Es el segundo enfrentamiento desde que tomé conciencia de que peleo con ella. Batallé toda la vida, seguramente, pero solo desde hace un tiempo pasó al plano de la conciencia en esta descripción de la realidad del mundo circundante.
Acomodé el último
cajón. Vi otra vez mis libros cambiados de lugar. Me enojé con mis muñecos y les
reproché sus correrías nocturnas mientras duermo. Fue Huevoduro (uno de los más
antiguos) el que, parado formalmente, anunció que ellos no fueron.
¡Qué incógnita fue
para mí! ¿Quién pudo trascender en mis fantasías reales?
Sentí su aliento y se
me erizó la piel. La música estaba fuerte como siempre (nadie hubiera podido
escuchar mi grito seco). Vi su sombra en la pared; doblaba mi
tamaño, de ancho y de alto. Giré valiente y amenazante, y recibí un magnífico cachetazo.
Sus cinco dedos humanos marcaron mi mejilla y vi su ira roja en los ojos.
¡Qué grande y fuerte estaba! Se preparó para volver mientras yo aún estaba ordenando los destrozos de la batalla anterior.
Su mirada vengativa,
su sonrisa maliciosa, sus uñas quebradas y su rostro… ¡Qué horrible y amargo
rostro posee!
El miedo me agarró de
los brazos por detrás, luego me tapó la boca. La duda sostuvo fuerte mis
piernas y en ese instante, la Crisis —relamiéndose de malicia— comenzó a
golpearme.
Mi cara, entumecida por
completo, ya no sentía los golpes. Sus palabras sonaban lejanas. Noté que un
escudo muy fuerte la separaba de mí y comprendí, en eternos segundos, que me
estaba cerrando… Decidí cambiar de estrategia, nunca funciona muy bien eso de
ponerse una armadura. Abrí la coraza. Ella volvió a cargar sobre mí, esta vez
el doble de duro. Caí y me retorcí de dolor. Traté de correr. La duda volvió a
agarrarme de los pies.
Ya inmóvil, desde el piso, pensé que debía quedarme en el lugar. Recordé cómo la vencí en la batalla anterior, pero era inútil, esta vez no podía aprender nada. Ella sabía mis tácticas y vino prevenida para responder a mis movimientos.
Me dio de beber dolor profundo. Colocó un amuleto en mi mochila, pesado, pesadísimo. Creí que no podría
pararme, sin embargo, lo hice. Entendí que debía cargar con él por
mucho tiempo, hasta que aprenda a extirparlo de mi alma.
Y la Crisis, soberbia
y triunfante, me saludó, giró, me dio la espalda y se alejó... la maldita...
Me he quedado sin aliento dedicándole una mirada al pasado.
ResponderBorrarEres grande Darío.
Las crisis nos hacen crecer... a no aflojarse
Borrar