BOSQUE DE COIHUES

                    BOSQUE DE COIHUES

Para Gabriel, porque compartimos un destino en común…

I-

                Lo que vuelve loco al ser humano no es la búsqueda incesante de lo que nunca encuentra, sino la ausencia de esa búsqueda; la monotonía, la pérdida de los sueños, el conformismo implacable que aplasta los corazones hasta volverlos insensibles, impermeables.

                «Es un delirante» opinaban mis mayores cada vez que —de niño— decía que deseaba vivir en un bosque y, para ser más específico aún, ese bosque debía estar en una montaña.

                Nunca pude ser un caminante de llanuras, aunque a veces lo he intentado. Siempre tuve que andar entre cumbres y precipicios, sentir la pasión creciendo dentro de mí, creer que la vida no es un hueco de tiempo en un rincón del planeta, quieto y seguro. Siempre persiguiendo la idea de que en la orilla de la vida solo juegan los que tienen más valor.            

                No pude ser socio de una sociedad que no elegí. No pude convivir en una ciudad que le quita la piel a la tierra para encerrar al ser humano en cajas de cemento…

 

II-

                Hace casi veinte años que vivo en un bosque de coihues. Aprendí su idioma, su murmullo constante, la alegría de la lluvia que limpia y nutre, su crecimiento sin prisas, el silencio expectante anterior a la nevada, el susurro ininterrumpido del viento que se lleva lejos la cordura de las personas.

                Caminé por sus senderos y, por donde no los había, los fui marcando yo. Me maravillé una y otra vez por los mismos detalles, con distintas sensaciones. Vi sus renovales nacer y crecer lentamente, aún hoy siguen siendo retoños y necesitan decenas de años para convertirse en árboles adultos.

                Compartí sus horas lerdas, sus habitantes minúsculos, sus variaciones casi imperceptibles. Hemos sido compañeros…

 

III-

                Me levanto con el sol, veo las montañas rosadas del amanecer. El bosque se despereza y comienza el intercambio. Los micelios se estiran para conectarse. Anuncian que algunos insectos están comiendo unas hojas de más. El bosque completo segrega feromonas, atraen a los pájaros que se alimentan de ellos para restaurar el equilibrio.

                Un ciprés ha caído y sobrevive por años en esa situación, el resto ayuda a sostenerlo, resignando una parte de su sustento para el que más lo necesita. Mientras tanto, en el claro que se abrió con la caída, explotan semillas —dormidas hace años— que harán nuevos ejemplares para colaborar en el bosque. ¡Qué lejos ha quedado aquello que me enseñaron en la niñez de que los árboles compiten por el sol! Nunca he visto tanta cooperación y lealtad.

                Al mediodía, la hora sin sombra, el bosque protege a sus habitantes para que el calor no los debilite. Todos sabemos que la fotosíntesis es un proceso fundamental para la vida en nuestro planeta. Liberan el oxígeno que necesitamos para respirar. Se convierten en los pulmones del mundo.

                El atardecer es mi momento favorito, la rendija entre los mundos. Cuando todo comienza a adormecerse la luz penetra en ángulos artísticos, tiñe de ocres y dorados el ambiente para despertar nuestras más hondas emociones. Todo el bosque se prepara para descansar.

                Por la noche, el silencio y la oscuridad aletarga los sentidos y apagamos por un rato esa máquina mental que no cesa de girar. El descanso nos prepara para comenzar el ciclo, otra vez, al día siguiente…

 

IV-

                Dicen que mi amor por el bosque es extremo, pero qué es el amor sino exactamente eso. Hoy es el día acordado. Ya he soltado todas las amarras que debía soltar. He aprendido el máximo que mi ser puede asimilar. Ya he perdonado y pedido perdón. He amado intensamente hasta la locura. Busqué la mejor versión de mí.

                Me despido de mis seres queridos con alguna lágrima de melancolía y un nudo en la garganta. Las palabras jamás están a la altura de estas circunstancias. Sé que ahora es el turno de ellos de construir sus sueños.

                Comienzo a caminar hacia la espesura de la arboleda, siento mi respiración entrecortada y el latido profundo y lento de mi viejo corazón. Recuerdo cada momento que viví y lo suelto hacia el olvido. Sé —en lo más hondo de mí— que fui muy feliz. Me fundo con el bosque para siempre…



 

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