Anoche me vinieron a ver todas las personas que quise ser alguna vez y no fui jamás. Me molestó mucho que vinieran prepotentes, a echar culpas. Jamás le di explicaciones a nadie, mucho menos a mí mismo.
Había médicos,
artesanos, vagabundos, astronautas y todo tipo de personajes. Nunca creí que
soñé ser tantas cosas; que sabiendo lo que quería llegué a imaginar ser otro,
pero anoche todos fueron claros y específicos. Unos me recriminaban haberlos destinado
a la nada sin siquiera imaginarlos un poco, o al menos, hacer el intento de
soñarlos; otros me aplaudían y brindaban con champán, sabiendo que jamás
hubiera llegado a serlos, o que no cuajarían conmigo; otros iban errantes por
la vida, buscando su dueño -a veces pienso que algunos de los que me visitaron
se le perdieron a otro tipo- pero todos estaban condenados al vacío, y se veía
una cierta nostalgia en sus ojos. Fueron parte de mí, lo sabía tanto como
ellos, aunque nunca creí que me dolería verlos.
Un viejo
cartero me dijo que lo soñé toda mi infancia y que hubiera valido la pena
intentarlo. Me costó persuadirlo de que hoy me gusta más escribir cartas que
llevarlas, pero al fin me entendió, o me dejó ser...
Un músico
enojado, vestido de corbata, barba y cabellos largos, bohemio y atrevido, me
miraba indignado. Me recordó cuántas veces fui al teatro Colón a escuchar
música, me mostró cuánto lo anhelé y cuánto creí en él. A su costado, un músico
de jeans y zapatillas se reía y me mostraba su cruz hecha con clavos de hierro,
un gesto y una guiñada de ojo, y mi corazón se reconfortó un poco.
Un poeta me
mostraba su best-seller y todo lo que soñé escribir. Trataba de convencerme de
que podría haberlo hecho y yo, con un dejo de tristeza, le expliqué que la fama
me ahogaría. No terminé de nombrarla cuando la fama salió defendiéndolo,
mostrándome el aplauso, la fortuna, la aceptación social, los comentarios y algunas
desventajas. No pude convencerla de que prefiero mi anonimato.
Había sabios e
ignorantes, grandes y chiquitos, todavía me pregunto cómo entraron en mi
habitación. Cada uno traía su carpeta, sus fotos, sus recuerdos y no vacilaban
en convencerme de que “habría podido”.
Por supuesto,
nadie se atrevió a proponerme volver, saben que yo soy y me gusta serlo; saben
que cambio, que elijo, que enloquezco, que decido. Ninguno imaginó que podía
replantearme la vida, sobre todo algunos que me caían muy bien.
Había un humilde que trabajaba la tierra, había dejado todo una mañana y había ido a vivir al campo. Se cansó, así de simple, y se fue a vivir, a disfrutar... ¡Cuánto lo admiré! Lo felicité una y otra vez hasta que me recordó que yo lo traje a este mundo. Yo lo quise ser y no lo fui. Lo encadené al vacío y a la espera eterna.
Duró mucho
tiempo la reunión, no sé si horas, o días, o meses, (¿puede ser años?) y traté
de organizar una fiesta. Me dijeron que no estaban para festejos y me dejaron
solo, mirando el techo, agarrado de mi frustración, colgando de una esperanza y
un sueño a flor de piel.
El reloj sonaba
fuerte y la alegría disipada se empezó a juntar en un rincón. Cada cosa recobró
su color y tamaño real, sonreí aunque me lloraba una lágrima de sangre.
¡Cuántas
personas quise ser y no fui!
Fui, sé que fui
muchas personas, sé que no me arrepiento de ninguna de ellas.
Soy, sé que soy una persona, sé que no me arrepiento de serlo.
Seré, sé que
seré muchas personas, sé que no me arrepentiré de ser ninguna de ellas.
Pero todas las
que anoche vinieron a visitarme, todas esas que galoparon entre el tiempo y la
nada, las que me alcanzaron después de perseguirme tanto, todas esas que
perdieron, que no pudieron, que quise ser y no fui; de esas, tal vez me
arrepiento.
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