SILAMPA
Thomas
Mark fue, en su juventud, un muchacho risueño, divertido y muy animado. Los
años lo volvieron taciturno e irascible. Muchos aludían a su profesión:
limpiaba casas embrujadas.
Llegó
en su auto viejo y desgarbado a la localidad de Silampa. Un nuevo trabajo lo
traía con pocas ganas y con una sensación incómoda en el estómago, pero la
codicia siempre puede más que las intuiciones. La paga era tentadora.
—Hemos
probado de todo, señor Mar —dijo el intendente cuando se sentó frente a ese
hombre hosco, desalineado y con mal aliento—, hasta vino el arzobispo de
Santiago, nada pudo hacer…
—Mark,
mi apellido es Mark.
—¡Oh!
Si, claro, da igual.
—No da
igual. De todos modos, esto no es un tema que le incumba a la iglesia ni a las
religiones, si hay una infestación en esta casa no será fácil limpiarla después
de tanto tiempo. ¿Cuántos años dijo?
—Veinte
exactos, señor Mar. Cada solsticio de invierno desaparece una mujer en las
cercanías, desde hace veinte años. Tenemos, por lo tanto, veinte mujeres muertas. Hace
poco logramos atar cabos y deducir que en esa casa sucede la maldición.
Muchos alegan que han escuchado gritos provenientes de allí dentro. Es una casa
grande, antigua, desamueblada y muy apartada.
Thomas
Mark largó la carcajada mientras se prendía un cigarrillo de tabaco negro,
tosió sin taparse la boca en su primera bocanada, se recostó hacia atrás
estirando su espalda algo dolorida y se quedó pensando unos segundos. «Como todas…»
—Mañana
es el solsticio, entraré a esa casa y acabaré con el flagelo de este pueblo.
Pero debo aclararle algo, estoy convencido que eso que hay ahí adentro no es el
alma en pena de un humano ni nada parecido. El barón von Schrenk-Notzing ya ha
documentado casos como estos hace más de cien años. Estamos hablando de un
demonio, un devorador. Deberá duplicar la paga a mi regreso.
Thomas Mark se levantó de un salto, tiró el cigarrillo a medio fumar al piso, aún encendido. El intendente se quedó callado, con la respuesta atragantada.
Se alojó en el hotel de peor reputación del pueblo y se bebió dos botellas de vino barato. Esa noche no soñó, nunca soñaba la noche anterior al trabajo. Trató de recordar cuándo fue la última vez que vio una casa así. No pudo.
Al día
siguiente preparó sus pertrechos y llegó temprano, después del amanecer. Recorrió los
jardines inertes que rodeaban la casa. Miró el mal estado de las paredes,
vidrios rotos, tejas tiradas en el suelo. Hacía muchos años que nadie se
animaba a acercarse por allí. «Veinte mujeres es mucho… tengo que detenerte»
Entró
sin preámbulos. Se encontró con una vieja casa de madera, con tres pisos, dos
niveles de sótanos, dos altillos y una amplia sala de estar. Se parecía mucho a una
casa abandonada en la que jugaba cuando era pequeño. Había telarañas por
doquier, algunos enseres desparramados por el suelo y piedras que algunos niños
traviesos arrojaron desde el exterior, solo para romper los cristales.
Le
pareció escuchar un grito ahogado de una mujer y luego unas súplicas. «¿Tan
pronto?» pensó, y decidió sacar de su mochila su instrumental. Mark sabía bien
que en esas casas embrujadas quedan grabadas las penas, angustias y agonías
de la gente que pierde la vida en situaciones horrendas. Luego, se reproducen
de una forma macabra y siniestra. Los hombres todavía no podemos interpretar
estas cosas con claridad.
De
pronto se dio cuenta de que estaba caminando hacía mucho tiempo. No podía ser. Ya
debería haber atravesado la casa de punta a punta. Advirtió que algo extraño sucedía
con el espacio y el tiempo allí dentro. «¡Oh, mierda, hoy sí que tengo un
contrincante que vale la pena!». Siguió caminando con sus armas preparadas
cuando vio por el rabillo del ojo que ya era de noche. «Puta madre, debería ser
de mañana aún…»
Abrió
la puerta de una habitación con cautela, el sonido del chirrido de las bisagras
se le hizo terrorífico y doloroso. Se frenó en seco al ver un montón de mujeres
con caras demacradas por el sufrimiento. Un tormento paranormal tenía lugar
cotidianamente en esa casa. Un ser horrible, no humano, se encontraba en el centro
de la habitación y preparaba algún tipo de ungüento.
—¡Te
encontré, maldito engendro del infierno! —le gritó Mark. Sin dudarlo, disparó
una bala de sal hacia su oponente—. ¡Vengo a detenerte!
El tiro
dio en el blanco, pero no causó daño alguno. El ser espectral se giró de golpe.
Mark vio de cerca que no tenía ojos ni nariz, ni siquiera podía considerarse que tuviera un rostro.
—Has
venido a mi casa y por cuenta propia. ¿Cómo crees que harás eso?
—Pues
no te dejaré matar una sola mujer más. Encontrarás tu fin en mis manos.
El demonio,
esbozando una especie de sonrisa, respondió:
—Estos
humanos jamás entienden nada. El que ya ha muerto hoy en esta casa… eres tú.
Hoy comienzo a juntar los veinte varones que necesito para completar mi
experimento.
Que final, digno de todo el relato.
ResponderBorrar✔️
jajaja sorpresivo tal vez
Borrarmuy bueno, quiero más. Ese suspenso con final inesperado. Buenísimo
ResponderBorrarTe gusta lo negro... jaja
Borrar