EL COCHE DE JOSÉ LUIS

                 EL COCHE DE JOSÉ LUIS

                José Luis detuvo su automóvil en el semáforo cuando se volvió a apagar el motor de golpe. Vociferó dos palabrotas inclinando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos con mucha fuerza. Se bajó y abrió el capó. Miró todo, manguera por manguera, sin tocar nada. Sabía que no tenía la menor idea de lo que sucedía. Bajó la tapa del motor y sintió ese típico olor a aceite quemado que desprendía el caño de escape. Caminó hacia la parte trasera, se agachó y observó detenidamente. Luego metió el dedo índice superficialmente (para no quemarse) girándolo impaciente, y notó que estaba mojado.

                —¡La puta madre! —expresó en voz alta— ¡Creo que está mezclando agua y aceite!

                Se obligó a serenarse y se sentó en el asiento del conductor. Elevó una plegaria a cualquier ser superior que lo asista y cerrando los ojos giró la llave. Sintió el ronroneo del motor al arrancar y sonrió con una carcajada estruendosa.

                —¡Jamás me deja tirado esta vieja lata! —dijo para levantarse el ánimo.

                Llegó a su casa mucho más tarde de lo habitual. Cuando estacionó y quiso descender no pudo abrir la puerta. Estaba atorada. Entonces suspiró, bajó la ventanilla, sacó la mano y girándola hacia abajo abrió desde la manija exterior. La puerta hizo un ruido extraño y cedió con un chirrido que denotaba falta de lubricación.

                José Luis salió y observó su viejo auto. Tenía varios rayones tan profundos que eran imposibles de reparar, un vidrio roto pegado con cinta para embalar, dos luces que no funcionaban y tres de las cuatro ruedas emparchadas, sin esperanzas de que resistan mucho más. Lo miró pensativo, con una mezcla de cariño y de compasión.

                Entró en la casa, su esposa lo esperaba con la cena lista.

                —Buenas noches amor, por favor retrasa unos minutos la comida que deseo bañarme primero, estoy todo engrasado.

                Su esposa protestó, pero bajó la llama del fuego y puso la tapa de la olla para que se mantenga la temperatura ideal.

                —¡Apúrate que se me pasa el guiso, José! ¡Cada día te pones más lento!

                —Los años no vienen solos —respondió José Luis con un guiño de ojo—. Sin embargo, aquí me tienes… ¡hecho un toro todavía! —Le dio un sonoro beso en la mejilla y se dirigió al baño.

                Entró, se sentó en el inodoro y comenzó a sacarse la ropa lentamente. Se miró en el espejo y notó varias arrugas nuevas alrededor de sus ojos. Frunció los labios al ver como su frente se iba extendiendo cada vez más. Luego se paró, se tomó la cintura con ambas manos y giró hacia un lado y al otro, repetidas veces, evaluando que su vientre se había engrosado más de lo que suponía. Se dio una ducha bien caliente, como siempre le gustó. Se sentía cansado y algo apenado. No podía dejar de pensar en que su vehículo estaba teniendo demasiados problemas mecánicos.

                —¡Sólo estás un poco viejo, querido amigo! —gritó por la ventana, dirigiéndose a su coche, mientras se peinaba frente al espejo.

                Apenas terminó, entró al comedor secándose las orejas con la toalla cuando su esposa le gritó:

                —¡José! ¡Vamos, acelera! ¡Dice Antonio, el vecino de al lado, que vio como sale humo del auto!

                —Tranquila, Mercedes, está apagado, no será nada severo.

                Salieron de la casa al trote, y mientras Mercedes encendía la luz exterior, José Luis se apresuró a tocar la tapa del motor con ambas manos, observando que, efectivamente, salía un poco de humo por un costado.

                —¡Uy! ¡Es verdad! —gritó— ¡Alcánzame las llaves, Mercedes!¡Las dejé colgadas!

                —¡¿No trajiste las llaves?! —se quejó Mercedes— ¡¿No digo yo que estás lento para todo?!

                Enseguida regresó con ellas y José Luis abrió el capó por cuarta vez en el día. Vio una mancha negra sobre el múltiple del caño de escape, como estaba muy caliente quemó el aceite chorreado, tirando una fumarada con olor fuerte y penetrante.

                —¿Y, José, es grave?

                —No, Mercedes. Es una pequeña pérdida, sólo que cayó sobre un fierro ardiente y por eso humeó. Pero nada que deba preocuparnos demasiado.

                —¿Te das cuenta de lo qué le está pasando al auto, José? Cada día trae un problema nuevo…

                —Nada terrible, mi amor. Es sólo el tiempo que está haciendo caer todo su peso sobre él.

                —Pero… ¿piensas que ya no da más?

                —¡¿Cómo vas a decir eso, Mercedes?! No seas tan cruel. Sólo está un poco gastado…

                —Bueno, José, tú sabes cómo pienso yo. Cuando algo ya no sirve, mejor descartarlo.

                —Esa no es una opción —respondió José Luis, visiblemente enojado.

                —¿Por qué no? ¿Para qué hacer perdurar una herramienta desvencijada?

                —Porque tiene una historia, por el afecto, por…  ¡Por mil razones, Mercedes! Y además porque aún funciona. Las cosas no dejan de servir porque se pongan viejas. Este coche me lleva y me trae todos los días. No es justo que lo trates así.

                —Bueno, tú sabrás. Mejor apuremos la cena que se me pasa la comida.

                Entraron a la casa y Mercedes preparó la mesa. Se puso a servir el guiso con un cucharón antiguo de madera. José Luis observaba a su esposa y a él mismo, sentados en la mesa, por el espejo grande del comedor. Miraba pensativo, con una mezcla de cariño y de compasión, mientras tomaba una copa de su vino preferido.

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