ACONCAGUA

              ACONCAGUA

                La escalada se torna difícil. Es el octavo día de la expedición y nos acercamos a los 6000 metros de altura sobre el nivel del mar. El aire está enrarecido. Sé que cuanto más alto subimos hay menos masa de aire sobre nosotros, por consiguiente, menos presión. Nuestros pulmones se esfuerzan en tomar oxígeno. También sé que saturamos a menos del noventa por ciento y que sufrimos hipoxia (falta de oxígeno en la sangre, por lo tanto, menos irrigación en el cerebro). Lo que nunca me explicaron en los años de entrenamiento es cómo me iba a sentir cuando escalara en semejante altura.

                La verdad es que me siento como un borracho; para ser más específico, como la resaca que se experimenta al amanecer después de haber bebido toda la noche. Claro que para entender lo que describo habrá que haberse embriagado alguna vez.

                Pienso con lentitud, me doy cuenta de que debo esforzarme mucho para entender lo que hago. También sé que las neuronas comienzan a morirse en esta área y eso me causa un poco de miedo, aunque muchos estudios médicos demuestran que otras neuronas toman las funciones de las que van desapareciendo. Literalmente uno se está muriendo en esta altitud. No por nada la llaman “zona de la muerte”.

                 Abro mi boca inspirando profundamente con una necesidad imperiosa, pero el aire no llena mis pulmones como sucedería en la vida cotidiana. A veces la sensación es desesperante. Debo serenarme, dar pasos cortos, consumir la exacta cantidad de energía para moverme, en pocas horas armaremos el campamento.

                La cordillera es una maqueta de escuela primaria bajo nuestros pies. Una vista deliciosa, indescriptible. Uno siente como si flotara con el alma reconfortada sabiendo que está haciendo algo único, especial y -como me han dicho innumerables veces- completamente inútil. ¿Para qué escalar una montaña? ¿Para qué arriesgar la vida en semejante empresa? ¿Persiguiendo qué clase de anhelos?

                Al llegar al campamento de altura mi compañero de cordada y yo nos tiramos al suelo jadeando, el cansancio es extremo. Reímos a raudales. Llegamos a un lugar que consideramos “seguro”. Toda mi vida he recorrido distintas montañas, pero ésta en particular es un sueño hecho realidad, siempre quise conocer la montaña más alta de los Andes.

                Me doy vuelta encarando el oeste y… wowwww. ¡Veo el mar! El océano Pacífico en todo su esplendor. El sol se zambulle rápidamente y la luz comienza a disiparse. Mi compañero de escalada me grita:
                —¡Rápido! ¡Debemos armar la carpa! Apenas se vaya el sol la temperatura bajará bruscamente.

                Lo ignoro por completo, obnubilado con la vista del mar detrás de las montañas. Es un día elocuentemente apacible, sin nubes, escaso viento. Me bebo el crepúsculo casi sin pensamientos.

                Mi amigo me entiende sólo con la mirada, y en un silencioso apoyo prepara la tienda, los utensilios para cenar y se pone a trabajar él solo en los quehaceres de la vida del montañés.

                Regreso al campamento al borde de la hipotermia, la oscuridad es total, la temperatura descendió un par de decenas del punto de congelamiento. Me tengo que sacudir la nieve que tengo pegada en todo el cuerpo. Mi colega revuelve un sabroso guisado para reponer fuerzas y su aroma penetra mis fosas nasales. Mientras cenamos planificamos el día siguiente.

                Luego nos disponemos a dormir, entusiasmados y expectantes, a sólo un paso de alcanzar la gloria de pisar la cima.

                Nos levantamos antes del amanecer. El frío es penetrante. Me levanto y me rio al ver una capa de hielo formada en el techo del lado de adentro. Se condensa nuestra respiración. Todo se congela. El termómetro marca diez grados bajo cero… ¡dentro de nuestra carpa! No quiero ni mirar cuál es la temperatura en el exterior. Encima tengo que salir a orinar. ¡Cada pequeña cosa mundana se transforma en una aventura en estos parajes!

                Nos vestimos con dificultad. Mi compañero sale de la carpa y se le cae la linterna frontal al suelo. Mueren sus baterías al instante.

                —¡No importa! —me dice sonriendo— Con la tuya sola alcanza.

                Empezamos a caminar. Me cuesta encontrar el rumbo. Esquivo unas carpas de otras expediciones. Me doy cuenta que pasé muy cerca con mis crampones afilados. «Menos mal que no me llevé ninguna por delante». Comienzo a darme cuenta de que la situación está complicada: mi compañero había perdido un guante misteriosamente y en una mano llevaba sólo dos pares en lugar de los tres que traíamos. Me duelen los dedos dentro de los mitones de duvet. Los muevo y siento como si me clavaran miles de agujas al mismo tiempo.

                Me obligo a sopesar la posibilidad de desistir. Nos habíamos alejado algunos metros, me doy vuelta y mi linterna ilumina el campamento, ¡está tapado casi por completo! Parece sólo un gran montículo de nieve. Miro mi brazo y veo puntos blancos cayendo sobre ellos.

                —¡Está nevando! —grito a mi amigo. Nos lanzamos a una divertida y absurda discusión por no entender si nieva o no. Tal vez el viento arrastra nieve suelta del suelo arremolinándola a nuestro alrededor.

                Nos damos cuenta de que la situación empeora drásticamente, numerosas señales no nos permiten continuar. El viento incesante, el frío extremo, el mal pronóstico, el cansancio profundo. Le cuento del terrible dolor en mis manos y él también lo siente en las suyas.

                —¡Ninguna montaña, por importante que sea, vale uno de mis dedos! —le grito en la oscuridad.

                —¡Ni uno mío! ¡La montaña siempre estará aquí para regresar en otro momento! —Mi compañero coincide conmigo y decidimos regresar al campamento. Nos recostamos a descansar hasta que salga el sol para emprender la retirada.

                Estallan en mi interior miles de sentimientos encontrados, mi vanidad de cumbre será mutilada este mismo día, pero mi corazón no está compungido, muy por el contrario, desborda de felicidad.






Comentarios

  1. Impresionante descripción. Me sentí allí (odio el frío). Me encantó pero quiero que continúe.

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