¿CREES EN FINALES FELICES?

             ¿CREES EN FINALES FELICES? 

                La lluvia cae mansa y agradable, como si el cielo llorara. Las calles del centro de la ciudad son un hormiguero de personas deambulando con rumbo incierto. El paisaje se torna tan gris que oscurece los pensamientos de los transeúntes. Muchos se dirigen a sus casas agobiados por la jornada de trabajo. Un día más transcurre sin sobresaltos. Sin embargo, son pocos los que aún desean escapar de la inacabable lucha cotidiana contra la rutina.

                Bob es uno de esos que se plantea día a día su forma de vivir. No ha encontrado las respuestas a las preguntas más complejas, pero se sabe merecedor de algunas de ellas. Ha pasado demasiado tiempo en la calle.

                —Tenemos que separarnos, Dina —le dice a su compañera con una voz suave y serena, pero, aunque se esfuerza, no logra esconder su temblequeo—, si seguimos juntos nos irá mal a los dos. En cambio, si probamos cada uno por su lado, tal vez haya alguna posibilidad…

                Dina no lo deja terminar de hablar. Se da vuelta y comienza a caminar calle abajo. Bob la sigue a media distancia. No están preparados aún para apartarse el uno del otro, así de ese modo, de un solo tirón. Lo dicen, lo piensan, lo analizan. La lógica siempre interfiere en las relaciones de todos los seres vivos, pero luego hay asuntos más urgentes que contradicen todo lo que afirma.

                Bob camina con el corazón estrujado. Recuerda cuando la vio por primera vez trotando por la costanera. Dina tenía una cadencia al andar que llamaba la atención, todos se giraban a verla pasar. Se había enamorado a primera vista. Era hermosa e irresistible. La había notado algo flaca y se acercó para compartirle su almuerzo. Ella había aceptado en silencio y lo había mirado agradecida por largo rato mientras comía. Se volvieron inseparables.

                No había pasado ni una luna completa del día en que se habían conocido. Se apoyaron tanto el uno al otro que habían llegado a sentir que podían crear un vínculo eterno, pero nada dura para siempre en esta vida. Mucho menos cuando el invierno comienza a hacerse poderoso y se va llevando a todos aquellos que penden de un hilo.

                —¿Por qué no será siempre primavera? —pregunta Dina mirando como los árboles se van desnudando lentamente en las aceras que tanto conoce— ¿Te imaginas que un día nos recostemos sobre una alfombra? ¿Quizás frente a una chimenea disfrutando la calidez de un fuego?

                —No sueñes imposibles, Dina. No valen la pena.

                —¡No me quites lo poco que me queda, Bob! ¡Estoy tan harta de los posibles! Cuando algo se vuelve realizable se nos escurre como el agua del río. Nuestra condición jamás cambiará. Creo que tienes razón. Debo ser una carga para ti. Este mundo es para los fuertes, y si lo poco que se obtiene hay que compartirlo…

                —¡No digas eso, Dina! Me haces sentir egoísta. Yo no pienso así. Daría la vida por ti, lo sabes bien. ¿Recuerdas la noche que casi te atropella un coche y te empujé en el segundo final, justo para sacarte de su camino? Me golpeó tanto que quedé dolorido por días enteros.

                —Claro que sí, Bob. Esas son las cosas que una nunca olvida.

                Pasean por el Parque Central. Se acercan al sector de los juegos infantiles, ya desierto a esas horas. Cuando los niños terminan de divertirse y se van un sopor de melancolía invade la zona, entonces gobiernan los recuerdos y los seres del pasado. Bob y Dina suelen observarlos y se maravillan por la alegría que tiene el ser humano cuando aún mantiene su inocencia.

                Dina se recuesta en el gran banco de cemento. Por suerte no había nadie sentado allí.

                —¡Vamos! —le dijo Bob —Sabes bien que ese es el trono del viejo Silva. Si llega justo ahora la pasaremos mal.

                Dina tiene un acceso de tos de la risa, se baja y escupe en el banco.

                —Es el trono del viejo Silva, rey de los amargados y de los aburridos. Se ríen hasta que el dolor de panza los obliga a sosegarse.

                Entonces se miran muy fijo a los ojos. Deciden no estirar más lo que saben, en lo más hondo, que deben hacer. No había nada que decir, se habían ayudado, se habían amado, habían compartido un largo trecho de penurias.

                Es la hora de abrir el juego hacia nuevos horizontes. Se quedan congelados mirándose. Se abrazarían profundamente si tuvieran brazos para hacerlo. Luego de una corta pero honda despedida, los dos perros callejeros finalmente se alejan. Bob, hacia el norte de la ciudad; Dina, hacia el sur.



Comentarios

  1. Muy bello primo, "Deciden no estirar más lo que saben..." qué difícil pero que curador para continuar en paz. Últimamente lo comprendí y me encuentro siempre en tus palabras. Gracias por tus charlas literarias y por pintar tan bien las nostalgias.

    ResponderBorrar
  2. Yo no tengo palabras tan poetas como mi hermano...pero me encanta lo que escribis!!!

    ResponderBorrar

Publicar un comentario