Querido papá:
He decidido
escribirte a la antigua, mandándote una carta de mi puño y letra. Verás cómo me
cuesta con los años mantener una cursiva que se pueda leer. Me encantaría ver
tu rostro al recibirla. Seguro quedarás sorprendido, con la boca bien abierta, limpiándote
la saliva en la comisura de tus labios con la manga de tu camisa y esa sonrisa
que se te escapa para el lado derecho. Supongo que después la leerás tranquilo,
sentado en tu sillón, con tu camiseta blanca sin mangas y la televisión prendida,
transmitiendo una carrera de autos o un partido de fútbol.
Quería
contarte que, cuando me cuesta dormir en las noches, suelo ponerme a escribir y
numerosas veces recuerdo mi niñez en la ciudad. Ahí aparecés vos, en cada
momento de ella, colmando mis horas con tus juegos y tus sonrisas. Creo que es
justo decirte que la llenaste de felicidad pura.
Vos sabés
bien que la vida son cuatro días y tres de ellos llueve.
¿Te
acordás cuando jugábamos al ping pong en esas tardes de domingo? Acomodabas la
mesa del comedor para el gran torneo. Mis hermanos y yo ayudábamos a preparar
todo. Corríamos las sillas hacia las paredes para que no entorpecieran nuestros
movimientos deportivos. Tratábamos de no tocar la cortina anaranjada, pero inevitablemente
la ensuciábamos. Peleábamos por quién agarraba primero las paletas para ver
cuál usaría cada uno, si las de madera o las de corcho. Tensabas fuerte la red cuidando
que no quedara “panceada” y luego empezábamos a jugar despacio, lo llamabas
“pelotear”. Luego comenzaba el campeonato y nos esforzábamos en ganar cada
punto como si la vida se nos fuese en ello. A veces la pelotita volaba muy
lejos de la cancha, pegaba en un estante, en un vidrio o en un adorno de la
casa. Todos reíamos a carcajadas sabiendo que el peligro de rotura siempre
estaba cerca. Después descansaba sentado en una silla, esperando mi nuevo turno
mientras miraba a todos jugar admirando la destreza de mi hermano mayor que
siempre nos superaba.
Una
tarde de esas pasó velozmente un cóndor por el living del departamento. Estiré
mi mano para tocarlo, fascinado con su plumaje negro y su bufanda blanca, pero
no lo logré. El grito desgarrador de mi hermano menor me devolvió al partido:
¡Te tocaaaaa!
¿Te
acordás cuando nos llevabas a jugar al futbol? Hacías el arco con dos estacas de
madera clavadas en la tierra. Y ahí nos enseñabas a patear y atajar. Lo mejor
era poder “volar” como un arquero profesional y aprender a caer sin lastimarse.
Volvíamos al anochecer con las rodillas llenas de “frutillas”, pequeñas
lastimaduras que apenas sangraban, pero las llevábamos orgullosos como heridas
de combates heroicos. Mamá nos curaba con merthiolate, era algo que ardía hasta
la desesperación y apenas nos tocaba las llagas soplaba suavemente sobre ellas
diciéndonos que eso nos calmaría. A veces funcionaba, sobre todo si en ese
preciso instante lograba ver de soslayo pasar algún cóndor por la cocina o el
comedor. Yo, siempre atento, podía descubrirlos revoloteando en los alrededores
y así sufría menos las heridas y los sinsabores.
Fui aprendiendo
de a poco que la vida son cuatro días y tres de ellos llueve.
Nada
más inolvidable que los días en la casa de fin de semana, andando en karting,
corriendo por el campo, trepando a los inmensos árboles, manchándonos las manos
con la savia de los pinos que luego costaba quitarse, restregándonos con
detergente y una esponja vieja en la canilla externa de la casa.
¿Te
acordás cuando lavabas el auto con la manguera azul? Mis hermanos y yo corríamos
alrededor y cada vez que pasábamos a tu lado nos tirabas un chorro de agua. ¡Qué
helada estaba! Pero igual nos acercábamos provocándote para luego esquivarte
con suma habilidad, aunque a veces veía tus ojos brillando de picardía y al instante
siguiente nos empapabas. Entonces resbalábamos y caíamos sobre el césped, la
remera y el pantalón adquirían unas manchas verdosas y yo aspiraba
profundamente ese olor a pasto recién cortado. Allí en el suelo, me recostaba
con los brazos detrás de la cabeza y miraba pasar las nubes llenando mis
pulmones de aroma a plenitud.
