La
verdad es que me siento como un borracho; para ser más específico, como la
resaca que se experimenta al amanecer después de haber bebido toda la noche.
Claro que para entender lo que describo habrá que haberse embriagado alguna
vez.
Pienso
con lentitud, me doy cuenta de que debo esforzarme mucho para entender lo que
hago. También sé que las neuronas comienzan a morirse en esta área y eso me
causa un poco de miedo, aunque muchos estudios médicos demuestran que otras
neuronas toman las funciones de las que van desapareciendo. Literalmente uno se
está muriendo en esta altitud. No por nada la llaman “zona de la muerte”.
Abro mi boca inspirando profundamente con una
necesidad imperiosa, pero el aire no llena mis pulmones como sucedería en la
vida cotidiana. A veces la sensación es desesperante. Debo serenarme, dar pasos
cortos, consumir la exacta cantidad de energía para moverme, en pocas horas
armaremos el campamento.
La
cordillera es una maqueta de escuela primaria bajo nuestros pies. Una vista
deliciosa, indescriptible. Uno siente como si flotara con el alma reconfortada
sabiendo que está haciendo algo único, especial y -como me han dicho
innumerables veces- completamente inútil. ¿Para qué escalar una montaña? ¿Para
qué arriesgar la vida en semejante empresa? ¿Persiguiendo qué clase de anhelos?
Al llegar al campamento de altura
mi compañero de cordada y yo nos tiramos al suelo jadeando, el cansancio es extremo.
Reímos a raudales. Llegamos a un lugar que consideramos “seguro”. Toda mi vida
he recorrido distintas montañas, pero ésta en particular es un sueño hecho realidad,
siempre quise conocer la montaña más alta de los Andes.
Me doy
vuelta encarando el oeste y… wowwww. ¡Veo el mar! El océano Pacífico en todo su
esplendor. El sol se zambulle rápidamente y la luz comienza a disiparse. Mi
compañero de escalada me grita:
—¡Rápido! ¡Debemos armar
la carpa! Apenas se vaya el sol la temperatura bajará bruscamente.
Lo
ignoro por completo, obnubilado con la vista del mar detrás de las montañas. Es
un día elocuentemente apacible, sin nubes, escaso viento. Me bebo el crepúsculo
casi sin pensamientos.
Mi
amigo me entiende sólo con la mirada, y en un silencioso apoyo prepara la tienda,
los utensilios para cenar y se pone a trabajar él solo en los quehaceres de la
vida del montañés.
Regreso
al campamento al borde de la hipotermia, la oscuridad es total, la temperatura
descendió un par de decenas del punto de congelamiento. Me tengo que sacudir la
nieve que tengo pegada en todo el cuerpo. Mi colega revuelve un sabroso guisado
para reponer fuerzas y su aroma penetra mis fosas nasales. Mientras cenamos
planificamos el día siguiente.
Luego
nos disponemos a dormir, entusiasmados y expectantes, a sólo un paso de
alcanzar la gloria de pisar la cima.
Nos levantamos antes del amanecer. El frío es penetrante. Me levanto y me rio al ver una capa de hielo formada en el techo del lado de adentro. Se condensa nuestra respiración. Todo se congela. El termómetro marca diez grados bajo cero… ¡dentro de nuestra carpa! No quiero ni mirar cuál es la temperatura en el exterior. Encima tengo que salir a orinar. ¡Cada pequeña cosa mundana se transforma en una aventura en estos parajes!
Nos
vestimos con dificultad. Mi compañero sale de la carpa y se le cae la linterna
frontal al suelo. Mueren sus baterías al instante.
—¡No
importa! —me dice sonriendo— Con la tuya sola alcanza.
Empezamos
a caminar. Me cuesta encontrar el rumbo. Esquivo unas carpas de otras
expediciones. Me doy cuenta que pasé muy cerca con mis crampones afilados. «Menos
mal que no me llevé ninguna por delante». Comienzo a darme cuenta de que la
situación está complicada: mi compañero había perdido un guante misteriosamente
y en una mano llevaba sólo dos pares en lugar de los tres que traíamos. Me
duelen los dedos dentro de los mitones de duvet. Los muevo y siento como si me clavaran
miles de agujas al mismo tiempo.
Me
obligo a sopesar la posibilidad de desistir. Nos habíamos alejado algunos
metros, me doy vuelta y mi linterna ilumina el campamento, ¡está tapado casi por
completo! Parece sólo un gran montículo de nieve. Miro mi brazo y veo puntos
blancos cayendo sobre ellos.
—¡Está
nevando! —grito a mi amigo. Nos lanzamos a una divertida y absurda discusión
por no entender si nieva o no. Tal vez el viento arrastra nieve suelta del
suelo arremolinándola a nuestro alrededor.
Nos
damos cuenta de que la situación empeora drásticamente, numerosas señales no
nos permiten continuar. El viento incesante, el frío extremo, el mal
pronóstico, el cansancio profundo. Le cuento del terrible dolor en mis manos y
él también lo siente en las suyas.
—¡Ninguna
montaña, por importante que sea, vale uno de mis dedos! —le grito en la
oscuridad.
—¡Ni
uno mío! ¡La montaña siempre estará aquí para regresar en otro momento! —Mi
compañero coincide conmigo y decidimos regresar al campamento. Nos recostamos a
descansar hasta que salga el sol para emprender la retirada.
Estallan en mi interior miles de sentimientos encontrados, mi vanidad de cumbre será mutilada este mismo día,
pero mi corazón no está compungido, muy por el contrario, desborda de
felicidad.



Impresionante descripción. Me sentí allí (odio el frío). Me encantó pero quiero que continúe.
ResponderBorrarJaja. El frío es innegociable
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