BARRIO DE AYER
Solíamos jugar al fútbol en la calle.
Nuestras madres nos dejaban salir a la plaza y a
deambular por el barrio con una sola regla: “Vuelvan a las cinco a tomar la
leche”.
El dueño de la pelota arrancaba la ceremonia con el grito
de “Rompe, cuelga, pincha o descose…garpa”, adelantándose a que quien rompiera
o perdiera su balón debía pagarlo indefectiblemente. Todos asentíamos con la
cabeza en silencio sellando aquel contrato.
Los cabecillas del grupo se postulaban como capitanes y
hacían “la pisadita”. Se enfrentaban como si de un duelo se tratara y avanzaban
un paso adelante, tocando la punta de su pie con el talón del otro, de a uno a
la vez. “Pan” decía el primero y el otro respondía “queso”. Cuando se
encontraban de frente, el que pisaba a su contrincante era el que podía elegir
primero.
Así nos escogíamos para armar los equipos. Muchos imaginarán
que preferíamos a los más hábiles para asegurar el éxito del partido. ¡No, señor! Primero elegíamos a los amigos, a los de sangre, a los que uno sabía que
podía contar con ellos tanto en el triunfo como en la derrota. Era muy probable
que volviéramos apenados por haber perdido contra la pandilla de la otra
cuadra.
Nos sentábamos en ronda en la vereda de la Avenida Entre
Ríos, justo frente al kiosco. Compartíamos las pocas monedas que traíamos para
comprar una gaseosa fría. Luego la tomábamos del pico pasándola por turnos y
maldiciéndonos si alguno se quedaba chupando más tiempo del debido.
Allí nos relatábamos las vivencias del partido jugado,
minuto a minuto; el penal errado, el centro mal cabeceado, el foul que nos
cobraron mal, el pase que no devolvimos, el lateral que hicimos débilmente, el
gol anulado.
El arco lo hacíamos con dos buzos o camperas. Cuando el
balón pasaba por arriba de la ropa algún “ventajita” siempre gritaba:
—¡Gooolllll! —Corría a abrazarse con sus compañeros tirándose
en el empedrado de la calle. Se transformaba en un grito colectivo, un festejo
a viva voz, una felicidad completa.
El equipo adversario se
enojaba terriblemente.
—¡Eso fue palo! —se quejaban a los gritos—. ¡No vale! ¡No
vale!
Cuando un coche se acercaba se detenía el partido para
dejarlo pasar. Más de una vez la pelota golpeaba el auto o (lo que era peor) quedaba entre sus ruedas con peligro a ser destruida. Luego el juego continuaba
por donde lo habíamos pausado. Si había alguna duda de a quien le correspondía
hacíamos un “pique”, se enfrentaban uno de cada equipo y debían tocar la pelota
apenas llegara al suelo.
Algunas veces se armaba una trifulca. De vez en cuando pasaba
a mayores y se convertía en una batalla campal. Gritos, insultos, obscenidades
dirigidas a la madre y la abuela, pedradas, corridas finales. Entonces toda la
banda cruzaba la calle como una manada de animales, bien juntos, bien pegados,
protegiéndonos unos a otros, incluso yendo más lento si el gordito de la cuadra
estaba en nuestras filas.
Nunca eran tristes las despedidas, nos acompañábamos a
las casas y nos saludábamos con un gesto o un choque de manos, nada de darnos
besos como hacían los adultos.
Nuestros padres nos mandaban indefectiblemente a la ducha,
pues la mugre cubría la totalidad de los poros de nuestra piel. Luego
merendábamos viendo algún dibujito en blanco y negro en la televisión que no
superaba la media hora de duración.
Cómo no añorar el barrio de ayer, sus calles para jugar,
sus plazas llenas de alegría, sus esquinas para encontrarse, sus casas
abandonadas para explorar, sus bombas de agua en carnaval.
Cómo no valorar el tiempo de la niñez; la bicicleta, la
pelota, las figuritas, el yoyo, los amigos del alma siempre fieles…
...y eso que al futbol éramos un desastre. ja pero igual se jugaba. Mirá que capital no la quiero ni pisar pero esos recuerdos eran la libertad, eran la comunión. Gracias por hacerme volar siempre con tus palabras.
ResponderBorrarjaja que bueno tener un primo que era parte de esas pandillas!
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