FOKY Y LA MUERTE

                 FOKY Y LA MUERTE

 

                La ausencia total de viento hacía sospechar a todas las aves del campo. La noche era apacible. Imperaba la quietud.

                Los perros sintieron cambios en la composición del aire atmosférico. La mayoría de ellos huyó a toda velocidad con el rabo entre las patas.

                Solo Foky —un cusquito de no más de diez kilos, algo desgarbado, de unos once años de edad— vio a la Muerte atravesando la tranquera del campo. Le ladró hasta quedarse ronco. La muerte se detuvo, le dedicó una mirada inexpresiva y siguió caminando sin apuro, parsimoniosa, hacia la casa principal.

                Don Guzmán, «el abuelo», se hallaba con fiebres terribles desde hacía ya varias semanas. Ningún médico encontraba la solución. Le habían dado diferentes drogas que en un principio parecían funcionar, pero luego caían en un estrepitoso fracaso, y volvía a levantar temperatura en pocas horas. Se esperaba lo peor.

                —Ahora está en manos de Dios —le dijo el médico a toda la familia—. Realmente nunca vi algo así. No responde a ningún antibiótico, los he variado ya tres veces. Hicimos todo lo humanamente posible. Solo resta esperar.

                El casco de la estancia se encontraba sumido en un silencio sepulcral. No se levantaba la voz en ningún momento. Nadie osaba pasar corriendo o causar el menor ruido que pudiera molestar al abuelo en su agonía.

                Guzmán, el patrón de la estancia, era un hombre querido por su gente, pero de un carácter fuerte y controlador. Se hacía respetar con la mirada. Le bastó una sola orden para que reinara la paz cerca de la casa, nadie lo contradecía jamás.

                La Muerte se sentó en la mecedora de la galería y se puso a silbar su canción fúnebre, había tenido un fin de semana agotador. Estaba cansada de su tarea cotidiana.

                —Cada día nace más gente, por lo tanto, muere también. Mi trabajo se está volviendo tedioso —se quejó en voz baja.

                Foky llegó jadeando unos segundos después. Se subió a la mecedora, se sentó junto a la Muerte y la miró fijo y tenso. Esperó que ella girara la cabeza para observarlo. Entonces decidió preguntarle:

                —¿Qué hace por aquí? ¿Viene por el abuelo?

                —Veo que ya lo sabes —dijo la muerte con tono inquisidor.

                —He captado sus necromonas hace ya varias horas.      

                —Exacto, tiene cita conmigo al amanecer. Cuando me mandan a buscar a alguien ya no hay vuelta atrás.

                El viejo Foky se apenó hasta el extremo. Amaba tanto a ese anciano que lo había visto nacer. Le había curado las bicheras, le daba de comer siempre un trozo de carne cuando asaba en el fogón. Había pasado tantas horas en sus brazos que no podía tolerar la idea de su partida. Entonces recordó que, cuando era cachorro, un galgo viejo había solicitado a la Muerte un intercambio por la vieja Antonia, y la Muerte había aceptado.

                —Discúlpeme —Foki hablaba tranquilo, pero no podía evitar sentirse algo asustado—, señora Muerte. Tengo entendido que puedo brindarme a ir con usted en lugar del abuelo Guzmán. ¿Eso sigue vigente?

                La Muerte arqueó sus cejas, lo miró completamente sorprendida. Hacía muchos años que ningún can hacía este ofrecimiento.

                —¿Ese humano vale tanto la pena para semejante sacrificio? ¿Estás seguro? ¿Tú sabes lo que hay del otro lado?

                —La verdad, no lo sé. ¿Sería tan amable de decírmelo?

                —¡Oh! Hay una negrura inabarcable, una soledad infinita… Yo misma no lo sé aún. Solo me encargo de llevarlos a la entrada y a partir de ahí deben seguir solos. Una vez me asomé y el vértigo que me produjo casi me hace caer antes de mi hora.

                —¿En serio? ¿Usted también muere, Señora Muerte?

                —Todo lo que existe debe pasar por ello, querido. Todos entraremos por ahí tarde o temprano, incluyéndome a mí.

                A la Muerte ya le había caído bien ese perrito que se dirigía a ella con mucha educación y la trataba de «señora». Estaba cansada de escuchar obscenidades de parte de las personas cuando la veían llegar. Y más agobiante era soportar los lamentos de los que lloraban sus penurias en el corto trecho hasta la puerta de salida.

                La Muerte trató de hacer memoria y recordó que muy pocas veces la saludaban con ternura o le agradecían mínimamente sus servicios. Foky la sacó de sus pensamientos:

                —Quiero ocupar su lugar, señora Muerte. Lo he decidido. Lléveme a mí y dejemos que el viejo Guzmán disfrute un poco más a sus nietos.

                —¡Perfecto! —La Muerte se alegró de terminar su trabajo con anticipación—. ¡Vamos entonces! Que estoy algo cansada y mañana tengo un día muy ocupado.

                Al amanecer, en la casa, todo había cambiado. El abuelo se había curado milagrosamente y se había despertado famélico. Pedía a gritos un desayuno de huevos revueltos, fiambres, carne asada fría y hasta pidió una copa de vino. Todos los criados corrían de aquí para allá, cambiaban sábanas, cocinaban y cumplían los pedidos de los patrones, se respiraba una intensa algarabía en toda la estancia.

                —¡Se ha recuperado! —La alegría se contagiaba en cada rincón del campo.

                El patrón Guzmán prendió un cigarrillo al entrar al establo. Se bajó del caballo y comenzó a sacudirse el barro de las botas cuando llegó corriendo Pedrito:

                —¡Patrón! ¡Tengo una mala noticia! Encontramos al perrito Foky sobre la hamaca de la galería. Parecía dormido, acurrucado en un costado, pero está muerto.

                —¿Cuál? ¿Foky? ¿El pequeño? ¿Qué le pasó?

                —NI idea patrón, no era joven que digamos, pero estaba muy bien de salud. Era un perrito que todos los peones queríamos mucho. El abuelo se va a entristecer. Era su preferido.

                —Entiendo… ¡Llévatelo de ahí antes de que lo vean! —El patrón hizo un gesto despectivo con la mano, sacudiéndola hacia afuera—. Apúrense a preparar todo para el almuerzo. El abuelo se levantó curado por completo y yo quiero hacer una gran comilona. Invitaré a gente de los alrededores.

                —Pero… ¡patrón! Estamos muy consternados por Foky…

                —¡Lo único que me falta! ¡Estar apenados por eso! ¡Lo que importa es la recuperación del abuelo!

                —Por supuesto que sí, señor, pero…

                —¿Pero qué?

                —Solo denos un rato para llevarlo al cementerio de animales de la estancia, patrón, así podemos despedirnos de él.

                —Eso tomaría horas, Pedrito. No arruinen mi día de felicidad. Entierren a ese perro sin importancia en cualquier lado y no se les ocurra mostrarse tristes frente a la familia. ¡Hoy el abuelo venció a la muerte, es un día festivo y lo viviremos como Dios manda!

Comentarios

  1. Que maravillosa conjunción en mi cabeza entre recuerdos vividos y la fantasía del escrito!!!

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  2. Qué bueno Dari traer a Foki entre nosotros, ese perro que tuvo varias vidas. Qué hermoso cuento de charlas inimaginables entre Foki y la muerte. Seguramente te ladre en algunos crepúsculos. MMuy buen clima y de nuevo la muerte entre las palabras, pintada con tu virtuosismo.

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  3. Me ha encantado, yo también perdí un can :(

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