FUNDAMENTOS PARA (NO) REPARAR UN HORNO DE GAS ENVASADO

FUNDAMENTOS PARA (NO) REPARAR UN HORNO DE GAS ENVASADO

 

               Si hay algo que realmente me molesta es que no reconozcan mi esfuerzo. Paso la mayor parte de mi tiempo reparando nuestro hogar. «Que Nicolás esto, que Nicolás lo otro». A fin de cuentas, parece que lo único que les interesa —a mi mujer e hijas— es que arregle los desperfectos. «Eres el hombre de la casa», dicen cada vez que sucede algo; tienen esa frase pegada en los labios. Cada día de mi vida lo atravieso como un autómata, corriendo de lado a lado, con mi caja de herramientas, para solucionar distintas averías.

                —¡Chicas, escúchenme bien! ¡Nunca más destapo el inodoro de esta manera! ¡Tiraron sus toallas femeninas ahí dentro! ¡Un asco! ¡Les digo todos los días que para eso está el tachito de basura!

                —¡No seas pesado, papá! —me contestan las dos, casi al unísono. Largan la risotada y, en seguida, se van corriendo a su cuarto. Me quedo perplejo, pero no me enojo. Hace muchos años que no me enojo…

                —Nicolás —me dice mi esposa dulcemente—, ¿podrías fijarte qué le sucede a la puerta del horno? Hace meses que está rota. Estoy harta de poner un cartón para trabarla, además la comida no queda igual si le entra un poquito de aire.

                Me lo pide tan suave que hasta creo que me gusta, aunque este fin de semana me siento cansado. Trabajo como un perro todos los días fuera de casa, quisiera tener tiempo para mí.

                —Lo haré, mi amor, cuando...

                —¡¡¡Ahora!!! —me grita con cara de bruja malvada y apuntándome amenazadoramente con el dedo índice. No entiendo su reacción. Me sorprendo y estoy al borde de largar el llanto. Sonríe en seguida a carcajadas y me dice:

                —¡Ay, Nicolás! ¡Te crees todo! Eres un pan dulce —Me da un beso muy tierno en la mejilla y se va.

                No lo puedo creer, otra vez lo hizo. ¿Cómo negarme a arreglar la maldita puerta del horno? Ella es tan divertida… no le puedo decir que no. Voy a hacerlo ya, así me saco el asunto de encima y todos quedamos contentos.

                Voy a la cocina y comienzo a inspeccionar. Es muy incómodo trabajar en este tipo de arreglos, me hace doler un poco la cintura. Me siento en el suelo y desparramo las herramientas. Abro la puerta del horno. El chirrido suave que emite me demuestra que falta aceite en las bisagras. Me acerco a mirarlas bien, una de ellas está tan oxidada que, supongo, debo cambiarla por una nueva. Las comparo y descubro rápidamente que los resortes están vencidos. «¡Qué problema! Si tengo que comprar repuestos no podré arreglarlo ahora mismo».

                Me coloco una linterna en la frente, me recuesto boca arriba y meto mis manos del lado de adentro del horno, sobre la puerta. Voy palpando despacio y veo mis dedos llenos de óxido. «¡La puta madre! ¡Me parece que el problema es más grave de lo que creo!» Saco las manos y veo que me caen unas gotas de sangre del meñique, lo chupo despacio y aprieto fuerte, con los labios, para que corte el sangrado. «Ni me di cuenta cómo me lastimé».

                Tomo un destornillador, me vuelvo a deslizar —boca arriba— dentro del horno, meto la cabeza para ver bien qué está pasando detrás del burlete de la puerta. «Tal vez lijando todo ese óxido y poniendo sellador lo soluciono».

                —¿Quieres que aproveche a hacerte una tarta, Nicolás? —me grita mi esposa desde el living.

                —¡Claro! ¡Me encanta! Pero tendrás que esperar que termine de trabajar… ¡O cocinarás mi cabeza!

                Escucho que ella pasa hacia el baño muerta de risa. Ahora no sé si me lo dijo de verdad o se estaba burlando de mí porque, obviamente, no se puede usar el horno mientras lo reparo.

