lluvias que no cesan. Volvía a casa, de noche. Había trabajado demasiado y me sentía muy cansado. Sentí que algo me seguía, me asusté. Caminé con los pelos de la piel erizados de pies a cabeza. Definitivamente algo o alguien me seguía, pero al darme vuelta no había nadie allí. Dudé si entrar a la picada del bosque que me lleva directo a mi cabaña, pero lo hice.

La caminata -que dura apenas unos minutos- me llevó horas. Quizás caminé en círculos, o me perdí, lo único que recuerdo hoy es que a cada segundo crecía mi terror con “aquello” que me perseguía. En uno de los recodos del camino -cerca del coihue grande- me alcanzó, me golpeó fuerte en la cabeza y me dejó tirado en el suelo, mientras me observaba detenidamente. No podía verlo, pero oía su respiración. Tal vez creyendo que yo había muerto me dejó ahí.

Tal vez morí, porque tirado en el suelo boca abajo, acepté con elegancia mi destino y me entregué. Al principio, lamenté una muerte horrible, estúpida e inexplicable, pero había aprendido a vivir con la impecabilidad del guerrero que no cede a sus tribulaciones, y pronto comprendí que moría cómo había decidido vivir.

En esos instantes supe la historia de este bosque, y supe como añoraba a nuestros antepasados que caminaban sin ropas. Aprendí un idioma nuevo, propio de la Península, el que hablan todos los que no son hombres. Escuché las voces de los árboles, de las liebres, de los hongos, y hasta del aire. Escuché el susurro del viento, las melodías que canta el agua cuando corre serena, las historias que los pájaros cuentan a sus crías en sus nidos, la imponente majestuosidad de un gran lago rodeando a un bosque centenario. Escuché cada una en particular y todas al mismo tiempo. Formaban juntas un idioma único y maravilloso, deslumbrante. En ese idioma fue que entendí, perfectamente, el significado del verbo clover.

 

Me levanté despacio de mi resbalón, sonreí ante la idea de creerme muerto, acomodé mi ropa y volví a casa. Mi mujer me esperaba con pan casero y verduras hervidas.

—Llegas muy tarde hoy —me reprochó en tono amistoso.

—Si amor, hoy trabajamos mucho.

—¿Tienes sangre en la cabeza? -me dijo mientras revisaba mi cabello desprolijo y sucio.

—¡Oh sí! Es un leve rasguño —mentí—, resbalé por el bosque. Hay demasiado barro.

 

A partir de esa noche, cloveo todos los días, sobretodo al atardecer, mirando hacia al oeste. Y cuando viajo en el colectivo 22 (ahora me siento en el último asiento de la derecha, detrás de la puerta) no puedo más que mirar de reojo y compadecerme de la señorita de piernas flacas que se sienta en mi viejo lugar y mira, con ojos saltones e intrigados esa palabra de letras rojas escrita en el asiento de adelante, justo frente a su pecho.



Comentarios

  1. Se me eriza la piel de sólo pensar que a veces hablas de mi vida. Eres un gran escritor Darío. Un fuerte abrazo amigo mío.

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    1. Jajaja. Impresionante lo que decis! Un día lo haré de verdad!!!

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