EL NIÑO PRODIGIO

               EL NIÑO PRODIGIO

                Sentado frente a mí parece una estatua de mármol. No hace ningún gesto. No desvía su mirada ni un centímetro del tablero. Tiene apenas doce años y su fama ya es internacional. Cien por ciento de efectividad, ni una sola partida de ajedrez perdida en el breve transcurso de su vida.

                Junto a dos colegas tutores estudiamos sus tácticas y estrategias en los últimos meses. Llegamos a una conclusión lastimosa: no podré ganarle. Vine a la competencia mentalizado a obtener un segundo puesto. Jugaremos la final y perderé. No está mal terminar así mi carrera. Se podría decir que ha sido exitosa, con los altibajos normales de cualquier ser humano, sin contar los dos años que pasé en la cárcel por conducir ebrio. Ahí perdí mi oportunidad. Pero ya pagué por ello. ¿Por qué pensar en eso ahora?

                Me estrecha la mano con firmeza, frío, calculador y con rostro inmutable. La tentación de sacarle la lengua es fuerte, pero me contengo. El público se toma muy en serio el campeonato mundial y no quiero degradarlo con mis ridiculeces.

                El juego comienza sin sobresaltos. Ejecuta cada movimiento como un autómata. Su cerebro es un gran engranaje girando bien aceitado.

                ¡Es una maldita computadora!

                Nunca nos vimos en la vida, somos completos desconocidos, sólo nos habíamos estudiado con minuciosidad en todo lo referente al ajedrez. Pero ahora tengo delante de mí a un niño de cabello rubio, casi blanco, peinado de forma impecable, sus ojos cristalinos como el agua de un arroyo, y un apellido plagado de consonantes con una sola vocal que jamás aprenderé.

                De repente abre los ojos como platos, su movimiento es sutil, pero lo descubro. Los separa con sorpresa porque cometió un error. Mira de soslayo a su profesor que se levanta y se va enojado, casi ofendido. Su partida terminó. En este nivel un error se paga con la derrota. Yo no puedo creer mi buena estrella. Avanzo hacia la victoria con paso seguro, sin problemas. Me cuesta entender que el niño no abandone, que continúe jugando sin esperanzas.

                Comienza a transpirar. Deja sus cinco dedos marcados en la mesa. Toma un vaso con agua. Se acomoda en el asiento. Aprieta las nalgas. Parece como si necesitara ir al baño.

                ¡Se cagó en los pantalones!, pienso y casi me río en voz alta.

                Entonces miro aquel niño extranjero y comprendo que no está solo, que representa algo mucho más grande que la gloria personal. Le enseñan a no ser expresivo, sin embargo, sus ojos lo delatan. Es entrenado doce horas diarias por especialistas. Le calculan hasta los gramos de carne que debe ingerir por día. Vive en otro país, con otra gente, otra cultura. Lo crían para ser únicamente el mejor jugador de ajedrez del planeta. ¿Sabrá lo que es dar un beso? ¿Sabrá lo que es sufrir porque aquel a quien quieres besar te rechaza?

                Veo su tenacidad, su postura rígida ante la vida, su esfuerzo supremo. Es un niño prodigio, no hay dudas, le vendrá muy bien perder su primera partida, y más en la final del mundo.

                ¡Pero la puta madre! ¡Es sólo una criatura! Recuerdo mi hermosa niñez, mis travesuras, mis amigos, mis errores y aciertos.

                Tomo la torre preparando el camino final. Sé cuántos movimientos exactos quedan, él también lo sabe. Debo desplazarla cuatro casilleros a la derecha y se desencadenará el final del juego. La muevo tres. Me detengo. Contemplo al niño en profundidad y suelto la pieza.

                Otra vez abre sus ojos como platos, no lo esperaba. Darse cuenta de lo que hice lo confunde. Me mira fijo por primera vez, sin decir una sola palabra. Parece que va a explotar. Sus pensamientos van a una velocidad inimaginable. Al fin, mueve su caballo y me derrota con firmeza.

                Nos ponemos de pie. Nos observamos por largos segundos. Entiendo toda su vida, su sacrificio total a su gente, a su país, a sus principios. Sus ojos están secos, pero me mira de tal modo que quiere abrazarme, lagrimear y gritarme su agradecimiento. La emoción es intensa y rompo a sollozar con espasmos incontrolables. Mañana dirá algún periodista del diario matinal que no soporté haber perdido con un muchacho y lloré ante la mirada atónita de todos los espectadores y jueces. Nos miramos muy hondo y nos damos la mano con ternura, con reverencia y afecto.

                Yo tengo sólo pasado. Él tiene todo futuro. Hoy fui un mejor hombre.

                El triunfo y la derrota sólo son dos estafadores.

                Hoy la humanidad ganó por jaque mate.

Comentarios

  1. son los 38 grados de ayer, seguramente, q te han aconsejado subir este texto en vez de presentarlo a un certamen? Es muy bueno. Me gustaría verlo fogueàndose ante un jurado. @gg

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  2. Muy bueno Dari. Me mantuviste la tensión, muy bien llevado. Aunque en la vida real le hubieras ganado ja.

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  3. aún te queda lo porteño competitivo jajaja. me encantó

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    1. Y sí. Uno no elige de dónde viene, solo decide para dónde va!

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