                Hago fuerza con la llave francesa sobre una tuerca. Se le quiebra la cabeza y cae algo de material ferroso sobre mi ojo izquierdo. «¡Maldición! Creo que este horno ya está para cambiar. Lo usamos hace demasiados años… Lo tenemos desde nuestro casamiento».

                —¡Sí, quiero! —dijo ella visiblemente emocionada—, y además… ¡lo quiero con locura, todo para mí!

                Me ruboricé al instante. El sacerdote la miró con cara de enojo. No se debe cambiar palabras en ritos tan antiguos como este. Sandra largó la carcajada. Ella se reía de todo y eso para mí siempre fue maravilloso, pero no cambiaba el hecho de que estaba muerto de vergüenza.

                —Espero que digas lo mismo, Nicolás. O me voy corriendo del altar —me dijo inmediatamente después. Me quedé callado. Sentí mis mejillas como agua hirviendo. Seguro estaba todo colorado del pudor.

                —Por favor, señora, aténgase al libreto —le dijo un monaguillo con cara de santurrón y anteojos de culo de botella.

                —¡Qué aburrido! —respondió ella. Pero, de algún modo, lograron aplacarla y que la boda continuara su curso.

                Apenas salimos de la Iglesia nos hicimos una sesión de fotografías que guardamos celosamente en un cajón. Luego tuvimos una gran fiesta donde asistieron familiares y amigos.

                Fue uno de los días más inolvidables de mi vida.

                Noto que la perilla de la hornalla cuatro está suelta en su base interna. «Por aquí debe perder gas». Aprieto todos los tornillos que encuentro, hago mi máximo esfuerzo porque la posición es extremadamente incómoda.

                Me impulso con los brazos y entro aún más en el horno. Miro cada detalle de su interior. Evalúo si vale la pena reparar todas las roturas que encuentro o proponerle a mi esposa cambiarlo por otro. «Ella va a querer uno nuevo sin pensarlo». Tendría que hacer horas extras para ello, con mi sueldo tan al límite de la canasta básica no podré afrontar este gasto. «Mejor lo arreglo como sea».

                Ya no puedo ver bien de este modo. Quiero revisar la termocupla y los quemadores del lado de atrás, así que me impulso con fuerza y meto los brazos y el tórax dentro del horno. Siento mis hombros trabados y doloridos, hay grasa por doquier y encima temo ensuciarme demasiado. «¿Por qué no me puse una remera vieja?” Me giro, quedo boca abajo. Hago fuerza con el cuello para levantar la cabeza e iluminar bien el fondo del horno. «Está tan sucio».

                A los dolores de cintura y hombros se suman el cuello y la mano izquierda, me sangra mucho más el dedo. «Con tanto óxido que estoy tocando me tendré que aplicar la vacuna antitetánica».

                Me cuesta acomodarme, pero noto que la estructura del horno se encuentra en buen estado. Hago fuerza para introducirme más. Meto una rodilla, luego la otra, me muevo unos centímetros hacia adelante —en cuatro patas— y, finalmente, logro ponerme de pie.

                En el momento exacto en que me levanto la puerta se cierra súbitamente. Quedo atrapado dentro del electrodoméstico.

                Grito como un endemoniado, mi voz resuena en las paredes de chapa del horno y, para complicar aún más la situación, me golpeo la cabeza con el caño principal de ingreso de gas. Instintivamente lo agarro fuerte con ambas manos. «No sea cosa que se rompa y me intoxique por una pérdida».

                Enseguida veo la luz interna del horno, el vidrio está roto y la bombilla también. «¿Por qué no cambié esto cuando se rompió hace meses? ¡Me vendría bien tener más iluminación!»

                Me giro velozmente y me golpeo la frente con el grill eléctrico que se encuentra en el techo del horno. Espero no sufrir claustrofobia. En realidad, nunca me sucedió algo así. Apoyo mis dos manos en el vidrio del visor de la puerta y golpeo frenéticamente. Antes esta puerta no funcionaba bien y ahora… queda trabada. «¡No se puede creer mi mala estrella!» No escucho nada del exterior y la linterna empieza a ponerse amarillenta, «¡malditas pilas!»

                Me siento a esperar que alguien se preocupe por mi ausencia, abra la puerta del horno y me ayude a salir. Nadie se acerca. Me estoy empezando a cansar. «Tengo que buscar otra solución».