Recuerdo
caminar a tu lado por el camino de la casa hacia la tranquera mientras me tomabas
fuerte con tu mano gigante. A veces la pasabas sobre mi hombro, pero otras me
agarrabas en la parte trasera del cuello como una gran tenaza. Yo no entendía
por qué te gustaba caminar de ese modo tan incómodo. Me contorsionaba como danzando
para liberarme, sin embargo, no lo lograba. Tal vez también veías esos cóndores
volando bajo por los cielos del barrio, los sentirías amenazantes o te
causarían miedo, no sea que se lleven a tu pequeño.
Comprobé
entonces que la vida son cuatro días y tres de ellos llueve.
En
muchas oportunidades, sobre todo de noche, solía cortarse la luz. Jamás nos
daba miedo. Encajabas unas velas en el pico de unas botellas de cerveza,
envolviendo la parte de abajo con papel de diario para que no cayeran dentro.
Las velas se consumían y chorreaban, y el sebo se pegaba en la botella dejando
esa suave y particular fragancia mientras se derretía. Yo pasaba mi mano velozmente
sobre una de ellas, arriesgando hasta el límite, como siempre. Tu reproche era
suave y risueño. Me afirmabas que el que juega con fuego siempre se quema. Entonces
yo acercaba la palma de mi mano sobre la llama hasta que me lamiera la piel,
aguantaba cuanto podía y la sacaba cuando ya no soportaba el ardor. A veces,
por impericia, la apagaba. Entonces tomaba otra vela para prenderla a toda
velocidad, pero al inclinar la botella tiraba gotones de cera por toda la mesa
y había que limpiarlos antes de que viniera mamá y los viera. Con un cuchillo despegaba
con facilidad la cera endurecida, pero más de una vez rayaba el mueble de
madera. Era un trabajo demasiado delicado para mis torpes manos.
Esas
noches pasaban bandadas enteras de cóndores por la casa, y algunos hasta se
atrevían a entrar en mi habitación. ¡Qué placer inmenso era verlos volar y ya saber
hacia dónde se dirigían! Mis brazos no los alcanzaban aún, pero planeaba irme
con ellos…
Ya conocés
cómo siguió el curso de mi vida. Crecí y terminé donde siempre quise llegar, y
nada hay más sublime que encontrar lo que uno busca.
Guardaré
esta carta en un cajón, esperando algún día que uno de mis cóndores o quién
sabe qué pájaro audaz la lleve allí donde vives, junto a las estrellas.
Vos sabés
mejor que nadie que me sigue lloviendo, pero quiero que sepas también que tengo
la convicción de que pronto, muy pronto, saldrá de nuevo el sol.

Darío, un fuerte abrazo mi hermano.
ResponderBorrarSon palabras tristes y nostálgicas.
Diera mi vida solo por tener un padre a quien escribirle.
Claro que sí! Aunque quí sólo hay nostalgia. Muchas gracias!
BorrarSi. Mucha nostalgia, a pesar de ello me gustaría escribirle algo a mi tata. Por si aún no me has conocido te diré que soy llamado en otro lugar como Naill McDracken. 🤗
BorrarJajaja. Que orgullo! Un escritor de tu talla paseando por este humilde blog!
BorrarHermoso Dari, me encontré en las palabras y en los lugares y juegos que nombraste. Me hice futbolero y de river por tu viejo. Está en los recuerdos siempre dando vueltas. Hermoso viaje me hiciste pegar.
ResponderBorrarGracias totales!
Borraryo qué sé; también me pegué ese viaje x los lugares q para algunos nos fueron comunes. @gg
ResponderBorrarmuy lindo eso! Claro que son lugares comunes! Gracias !!!!
BorrarDarío, me gustó este escrito desde que lo llevaste al mundial. Me gusta el mensaje reflexivo que le das.
ResponderBorrarGracias por tan bonitas palabras a un ser tan especial.
Muchas gracias a vos por leerlo!! y sí, no hay nada que se compare a un padre!
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