Reflexiones... opus 16 La generación del cassette

                Soy de la generación del cassette. Dicen que su vida útil fue de principios de los 70’ a finales de los 90’. Pero… ¡si los habré disfrutado!

                Crecí escuchándolos. Los presté, los regalé, los compartí, los grabé y regrabé miles de veces. Eran cómodos, fáciles de usar. Me encantaba su sonido, aunque hoy digan que eran de dudosa calidad.

                De chico, usaba un grabador de la familia, me llevó muchísimo tiempo tener uno propio.

                Me la pasaba jugueteando con los cassettes de mis padres hasta que enganchaba la cinta, borraba por error alguna parte o me mandaba algún lío similar. A los doce años arruiné un cassette de Roberto Carlos que pertenecía a mi madre. Como le saqué toneladas de cinta y no lo pude rearmar lo tiré a la basura envuelto en papel de diario. Mi madre jamás lo encontró. Se lo confesé una Navidad, casi treinta años después. Igual recibí un coscorrón, además de una carcajada.

                He pasado noches inolvidables con las teclas de rec y pausa apretadas en mi grabador. Esperaba que «el de la radio» pase aquella canción que tanto deseaba. Cuando llegaba, yo soltaba la pausa siempre un segundo después, por lo tanto, tenía un hermoso cassette de lentos, todos empezados tarde. Ni hablar como odiaba al locutor cuando “pisaba” mi tema favorito por la mitad, después de esperarlo, quizás, semanas enteras.

                Dar vuelta el cassette y seguir grabando la segunda parte de la misma canción era catastrófico, jamás cometí ese sacrilegio, pero conozco a quien sí lo ha hecho.

                Romperle el cuadradito de plástico en su vértice superior era un secreto que no todos conocían, de ese modo se evitaba que un cassette grabado se borre por error (anulaba la tecla rec).

                Me volví un experto, los abría, los reparaba, cambiaba sus rodamientos, unía (con cinta scotch) la cinta magnética con absoluta precisión (solo quedaba un siseo espantoso por un segundo en medio de la música).

                Mi felicidad fue extrema cuando mi padre me regaló el grabador doble cassettera. Ya podía copiar de cassette a cassette, hacer mis propios combinados y, lo que era increíble, copiar a velocidad rápida (se ahorraba solo unos minutos). He llegado a ir a la disquería a comprar un original, luego, al llegar a casa, lo copiaba e inmediatamente volvía a la disquería a cambiarlo por otro; de ese modo, obtenía dos discos completos.

                Los walkman llegaron en la adolescencia. Llevar mi música conmigo no tuvo comparación. Las pilas se gastaban demasiado al rebobinar o avanzar, entonces, la birome bic nos salvaba de ese problema. Quien lo hizo puede confirmarlo.

                Un placer extra era abrir la tapa, sacar el papel para leer las letras de los temas o las ilustraciones que traía (claro que era solo en el caso de comprar originales).

                No hace mucho me enteré que la palabra cassette proviene de cajita en francés. Dicen que el cd lo mató rápidamente, aunque también él ya se está yendo…

                Los cassettes me han acompañado una gran parte de mi vida, me han ayudado a salir de pozos profundos, me han conducido en mis viajes de búsqueda, me han llevado y me han traído de vuelta a casa.

                El ritmo de la vida se acelera, las cosas dejan de valer y de servir, y desaparecen.

                Sin embargo, nosotros sabemos que aquello que nos hizo feliz queda guardado dentro nuestro hasta el fin de nuestros días…

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