                Me levanto y camino. Lo hago despacio, con algo de temor, no quiero perderme. Mi linterna ya no sirve más. Me desplazo lentamente con una mano tocando la pared. Es tan terrible esta oscuridad que temo no saber cómo volver a la puerta. Abro y cierro los ojos y todo se ve igual de negro.

                De repente, logro vislumbrar —a lo lejos— una luz muy tenue. Me dirijo hacia allá. Debo caminar algunos kilómetros hacia el fondo del horno. Por algún motivo estoy tranquilo. No quiero pensar. Se me dilatan las pupilas y la visión se vuelve más clara a medida que me desplazo.

                Veo cinco personas sentadas alrededor de un fuego. Me acerco sigilosamente. Están cocinando algo que huele demasiado bien. Uno de ellos me ve y hace gestos muy amables para que me acerque.

                —¡Hey! ¡Bienvenido! Por el olor que traes, vienes de un horno —me dice muy sonriente.

                —Y yo me la juego que es un horno de gas envasado. Mis años de gasista me lo aseguran —dice otro mientras revuelve el fuego con una rama.

                No sé qué decir. Me encuentro petrificado. Me hacen un sitio en la ronda. Me siento junto a ellos. El clima es de camaradería. Se los ve muy alegres.

                —Yo… eee… yo… no sé por dónde empezar… arreglaba el horno de mi casa…

                —¡Se los dije! —grita el hombre que me había invitado a acercarme.

                —Dime, buen amigo. ¿Es de gas envasado? —me pregunta el que revolvía el fuego.

                Yo asiento con la cabeza, incapaz de seguir hablando.

                —¡Acerté! ¡Carajo! Ja, ja, ja. ¿Ven? ¡El oficio no se pierde con los años!

                —¿Años? —pregunto, algo aterrado. Me siento en un tronco y acepto un vaso de vino tinto.

                —¡Oh, sí señor! Hace años que ando por aquí. Yo también entré por un horno, pero de gas natural.

                —Yo por un lavarropas —dice el tercero. Tiene la cara marcada con una gran cicatriz.

                —Yo por una heladera —comenta el cuarto de la ronda.

                —¡Y yo por una bañadera! —grita el último, un señor mayor, calvo, con ojos claros, de mirada penetrante. Inmediatamente, todos ríen a carcajadas—. Pero espera a conocer a los demás…

                —¡Tranquilos, amigos! De a poco. No lo asusten.

                Tengo unos instantes de pánico total. Bebo el vaso de vino de un solo sorbo y me quedo mirando el fuego.

                —Vamos! ¡Cuéntale al nuevo tu llegada! —le dicen al anciano—. Es la mejor de todas.

                —Pues yo naufragué en una bañadera, literalmente. —Las risas son tan extremas que caen al suelo y se retuercen de manera ridícula. Parecen niños. Se serenan lentamente. El viejo prosigue—: Reparaba los baños de todos los pisos de un hotel, donde trabajaba. ¡Imagínate! Caños de plomo… ¡Perdía agua por todos los rincones! Todas mis horas laborales las ocupaba arreglando esos tubos, además de los artefactos del viejo hotel.

                »La dueña era una señora de buena posición social que no se engrasaba las manos ni para lavar la vajilla. Me tenía cansado, cansadísimo. Un día me mandó a su baño privado, uno de los más antiguos del edificio. No encontraba el modo de reparar tantos desperfectos. Yo había sugerido hacer una nueva instalación, más moderna. Sus respuestas fueron cuatro gruñidos y dos malas palabras, así que intenté remediarlo de cualquier modo. Entré en su bañadera, caí por las tuberías y… ¡aquí me tienen!

                La conversación es amena, entretenida, muy cordial. Los muchachos no dejan de reír y de contar anécdotas, una más linda que la otra. Me tranquilizo de a poco. Me encuentro mucho mejor. Ya me siento parte del grupo. Me cuentan todos los detalles de sus vidas actuales.

                —¿Alguno regresó? —pregunto por curiosidad. Largan la carcajada todos al mismo tiempo. El viejo me mira con ojos profundos.

                —Todavía no. En realidad, no sabemos si es posible, colega. Ninguno se decidió a intentarlo aún…

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