AMANCAY
Sé que
ustedes van a calificarme de “hombre que malgasta su tiempo”, o peor aún, dirán
que soy un perdedor. Pero la verdad es que estuve años enteros caminando en
vano por diferentes senderos en busca de una amancay.
La
amancay es la flor más hermosa que conozco. Tiene un color amarillo intenso con
veteados rojos, su hermosura no tiene comparación. Crece en la primavera y se
abre en el verano. Contrasta tanto con el entorno (verde y marrón) que es inconfundible.
Supe,
desde que tengo uso de razón, que necesitaba esa flor para sentirme completo.
Hay quienes sólo se resignan a vivir con lo que les ha tocado en suerte. Yo,
por el contrario, me considero un buscador. ¿Por qué contentarse con ser humano
sólo por hábito? Por esta razón (y otras que hoy no vienen al caso) decidí salir
en su búsqueda.
Comencé,
hace ya mucho tiempo, caminando por la estepa. En esas zonas bajas conocí
prados inmensos, la mayoría desprovistos de vegetación. Las lluvias escasas provocan
que sea casi un desierto, un lugar seco donde sólo crecen pastizales anaranjados
y amarillos que se mecen al compás del viento. ¿A quién se le puede ocurrir
encontrar semejante flor en sitios como esos? Sin embargo, no voy a decir que
fue completamente estéril recorrer esas tierras yermas. Allí se aprende a
caminar, a moverse con eficacia, a endurecerse; uno se da cuenta de cómo
hacerlo y se convence de que no debe claudicar ante las dificultades que
aparecen.
Fue imposible
dar con una amancay en esos lugares.
Luego
busqué la flor en el valle. Allí encontré un mundo diferente y lleno de encanto,
de colores vivos y de olores intensos. Un sitio plagado de arroyos de aguas
límpidas y peces nadando contra la corriente. La vegetación crece frondosa y
abundante. Vi hermosos ejemplares de diferentes tipos de árboles que se erguían
orgullosos a la vera del camino. Probé frutos del bosque (sabrosos hasta el
extremo) y los devoré sin culpa, aún sabiendo que después podrían caerme mal. Experimenté
infinidad de sensaciones y muchos sentimientos encontrados que, a veces, me han
hecho dudar hasta de mí mismo.
Pero no
encontré la amancay por esos parajes.
El
tiempo pasa veloz y con los años parece acelerarse más. A veces uno quiere desistir,
pero no lo hace cuando su búsqueda tiene bases sólidas. ¿Quién puede abandonar precipitadamente
sus sueños? Decidí seguir subiendo y explorar en las alturas. Fue la parte más
dura del camino.
Las
cumbres son heladas, el viento lastima, el frío es excesivo, el esfuerzo es agotador.
¡Cómo explicarles la soledad que se padece allí arriba! Pero la vista… ¡la vista
es exquisita! Uno se siente poderoso y dueño del mundo mientras contempla todo
como si fuera una pequeña maqueta. ¡Y ni hablar de las cosas que otros dicen de
ti! Te observan de lejos y te imaginan triunfante, inalcanzable, único…
Tampoco
hallé la amancay en las altas cumbres.
Una mañana
de otoño tomé la decisión de dejar de buscarla. Creí que no tenía sentido seguir
consumiendo todo mi tiempo en algo inaccesible y me persuadí que debía resignarme
a vivir con las flores de mi propio hogar. Ellas podrían valer la pena. Aquí es
donde tal vez ustedes me juzguen duramente. Nadie debería rendirse jamás, pero
hay cosas en la vida que no se consiguen.
Lo que
nunca imaginé era lo que me pasaría al regresar. El viaje me había dejado
exhausto. Voy a confesarlo, la sensación de derrota me carcomía los
pensamientos. Pero al sentarme en el sillón del living, frente al fuego, miré
por la ventana y quedé sorprendido y extasiado al ver, entre las plantas de mi
alrededor, la bella flor de la amancay luciendo hermosa en el jardín de mi casa.

Muy bello primo. ¿siempre buscando no? Me llegó profundo el texto además porque el segundo nombre de Sarita es Amancay.
ResponderBorrarSiempre! Es de verdad una de las flores más bellas de por aquí. Y sí. Es un nombre hermoso!
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