EL TAXIDERMISTA
Mi
nombre es Juan Carlos Fassi, agente especial de la policía. Me gradué hace diez
años con el mejor promedio. Siempre supe que lo mío era investigar y atrapar
asesinos seriales.
Pasé
los últimos seis meses tras el rastro del “taxidermista”. Su modus operandi
consistía en secuestrar, matar y embalsamar a sus víctimas para exponerlas en
lugares públicos. Hizo cosas monstruosas. Colocó una mujer momificada en la
hamaca central de una plaza pública, dispuso a un hombre joven besando a la
Venus de Milo en el boulevard de la gran avenida, sentó a una anciana
embalsamada en una fuente de agua y otras fechorías que hoy ya no tienen
importancia para mí.
Sólo
había transcurrido un mes de este trabajo cuando comencé a dudar de mi
capacidad. No sé por qué caí en esa trampa del ego. Me sentí que era un don
nadie; que no valía un céntimo. Por fin me habían dado un caso importante de
verdad y yo lo estaba dilapidando. Al principio mis compañeros me envidiaban,
pero pronto empezó a notarse que yo no podía encontrar al taxidermista como había
presumido. Mi inteligencia se puso a prueba de manera extrema. No había pistas,
no dejaba una mínima huella, no cometía un solo error. Yo no avanzaba ni un
paso hacia él.
Hace
dos meses pasé por una relación con una persona tóxica, aunque ella decía lo
mismo de mí. Teníamos dificultades para disfrutar de verdad de las cosas
sencillas y cotidianas. En mi defensa sólo diré que me era imposible compartir
un café o ver una película abrazados en el sillón. Todo me resultaba vano. No
quería obsesionarme por mi trabajo, pero en cuanto intentaba relajarme aparecía
otro cadáver embalsamado del taxidermista. ¡Ese hombre asesinaba sin descanso! La
calidad de sus obras comenzó a tomar notoriedad a nivel nacional. Atraparlo no
sólo sería un ascenso en mi carrera profesional, me impulsaría a una fama
inusitada.
Nuestra
relación no funcionó. Me da vergüenza contarlo. Una mañana regresé a casa luego
de rondar toda la noche a uno de los sospechosos cuando me encontré con la nota
que me dejó en el imán de la heladera: “Esto no va más”. Para ella yo no valía
más que esas cuatro palabras.
Me serví
un whisky doble, me senté en el sillón del living, puse un disco de Louis
Armstrong y la olvidé en menos de quince minutos.
Mi
lista de sospechosos se había reducido a dos hombres caucásicos, de unos
treinta años, con muchas habilidades artísticas y vidas oscuras, algo
enajenadas y con escaso contacto social.
Una
mañana soleada tuve un presentimiento, el asesino debía ser el sospechoso
número dos. Descarté al primero cuando lo vi ayudando a una anciana accidentada
en la calle. El taxidermista era un sociópata, no podía tener ese sentimiento
de empatía por la tercera edad.
Avancé en mi búsqueda vertiginosa. Apenas encontré al asesino me acerqué sigilosamente a sus rutinas. Lo espié noche y día hasta que comprobé sus actos.
Yo sabía
que era él, estaba seguro desde que había empezado a sospechar.
Ahora
puedo verlo trabajar minuciosamente. Usa variadas técnicas y escucha a Mozart
muy sonriente mientras lo hace. Disfruta de su macabro ritual y es realmente
detallista en su arte.
¿Por qué
tardé tanto? No debí dudar de mí ni creer que las pequeñas cosas de la vida no
tienen valor. También debí seguir mis instintos mucho antes… porque ya ven, son
las cuatro de la madrugada y estoy embalsamado en la seccional, con mi uniforme
de servicio puesto, para que mañana a primera hora, cuando lleguen mis colegas,
me encuentren adornando su patio como un regalo especial del taxidermista.

uauuu, te saliste de tu estilo y sacaste al macabro de adentro. Muy bueno. quiero más
ResponderBorrarvos decis? ja
BorrarQué macabro escrito, pero muy bueno. 👏👏👏👏👏
ResponderBorrarJaja. Experimentando distintos géneros literarios...
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