GONZÁLEZ CASTRO

       GONZÁLEZ CASTRO

 

                —¡Suéltalo ya mismo, González! —me gritó el detective Castro en cuanto me vio.

                Era la segunda vez que me agarraba “con las manos en la masa”. Yo tenía mi cuchillo apretando la garganta del capataz. Lo aborrecía. Lo odié desde que lo conocí. Sus ojos, desorbitados por el pánico, me miraban con mezcla de asco y confusión. Dudé un instante. Luego le corté la garganta de un tajo.

                El detective Castro se quedó atónito. Me sujetó la mano del cuchillo. Ya era tarde, mi víctima sangraba a borbotones y nada se podía hacer para salvarle la vida.

                —¡Te dije que lo sueltes, González! —volvió a gritarme encolerizado, pero no daba señales de hacer algo para detenerme. Siempre llegaba tarde.

                Hace mucho tiempo que me perseguía. Los primeros años solo sospechó de mí, pero hacía algunos meses que ya conocía de primera mano mis crímenes, me había visto cometer un asesinato igual a este. Pienso que en el fondo él también lo disfrutaba, aunque su oficio no le permitía confesarlo.

                Nos conocemos demasiado bien, hemos crecido en el mismo barrio, con las mismas dificultades. No es verdad que se tienen las mismas posibilidades en cualquier clase social. Si se nace pobre, sin familia, con una infancia colmada de hambre, golpes y malos tratos es más probable que se crezca como lo hicimos nosotros. Al fin de cuentas somos muy parecidos, estamos en el mismo camino, aunque tenemos metas diferentes.

                Cuatro años me llevó conseguir este trabajo en la planta cementera. Era ideal para esconder los cadáveres de mis víctimas. Nadie podía imaginarse que mezclado entre las piedras calizas iban fragmentos de cuerpos humanos. Los cortaba con gran paciencia y los tiraba por los caños enormes que llevaban el material hacia la trituradora.

                El capataz era un hombre honrado, pero rezongaba demasiado. Esta mañana perdí mi paciencia con él. No era común en mí matar así de golpe, sin premeditación. Por el contrario, me gustaba elegir a mis víctimas, analizar sus vidas, perseguirlas, estudiar sus movimientos detalladamente y atraparlas en el momento cúlmine.

                Recuerdo cuando asesiné a la moza del Bar Imperial. Eso sí que me dio gusto. Armé mi plan minuciosamente, seguí los pasos al pie de la letra, no tuve ni un tropiezo, hasta que llegó el detective Castro inoportunamente. Vi por el espejo cómo me miraba mientras degollaba a la joven. Sus ojos estaban al rojo vivo, creí que eran de furia, pero había regocijo en ellos. No hizo nada para frenarme. Me gritó fuerte, reprochándome, como esta mañana. Me rascó la espalda justo donde tenía una picazón insoportable. Luego con su mano torpe me acomodó el pelo, me miró con un gesto repugnante y me dejó terminar. Yo sentía su mirada inquisidora mientras descuartizaba el cuerpo y lo colocaba, de a trozos, en la cementera. Lo malo de mi situación era que el detective ya sabía exactamente mi modus operandi.

                Es por ello que esta mañana me atrapó en la oficina del capataz. Desconozco si me venía persiguiendo o si sólo me encontró por casualidad. Habría sido mejor que no conociera tanto mis rutinas.

                Se sentó en el piso, sobre el charco de sangre; se quedó pensativo unos segundos, como buscando las palabras adecuadas, luego me preguntó:

                —¿Por qué lo haces, González?

                —Es un impulso muy hondo, es imposible de contener —respondí. Me daba cuenta de que el detective Castro estaba ansioso por saber. Era más que curiosidad. Seguramente sentía lo mismo que yo. Se reprimía tanto que estaba por reventar.

                —Vengo a detenerte —dijo y me sorprendió. Por un momento había amasado la idea de que podíamos ser amigos, de que éramos idénticos en todo.

                —¡Nunca pudiste pararme, Castro! ¡Hoy tampoco podrás! —grité furioso.

                Se ve que no lo pensó muy bien o tal vez, por el contrario, lo tenía todo calculado. Lo cierto es que en un arranque de pura adrenalina corrió, saltó la baranda de protección, se lanzó por el tubo mayor y se destrozó en el volquete residual.

                Ahora nos encontramos en la mezcladora con el cuerpo entero fracturándose una y otra vez mientras gira la máquina. Nunca podré revelar mis asesinatos ni hacerme famoso con ellos como lo soñé.

                Desde aquí se escuchó a la secretaria que gritó aterrada cuando entró en la oficina. Luego llamó a la policía, dijo entre sollozos que el capataz fue asesinado y que el operario González Castro, ese rarito que hablaba siempre solo, se suicidó o cayó por accidente en la tubería.

 

Idea original: Nelson Perez (El Salvador)

Comentarios

  1. Genial, Darío. El relato te conduce desde el título hasta un final impactante pero perfectamente lógico. Qué bien llevada la identidad disociativa, las pistas están ahí, pero no las vemos hasta el final y nos mantienen atentos. Felicidades.

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    1. Muchas gracias! La idea era exactamente esa, poner las pistas y sólo correr el telón al final.

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  2. ¡Qué buen relato!, fino y aterrador. Quiero una novela, siempre quiero más. Me llevás por la historia donde en pocas palabras me llenás de imaginación y vuelo más allá. Quiero más primo, me encanta y narrás genial repleto de sentidos.

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