LOS GLACIARES DEL OLVIDO

       LOS GLACIARES DEL OLVIDO

I-

                Tenía seis años. Dibujaba, sentado sobre la cama de mis padres, la típica casa con techo a dos aguas, ventanas de vidrios repartidos y una chimenea que tiraba humo enrulado hacia el cielo —extraño dibujo infantil para gente que crece entre cuatro paredes de un departamento—. Frotaba mis crayones con fuerza sobre el papel para que los colores iluminaran la escena.

                Mi madre me llamó desde la habitación contigua. Mi tía —su hermana— falleció en ese preciso instante, luego de pasar algunos días en estado vegetativo. Mi abuela materna, fiel a sus costumbres, me dijo que debía besarle la frente para despedirla. Me invadió un terror infantil, pero lo hice. Noté que nada especial sucedía y me quedé mirando en silencio.

                Fue mi primer contacto con la muerte. Más tarde le pregunté a mi padre:

                —¿Dónde va la gente cuando muere?

                —Al cielo —respondió sin más explicaciones.

                —¿Dónde queda eso? —insistí.

                —Allá arriba —contestó conciso. Era de pocas palabras y prefería que las preguntas existenciales se las hagamos a mi madre.

                Vi, por el balcón, pasar un auto en la noche, la luz rasgó la oscuridad. Imaginé el alma de mi tía viajando a su destino.

 

II-

                Tenía veintitrés años cuando me tocó vivir la partida de mi padre. Ya había crecido lo suficiente para dudar de los viejos conceptos de cielo e infierno. Mi pasión por la lectura me hizo conocer y explorar diversas teorías e hipótesis. Algunas son más atractivas, otras menos deplorables. Otras solo ayudan a la mente a calmar la sed insaciable que nos provoca el misterio más profundo de nuestra humanidad. Resolví que ninguna religión podría aliviarme. Entonces, tal vez, la literatura…

                Borges me sacudió desde los cimientos, sin compasión, con su frase: «que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan despiadados». Le creí.

                Concluí, entonces, que la muerte es solo un olvido perenne.

                Vi, por la ventana de casa, pasar un auto esa noche, la luz rasgó la oscuridad. Mi racionalidad se relamió triunfante. Pensé: «No hay almas que viajen o se queden dando vueltas en un sitio. Simplemente nos desintegramos en el Universo».

                En realidad, no tenía las repuestas y nadie las tendrá jamás. Aprendí a aceptarlo. Tal vez somos nada más que lo que apenas podemos percibir.

 

III-

                Anoche vi a mi padre.

                Fue un instante, ayer nomás. Había trabajado todo el día y, muy cansado, fui a darme una ducha. Al salir de la bañera rayé el espejo con el toallón y lo vi, mirándome. Fue tan fugaz y eterno ese segundo que tropecé. Instintivamente sacudí mi cabeza aún mojada y vi mi rostro observándome tan asombrado como yo me sentía en ese momento. Luego sonreí y mi rostro en el espejo también.

                Miré con detenimiento mi cabello y mi barba tornándose blanca, los mismos ojos de mirada suave que se ponen líquidos ante la menor insinuación de sentimiento hondo. Vi las arrugas en mi frente y alrededor de mis ojos que, a veces, dan la sensación de un extremo cansancio y ese gesto de media sonrisa, idéntico al de mi padre…

                Un auto pasó por la calle. Su luz habrá rasgado la oscuridad. Sonreí frente al espejo una vez más. Toda luz, por más tenue que sea, puede desgarrar por un instante la inmensidad.

                Anoche vi a mi padre, aunque sea vi una minúscula parte de él.

                ¿Tantos años tardé en comprender que todo sigue vivo? Todo, hasta que deja de ser recordado.

                                                                                                                           Óleo Silvina Lopez

Comentarios

  1. Impresionante. Siempre con el sentimiento galopando en la palabra. La literatura es una forma de no olvidar. Tus palabras son siempre imágenes justas, como un video clip que me pone en el mismo instante del suceso pero con la mirada del hoy. Seguime llevando a pasear que es muy bello. Ya con unos vinos te diré mis hipótesis de la muerte.

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    1. Esos vinos que nos debemos!! Serán tantos que no podremos conversar mucho, jaja

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  2. Me gusta mucho este escrito... Aunque me llena de melancolía, tristeza, y de más cosas que aún no logró identificar. Pero el mensaje que mandas Darío es sorprendente. En estos momentos te agradezco que lo hayas escrito y que yo lo esté leyendo. Eres un magnífico escritor. Te mando un cordial saludo y te agradezco por este momento reflexivo; me ha sido de ayuda, otra vez.

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    1. Muchas gracias por tus palabras!! Las palabras nos conectan. Qué bueno que puedan servirnos a ambos!!

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  4. Impecable texto. Se palpan las emociones, los sentimientos, los estados de ánimo , pero sobre todo está presente el oficio artesanal, paciente y disciplinado del narrador.
    Enhorabuena y felicidades

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    1. Muchísimas gracias! Siempre estamos aprendiendo el oficio de escribir! Es apasionante

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