LOS TIEMPOS QUE SIGUEN...
—A
veces dudo si deberíamos haberla vendido —dijo Joaquín en voz baja, apenas
audible.
—Es lo
que hubieran querido, Joaco —respondió Catalina.
Fermín,
el más pequeño de los tres hermanos largó la carcajada.
—¡Jamás
se pudieron poner de acuerdo en nada, eh! Ni siquiera en imaginarse lo que
desearían los viejos. ¡Encima nos lo han dicho mil veces! —Fermín miró por el
ventanal del living con un aire de nostalgia— ¿Se dan cuenta de algo? Es
increíble que hayamos crecido aquí, en medio de un bosque…
—¡Eh! Fer…
sabelotodo… ¿Que decían los viejos? Eso de venderla o no… —Joaquín iba pasando
los vinilos uno a uno tratando de recordar cuál había escuchado más en esa casa,
cuando era apenas un niño —¡Miren este disco! ¡Ponían Queen a cada rato!
—¿Qué
importa ya eso, hermano? ¡La vendimos… y bien vendida!
—Dale,
no seas boludo. No me dejes con la duda.
—Todo
el tiempo decían que debíamos hacer nuestro camino, que elijamos dónde vivir y busquemos
nuestro lugar en el mundo —respondió Fermín—, que nosotros teníamos que
construir nuestra propia historia y no seguir la de ellos…
—Siempre
nos dieron mucha libertad —dijo Catalina con los ojos húmedos.
—¿Crees
que demasiada? —preguntó Joaquín.
—Eran
un canto a la vida —respondió Fermín—. Mirá que venirse a las montañas, hacerse
una cabaña con sus propias manos, clavando madera por madera en medio de un
bosque y vivir de lo que creaban en su taller de arte. Si se lo contás a un
extraño parece un cuento. Ahora que lo pienso… ¡crecimos en un cuento!
Los
hermanos sonrieron estrepitosamente. Eran de risa fácil, de esa que contagia de
entrada.
—A papá
le encantaba escribir. Tendría que haberse dedicado más a ello —dijo Joaquín.
—Escribió
mucho —respondió Fermín—, sólo que eso no generaba dinero. ¿Cómo crees que nos
compraban tanto dulce de leche? Con poemas seguro que no.
—¡Qué
gil! —dijo Joaquín sonriendo— Por suerte podemos copiarnos todos sus archivos
digitales. Pero… ¿quién se va a llevar todos los libros físicos? ¡Son
demasiados!
—Deberíamos
repartirlos —sugirió Catalina—, aunque en mi casa ya no entra un alfiler.
—Para
dejarlos guardados en cajas me los llevo yo —exigió Joaquín.
—¡Pará!
—respondió Catalina— Ya te dijimos que sí a llevarte el piano, el violín, la
guitarra, el bajo…
—¡Soy
el único que le gusta la música! Sería vil de parte de ustedes que se lleven
esas cosas. ¡No sabrían ni cómo usarlas!
Otra
vez se miraron los hermanos y rieron ruidosamente, sobre todo por la palabra
“vil” pronunciada de forma ridícula por su hermano mayor. El aire estaba
cargado de una melancolía profunda, pero los tres percibían una dicha sin
límites. Podían sentir esa conexión.
—Lo mejor
de esta cabaña es que aquí todos fueron felices —dijo Catalina—, hasta los
perros y gatos. Tendríamos que haberlo cargado en el precio de la casa, no sé…
poner un cartel: “En este lugar se respiró alegría de verdad”.
—Si
bien lo decís en chiste —Fermín hablaba mientras revisaba los títulos de la
biblioteca— sabemos que es verdad. Más allá de problemas cotidianos o
económicos, acá vivimos con una profunda felicidad…
—¿Se
acuerdan cuando explotó el volcán? —rio Joaquín en un espasmo incontrolable—
Los viejos metieron adentro de la casa hasta a las gallinas porque dudaban si
era tóxica la lluvia de arena.
—¡Yo
tenía un año! —se quejó Fermín— ¿Cómo voy a recordarlo?
—¿Y la
pandemia? Casi dos años metidos adentro… Pfff. Eso sí que fue loco. Pero
tuvimos suerte, acá podíamos caminar por el bosque, andar en bicicleta, correr
y jugar en la nieve. Imagino que en una ciudad habrá sido peor —dijo Catalina—.
Si me hubiera pasado donde vivo hoy…
—¿Se
acuerdan cuando los viejos tocaban música con amigos? ¡Se volaban todos los
pájaros de los alrededores! —dijo Fermín, ahogado en una risotada.
—¡Pero
les gustaba tanto!
—¿Qué
hacemos con todo esto? —preguntó Joaquín— Papá era un auténtico recolector de
cosas viejas. Hay máquinas de escribir, tocadiscos antiguos, lámparas de
kerosene y decenas de antigüedades, como esta lapicera que era… ¿de quién? ¿de
nuestro bisabuelo?
Los
tres hermanos se miraron unos segundos. Los muebles no tenían mucho valor
económico, la mayoría los habían hecho sus padres a puro pulmón, pero la vieja
cabaña realmente estaba llena de objetos que costaría esfuerzo embalar.
—Deberíamos
vender todas las cosas del taller de pintura. Hay una infinidad de materiales:
telas, pinceles, cuadros, bastidores, pigmentos, óleos…
—O
podríamos regalárselo a la escuela que fuimos los tres —dijo Fermín, mientras
sus hermanos asentían en silencio.
—La
casa se entrega vacía. Tenemos varios días aún. ¿Por qué no venimos unas veces
más y nos llevamos lo que nos guste a cada uno? Lo que no, simplemente lo regalamos
—propuso Catalina—. Yo sé que los viejos desearían eso. Las cosas materiales
tienen que girar de mano en mano para quién necesite usarlas. Todo lo demás que
hubo y hay en esta casa, digamos… lo esencial… ¡ya lo llevamos dentro!

Perdón por la lágrima que se me escapo...
ResponderBorrarjaja. A no adelantarse que todavía no pasó!
Borrarhermoso primo. Falta mucho, igualmente acá hay lugar para guardar ja. Me emocioné. Extraño verte y tu hogar, quiero ir pronto. Se camina letras y música en tu bosque
ResponderBorrarque sería de la vida sin letras y sin música?
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