CRIMEN IMPERFECTO

                     CRIMEN IMPERFECTO

 

                Acomodó sus guantes una vez más, ajustando dedo por dedo. Sentía como transpiraba su frente y eso no le gustaba. Era lo único que no podía controlar. Estaba tan quieto como un hombre puede estar, escuchaba su respiración casi imperceptible, podía contar sus pulsaciones por el sonido que hacía la sangre al atravesar sus tímpanos.

                —«¿Dejaré alguna vez este trabajo? —Movió milimétricamente su espalda para que el cambio de posición alivie su incipiente dolor de cintura—. Cada vez que pienso en cambiarlo me ofrecen más y más dinero, nunca podré dejar de ser un asesino a sueldo».

                Escuchó entonces los ronquidos lejanos del dueño del hogar. Miró su reloj.

                «Ufff. ¡Casi cuatro horas de televisión y dos más para dormirse! ¡Ya digo yo que estos millonarios tienen una mala vida! Por lo menos le daré una buena muerte, sin dolor. Ni se enterará».

                Escuchó con extrema atención, una vez más, antes de salir de su escondite. El plan marchaba a la perfección. El perro en el jardín ya estaba fuera de combate, bastó con darle un trozo de carne envenenada. Tenía estudiados todos los detalles. La esposa y los niños estaban de viaje y el hombre se encontraba solo en su casa. No habría daños colaterales. «Todo el mundo va a pensar en una muerte natural». El empresario era un señor muy obeso, jamás controlaba su colesterol ni hacía controles médicos periódicos. Su corazón era débil.

                —Un trabajo fácil, simple, sin altibajos —susurró.

                Comenzó a moverse muy despacio. Su visión era excelente, sus pupilas se habían dilatado por completo en la penumbra. Miró en todas direcciones, no debía chocarse con ningún objeto. No por nada era considerado uno de los mejores en su oficio.

                Atravesó la cocina sin dificultades, los metros que recorrió eran exactamente los mismos que había calculado, lo comprobó contando sus pasos. Tenía todo premeditado, había estudiado a su presa por semanas enteras. La paga lo valía. Sería un crimen perfecto, como todos sus encargos.

                Entró al living, era el único camino posible hacia la habitación donde dormía plácidamente el empresario, sus bufidos llegaban con un alto nivel sonoro. Todo transcurría según su plan, coordinado a la perfección.

                Rodeó la mesa central. Se agachó al atravesar el ventanal para no ser visto por casualidad desde el exterior.

                Al levantarse vio algo que lo congeló. Estiró sus brazos y piernas en una tensión extrema. Sus ojos, desorbitados, no podían creer lo que miraban. Justo frente a él, a la altura de su cara, un cuadro de dos metros de ancho por uno y medio de alto, con la figura de su abuelo Francisco.

                «¿Es o no es el abuelo?»

                ¡Claro que no podía serlo! ¿Qué haría un retrato de su propio abuelo en la casa de un empresario exitoso? Pero él no sabía qué pensar. Se sintió mareado, al borde de tener náuseas. Lo meditó largos instantes. Decidió que no lo era.

                No pudo moverse, aunque se obligaba a hacerlo. No sacaba los ojos del rostro del anciano que lo miraba muy serio, casi enojado. Suspiró. Finalmente aflojó la contracción de sus músculos y dio un paso al costado. La mirada del retrato lo seguía observando.

                No importaba hacia dónde caminara, los ojos del viejo siempre lo perseguían. Sabía muy bien de qué se trataba ese asunto, no había ninguna magia, era una simple ilusión óptica, una mirada fija ubicua. «El pintor no necesita demasiado talento para lograrlo, solo debe pintar una mirada frontal y colocar la pupila justo en el centro del iris. De esa forma se crea esa sensación de que la mirada del cuadro se encuentra con la del observador».

                Sin embargo, no lo pudo evitar, ese hombre era su propio abuelo o se le parecía demasiado, aquel que lo había criado con valores profundos y ahora volvía para juzgarlo.              

                Se paró frente a él y le dijo:

                —Por más que te esfuerces en observarme, sé que no eres mi abuelo Francisco.

 

                A la mañana siguiente, los diarios desperdigaron una noticia casi ridícula. Un famoso empresario de la ciudad, furioso y avergonzado, denunció públicamente que, durante la noche, asesinaron a su perro de manera miserable, ya que lo único que le habían robado era un cuadro de un viejo gaucho, sin ningún valor de mercado, pintado hacía varias décadas por un artista desconocido.

Pintura al óleo - Silvina Lopez

Comentarios

  1. Es un relato original. Veo que sigues manejando la tilde para "solo", como lo hacen muchos escritores. Pondría alguna en "dónde" y "cómo".
    A pesar del océano Atlántico que nos separa, y la "barrera idiomática" que hace que no me acostumbre del todo a vuestro uso del lenguaje, me ha gustado leer este relato y paso a compartirlo.
    Te seguiré leyendo y gracias por contactar conmigo para poder leerte. Estas invitaciones culturales son muy estimulantes y, ya te lo digo, me encanta el relato corto como forma de expresión de lo que hay en mi interior, en nuestro interior.

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    1. Qué lindo lo que pones aquí Javier!! Muchísimas gracias!! Hice las correcciones que sugieres. Pásame dónde puedo leerte, me interesa mucho compartir nuestras expresiones.

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  2. muy bueno Dari, conozco algunos detalles y el temor a que el cuadro nos mirara. Miedos de nuestra infancia, ja. Muy bien llevado. Excelente resquicio de la moral.

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    1. Increible esa relación con cuadros de la infancia! Yo los veo en los cuadros actuales de Silvina! jaja. Gracias!

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