Mi madre conoció la nieve a los sesenta años. Yo no podía parar de reír mientras la miraba dando gritos ahogados y caminando insegura por la sensación que le provocaba hundirse unos pocos centímetros con cada paso que daba.
Mi hijo
de apenas cuatro años corría de aquí para allá y se revolcaba por todos lados,
mientras ella temía patinarse y caerse. Y sonreía, sonreía, sonreía…
Yo no
estaba pasando un buen momento. Estaba reorganizando mi vida por completo. Para
ello tuve que desarmar mucho y dejar tanto atrás. Todos sabemos que eso provoca
dolor en los seres queridos, pero sólo quien encuentra un modo feliz de recorrer
sus días es quien luego puede multiplicarlo. Por lo tanto, trabajaba en ello
con todas mis fuerzas.
Volvimos
a mi casa pasado el atardecer, a darnos una ducha bien caliente. Estábamos
empapados y con frío por pasar mucho tiempo en la nieve. Luego de merendar mi
madre sentenció:
—Nunca
voy a superar que te hayas venido a vivir tan lejos…
No tuve
respuesta lógica para retrucar. Ella decía la verdad, y yo simplemente la
acepté. Aunque claro, respondí ladrando algo superficial, como para no generar
una gran discusión. Los hijos solemos decir cosas como “es mi vida”, “no te
metas” y otras tantas idioteces, sólo por no darnos cuenta de que ellos ya han
transitado por todo lo que creemos estrenar en el mundo.
Han
pasado casi dos décadas y mi madre sigue diciendo que no lo puede superar,
aunque la tecnología nos conecta y nos acerca mucho más fácil que antes. Pero
sabe, cada vez que me ve caminar sobre la nieve o revolcarme en ella con mi sonrisa
encendida, que encontré mi lugar en el mundo.

me imagina a tu vieja. ja Sólo tanto amor logró que tu vieja se banca el frío y la distancia. Hermoso y claramente bello.
ResponderBorrarjaja El frío no es para cualquiera.
Borrar