CLOVER
Me mudé a
Todos los días camino varios
kilómetros hasta la calle donde tomo el colectivo 22. Saludo al conductor -siempre es el
mismo- y me siento en el anteúltimo asiento del lado izquierdo, justo frente a
la puerta.
Una tarde viajaba
distraído, y me encontré leyendo las cosas escritas en los respaldos de los
asientos. Mi mirada se frenó justo delante de mi pecho, con letras grandes y rojas
decía: CLOVER.
—¿Qué significará “clover”?
—me pregunté. Y no tuve más alternativa que pasarme el resto del día buscando
en vano su significado. Se me volvió una terrible obsesión. ¿Quién puede
escribir algo así y que no signifique nada? Siempre pensé que los escritores de
frases en lugares públicos eran seres valientes que osadamente impartían
sabiduría, del tipo que sea. Pero la palabra clover escapa a todo eso. Algo
tenía que revelar.
En otra ocasión me reí
fuerte y solo. ¡Era muy simple! Serían sólo siglas, y cada letra correspondería
a una palabra. Entonces todo el viaje inventé frases. Y así, empecinadamente,
encontré decenas de hipótesis, ninguna me pareció satisfactoria. Cuando volvía
a casa le grité furiosamente al lago:
—¿¡Por qué!? ¡Este enigma es
imposible de descifrar! Me respondió un tenso silencio e inmediatamente una
ráfaga de viento helado y penetrante. Evidentemente no supe interpretar tampoco
esa señal. Enloquecí de rabia y pateé varias piedras hasta calmar mi enojo. Mi
inteligencia nunca había sido puesta tanto a prueba. Esa noche se me hizo larga
y tediosa, esperando que amanezca con mi insomnio a cuestas y mis cavilaciones
errantes.
Atardecía mientras viajaba
tranquilo, cuando un niño se paró a mi lado observándome. Sospeché que algo
sabía, entonces le pregunté señalando la palabra en el respaldo del asiento.
—¿Sabes que significa clover?
—¿A poco que no lo sabe?
—Aún no lo descubrí. ¿Es un nombre? —pregunté.
—¡No señor, es un verbo! —me gritó. Luego me miró resignado y
sorprendido, casi con tristeza. Sus ojos eran profundos, no pude ni siquiera
suponer en qué cielos volaban sus pensamientos.
—¿Y cómo puedo averiguarlo? —le dije algo ansioso.
—¡No averigüe, sólo hágalo! —respondió. Y se bajó corriendo, antes de
que se cierre la puerta.
Lo que más me llamaba
la atención era que ese lugar siempre estaba libre y al parecer, todos lo
ignoraban. Podía haber alguien adelante o detrás, pero jamás ahí mismo. A veces
hasta había gente parada y ese asiento parecía esperarme a mí. Empecé a
sospechar de todos. En este pueblo hay algo raro, tal vez una confabulación, o sencillamente
se están burlando de mí.
Pero cada tarde, al abonar
el boleto, ya vislumbraba el asiento vacío y no podía ceder al impulso de
sentarme allí. Luego, el conductor me miraba de soslayo por el espejo, y jamás
volvía a hacerlo hasta bajarme, quizás sólo se cercioraba de que me siente en
mi lugar. Decidí no preocuparme más en este asunto…
Fue una noche de marzo, cuando empezaron los
vientos y las lluvias que no cesan. Volvía a casa, de noche. Había trabajado
demasiado y me sentía muy cansado. Sentí que algo me seguía, me asusté. Caminé
con los pelos de la piel erizados de pies a cabeza. Definitivamente algo o
alguien me seguía, pero al darme vuelta no había nadie allí. Dudé si entrar a
la picada del bosque que me lleva directo a mi cabaña, pero lo hice.
La caminata -que dura apenas unos minutos- me
llevó horas. Quizás caminé en círculos, o me perdí, lo único que recuerdo hoy
es que a cada segundo crecía mi terror con “aquello” que me perseguía. En uno
de los recodos del camino -cerca del coihue grande- me alcanzó, me golpeó
fuerte en la cabeza y me dejó tirado en el suelo, mientras me observaba
detenidamente. No podía verlo, pero oía su respiración. Tal vez creyendo que yo
había muerto me dejó ahí.
Tal vez morí, porque tirado en el suelo boca
abajo, acepté con elegancia mi destino y me entregué. Al principio, lamenté una
muerte horrible, estúpida e inexplicable, pero había aprendido a vivir con la
impecabilidad del guerrero que no cede a sus tribulaciones, y pronto comprendí
que moría cómo había decidido vivir.
En esos instantes supe la historia de este
bosque, y supe como añoraba a nuestros antepasados que caminaban sin ropas. Aprendí
un idioma nuevo, propio de
Me levanté despacio de mi resbalón, sonreí ante
la idea de creerme muerto, acomodé mi ropa y volví a casa. Mi mujer me esperaba
con pan casero y verduras hervidas.
—Llegas muy tarde hoy —me reprochó en tono
amistoso.
—Si amor, hoy trabajamos mucho.
—¿Tienes sangre en la cabeza? -me dijo mientras
revisaba mi cabello desprolijo y sucio.
—¡Oh sí! Es un leve rasguño —mentí—, resbalé por
el bosque. Hay demasiado barro.
A partir de esa noche, cloveo todos los días,
sobretodo al atardecer, mirando hacia al oeste. Y cuando viajo en el colectivo 22 (ahora
me siento en el último asiento de la derecha, detrás de la puerta) no puedo más
que mirar de reojo y compadecerme de la señorita de piernas flacas que se
sienta en mi viejo lugar y mira, con ojos saltones e intrigados esa palabra de
letras rojas escrita en el asiento de adelante, justo frente a su pecho.
Se me eriza la piel de sólo pensar que a veces hablas de mi vida. Eres un gran escritor Darío. Un fuerte abrazo amigo mío.
ResponderBorrarJajaja. Impresionante lo que decis! Un día lo haré de verdad!!!
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