LA VIVENCIA DE
DIOS
Cada
vez que hacías una pregunta —de ésas— complicabas la existencia de alguien. ¿No
era cierta la premisa que usabas: “la ignorancia es paz”? ¿Por qué siempre
buceando en los abismos del alma? Querías las respuestas a tus interrogantes,
pero se los gritabas a Dios que solo escucha.
Caminabas
cada tarde por la Plaza Garay. A veces, le dabas de comer a las palomas como
hacía tu madre cuando te llevaba a ti, aunque no te dabas cuenta de lo mucho
que la imitabas.
—La
vida hay que vivirla en cámara lenta —decías. Sin embargo, has corrido tanto en
tu historia que es difícil de digerir. Las frases que se tienen a flor de piel,
a veces, solo son deseos o imposibles.
Aquella
tarde afirmaste que estabas enojada con Dios por permitir demasiados males en
el mundo y, sobre todo, por infligirte este tremendo dolor. «¿Por qué se mete
con los niños?, si son los únicos años de vida del ser humano donde la
inocencia fluye como agua de río».
Es
imposible entender o vivenciar la perspectiva de Dios. Además, si se comprobara
su existencia, sería un tipo de dudosa moral, sumamente cuestionable.
Los
niños fueron llegando a la plaza y comenzó la algarabía de todos los domingos
soleados; hasta que llegó Julián, el chico de unos diez años que tenía un tipo
de autismo que cuesta aprenderse el nombre.
Te
sentaste en el banco central, al lado de Don Mauro, para ver cómo jugaban los
pequeños, otra vez más. No querías hablar, pero no aguantaste e hiciste el
comentario:
—Yo no
entiendo a esa madre. ¿Para qué carajo lo manda solito a la plaza si sabe que
los chicos lo van a rechazar?
—Y
bueno, será para que se amolde, para que aprenda a jugar con los demás —te
respondió.
—Es que
no se puede “adaptar”. Él se conecta con el mundo a su manera y es imposible de
cambiar. Es el mundo el que debe ajustarse a él y no al revés —te salían las
palabras sin esfuerzo, como en tus clases de psicología.
—Bueno,
pero ya conoces la crueldad de los pibes —te dijo—, no vas a pretender que todo
el barrio…
—¿Ves? ¡Ahí
tienes! Estoy molesta con Dios por todas estas cosas. ¿Por qué permite que
sucedan? Ahora tenemos que sufrir todos: Julián, los chicos del barrio y
nosotros, los adultos, viendo tanta injusticia rodando por el planeta.
Don
Mauro te miró sorprendido, parecía que pensaba en lo que estarías sintiendo. Todos
sabían tu situación y trataban de acompañarte. Dudó, quizás, si preguntarte algo,
pero no se animó.
Se oían
risas y gritos que procedían de varias cuadras a la redonda. Enseguida llegó la
pandilla de la Plaza España.
—Mejor
me voy —te dijo—. Lo único que falta es que estos mocosos se agarren a trompadas.
—Yo me
quedo un rato a ver el desafío —respondiste.
En
seguida se juntaron en la canchita de fútbol y comenzó a rodar el balón. El
problema era Julián. Se metió en el equipo de la Plaza Garay, sin respetar que
lo querían dejar sentadito en un costado, de suplente.
Estabas
incómoda, la verdad es que nunca te gustaron mucho los niños, pero sabías que a
esos interrogantes sin respuesta se les debería poner un bálsamo de algún modo.
Seguramente por eso te quedaste.
Les
costó mucho a los pibes de la Plaza Garay mantener el partido empatado. Daba
igual jugar con uno menos. Julián era un cero a la izquierda. Si le pegaba a la
pelota la colgaba en un árbol, y si no, la patada iba directo a las piernas de
un contrincante.
No
quedó otra que definir por penales, cinco cada uno. Los de la Plaza España
metieron cuatro goles y fallaron uno. Los de la Plaza Garay metieron cuatro y
debían patear el último. Se reunieron en el círculo central para resolver quién
se iba a encargar. Se jugaban el honor del barrio y las burlas de toda la
semana. Abrazados en círculo discutían acaloradamente cuando Julián tomó la pelota
y se fue directo al punto penal.
—¡Vamos
todos! ¡Lo pateo yo! —Lo viste gritar. Luego se secó la baba con la manga de la
camiseta.
Te
pusiste muy tensa, era normal que pusieras cara de culo en esas ocasiones,
aunque afirmabas que era seriedad. No querías ver de nuevo la prepotencia de
los “chicos normales”. Lo iban a sacar a patadas. Parecías ofendidísima, enfurecida
con la vida.
De
repente el arquero de la plaza España se posicionó y todos se colocaron detrás
de Julián. El silencio se volvió ensordecedor. Seguro que podías sentir tu
corazón al galope. Te limpiaste los anteojos varias veces porque se te empañaban.
Lo peor estaba por llegar.
—¡Es muy
obvio que ese nene no tiene que estar ahí! —gritaste con los ojos bien
abiertos, la mirada desesperada, el puño cerrado con fuerza y, probablemente,
un pequeño rezo a tu Dios, a ver si se decidía —alguna vez— a interceder en
algo.
Julián
pateó tal cual te lo imaginaste unos minutos antes. La pelota salió extremadamente
despacio hacia el medio de la portería, directo a los pies del chico que
atajaba. Todos se miraban, confundidos y ansiosos a la vez. El arquero se quedó
quieto una eternidad de segundos. Después “voló” —como en las grandes ligas—
hacia el palo izquierdo, alejándose de la pelota que entró con exagerada
lentitud por el centro del arco, de manera casi ridícula.
—¡Gooooooooooolllllllllllll!
—gritaron al unísono y se abrazaron, ganadores y perdedores. Levantaron a
Julián en andas y salieron corriendo a dar la “vuelta olímpica” alrededor de la
canchita, ambos equipos, todos juntos. Cantaban y festejaban, a los gritos, por
toda la plaza. Julián reía a carcajadas, con los brazos en alto, sintiendo el
viento en su pelo enmarañado. Lo viste cerrar los ojos y abrazarse a sí mismo
una y otra vez mientras lo llevaban a horcajadas.
No
podías parar de sollozar. Si no aprendiste ahí que la vivencia de Dios está en
todos esos momentos de la vida, entonces, jamás lo aprenderás.
No sé si estoy viejo pero me estoy volviendo melancólico y llorón, me sarandeás el alma. ¡¡Tantos recuerdos en esa plaza!! "Aquella tarde afirmaste que estabas enojada con Dios por permitir demasiados males en el mundo" siempre me decía mi viejo, "si dios existiera esto no pasaría" pero como pasa con Julián, yo sé que el creía, en algún dios, magia o poder pero en sus emociones creía. Me llevaste de nuevo a esos debates en estos años de tanto no creer. Cómo me gustaría unas noches de vino y largas charlas filosóficas poéticas. Estás levantando la vara cumpa.
ResponderBorrarCreer o no creer da igual, si ya vamos aprendiendo de qué se trata... lastima que cuando sepamos más nos tenemos que ir... Suscribo las palabras de tu viejo!
BorrarSobre lo que dijo el amigo en el comentario anterior cuenta por dos. Me he vuelto viejo y llorón. 😭
ResponderBorrarjaja que grandes estamos!
BorrarEmoción a flor de piel, recuerdos entraba les y " la vivencia de Dios en esos momentos"....
ResponderBorrarClaro que sí. Muchas gracias!
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