JOSÉ LUIS Y EL FÚTBOL

               JOSÉ LUIS Y EL FÚTBOL

                La transmisión de la previa del partido comenzó a la hora establecida. José Luis acomodó el sillón del living y preparó con mucho esmero una “picada” sobre la mesa ratona. Puso dos pintas de cerveza —para él y su mujer— y dos vasos de jugo de naranja exprimido para los niños. Dobló cuatro servilletas de papel en triángulos. Cortó un salamín con suma paciencia en cortes transversales tan finos que casi podía verse a través de ellos. Agregó unos platos pequeños con queso duro, papas fritas y aceitunas con morrones.

                Cuando empezó el himno nacional llamó a la familia.

                —¡Vamossss! ¡Empieza el partidooooo! —gritó fuerte para que sus familiares se congreguen frente al televisor.

                —¡Qué ridículo, viejo! —le dijo el hijo mayor al verlo con un gorro tipo arlequín con los colores de su país, la bandera anudada en su cuello como la capa de un superhéroe, su pijama a rayas azules turquesas y, en sus pies, unas pantuflas marrones de gamuza.

                José Luis los miraba feliz. «Nada más hermoso que ver estos partidos importantes en familia». Subió el volumen del televisor varios decibeles, casi al límite tolerable de la audición.

                Los chicos se sentaron y comenzaron a comer atropelladamente.

                —¡Tranquilos muchachos! ¡Tiene que durar los noventa minutos!

                —¡Ni loco! —dijo el hijo mayor, mientras tomaba de un solo trago su vaso de jugo y se atragantaba con el queso y las papas fritas.

                La primera sorpresa sucedió a los cinco minutos del partido. Su equipo hizo un gol y José Luis lo gritó a boca de jarro. Saltó sobre el sillón como un niño y abrazó a sus hijos y a su mujer que lo miraban algo molestos.

                —¡Gooooolllll!¡¿Vieron eso?! ¡Una obra maestra!

                José Luis se dio cuenta de que festejaba solo, su mujer y sus hijos lo miraban desganados. Dejó de sonreír, se sentó en el sillón, se sirvió otra cerveza y se quedó callado.

                No habían pasado veinte minutos cuando notó que sus hijos ya no miraban el partido. El mayor tenía la mirada puesta en el teléfono y el menor jugueteaba con la comida sobre los brazos del sillón.

                —¿Qué pasa, muchachos? ¡Atentos al fútbol!

                —¡Está aburrido, pa! —dijo el más pequeño.

                José Luis miró a Mercedes en busca de una ayuda silenciosa y ella le contestó con un gesto moviendo la cabeza de costado y alzando ambos hombros a la vez.

                En el entretiempo los niños abandonaron el programa y se fueron directo a su habitación.

                —¡¿Qué pasa familia?!¡¿No podemos ni siquiera alentar a nuestra selección en un partido clave?!

                —Déjalos, José —sugirió Mercedes mientras se dedicaba a limpiar la mesa y el desastre de una caída de jugo sobre la pata del sillón—. Ellos tienen otros intereses…

                Pasaron treinta minutos del segundo tiempo cuando cobraron un penal para el equipo contrario. A José Luis casi se le detuvo el corazón. Puteó y blasfemó a la pantalla del televisor desaforadamente. No había jueces de línea ni árbitros a los que no les haya dedicado unas palabras groseras. Mercedes lo miraba con clara desaprobación.

                En ese momento se escuchó un ruido extraño y se interrumpió la señal del cable. José Luis no podía creerlo.

                —¡Se tiene que cortar la transmisión justo ahora! —gritó casi encolerizado. Sabía que nada podía hacer. Esos cortes solían durar muy poco tiempo. Se paró y caminó de un lado al otro del living como un poseso.

                —Vas a dejar un surco para la siembra en medio del comedor, José Luis —le gritó Mercedes en tono burlón.

                —¡No es momento para chistes, mujer! ¡¿Sabes el fuego que me quema en este instante?!

                Tardó más de diez minutos en normalizarse el canal. José Luis estaba al borde de un ataque de furia. Quería saber el resultado del penal, la angustia lo carcomía. Cuando retomó el partido miró la pantalla, abrió los ojos y la boca hasta que el mentón casi le golpeó el pecho. Se leía claramente el resultado en la pantalla. Su equipo perdía dos a uno.

                —¡No sólo metieron el penal! ¡Nos metieron otro gol! —chilló tomándose la cabeza. Se acercó a la escalera y les gritó a sus hijos— ¡Chicos, perdemos! ¿Escucharon? ¡Estamos perdiendo!

                La casa seguía en silencio. Mercedes tejía sentada en el sillón con la mirada puesta en su aguja al crochet, concentrada en el conteo de los puntos. Los niños estaban en sus cuartos navegando en las redes sociales. Entonces anunciaron el final del partido con el fracaso convertido en realidad.

                José Luis dio una rápida ojeada a su alrededor, levantó las pocas cosas que quedaban en la mesa ratona y las llevó a la cocina para lavar mientras decía en voz baja:

                —No hay caso, este equipo no funciona.

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