SOLO UN HASTA LUEGO

                SOLO UN HASTA LUEGO

 

                Conocí a Juan en los años noventa en el Refugio viejo del Tronador. Su pasión por la montaña no tenía límites. Nos hicimos amigos en la segunda copa de vino. Cuando no escalábamos por trabajo lo hacíamos por diversión. Jamás una discusión o un malentendido nos separó en la lucha con el mundo vertical.

                Nos hicimos hermanos atados cada uno en un extremo de la cuerda, ese cordón umbilical que nos ayuda a trepar tranquilos porque sabemos que, ante cualquier caída, nuestro compañero nos sujetará. ¿Qué más podría ser un amigo de este tipo que un «yo mismo» en otro cuerpo?

                Su primera hazaña fue sacarme de una grieta en el Ventisquero del Manso. Sabemos que la profundidad de estos glaciares tiene un promedio de setenta y cinco metros, pero en algunas partes puede llegar a los doscientos cuarenta. Yo no podía calcular la distancia que había desde mis pies —que colgaban sobre el abismo— hasta el fondo azulado que vislumbraba. Mis manos casi congeladas apenas podían moverse. Traté de clavar mis piquetas en la pared para no seguir cayendo. Escuché la voz tranquila de Juan que gritó desde el labio superior de la grieta: «¿Estás bien, boludo?». Ante mi respuesta afirmativa llegó la carcajada limpia y reconfortante. Escucharlo silbar, tararear y reírse de la situación hizo que mi corazón dejara de galopar alocadamente y confiara en su habilidad para sacarme del apuro.

                Tenía problemas con las mujeres, ninguna lo convencía. Yo solía decirle que era porque no encontraba la mujer perfecta. Siempre me respondía que primero debía ser perfecto él para poder encontrar una mujer así.

                Dicen que era muy joven para irse de este mundo, pero… ¿quién puede afirmar eso con total exactitud? Juan era un anciano sabio en un cuerpo de pibe, un ser completo que recorrió su camino de principio a fin, un guerrero de la humanidad que siempre llevaba alto el estandarte de la alegría.

                Cantaba a menudo mientras caminábamos por crestas, aristas y terrenos escarpados, mezcla de Louis Armstrong y Frank Sinatra. Su inglés era tan absurdo como pegadizo. Jamás pude evitar reírme de sus entonaciones. Por lo general, la noche nos encontraba cantando abrazados, tropezando entre las rocas como si estuviéramos borrachos en el bar del pueblo.

                Su mayor fracaso lo compartió conmigo en ese frustrado ascenso invernal que hirió parcialmente mi abductor izquierdo y la totalidad de su ego. Porque Juan tenía ese enorme defecto, solía vanagloriarse de las proezas que realizábamos juntos y, además, se enojaba de mi falsa humildad cuando yo decía: «solo hemos trepado una montaña más».

                Juan era mi faro, mi compañero, mi guía.

                Nunca confesó su mayor miedo, pero yo lo conocía muy bien. La rutina era nuestro peor adversario, esa que se teje en un cómodo sillón, en el living de una casa, frente al televisor. Juan no podía recorrer el mismo sendero dos veces. Debíamos intentar por otro lado y, en lo posible, más difícil y arriesgado.

                Dicen que Juan se ha ido. Yo digo que se ha fundido con el entorno, como la nieve cuando se derrite en primavera, alimenta bosques y mallines.

                Dicen que Juan ha desaparecido. Yo digo que ha descubierto lo que aún no podemos ver, porque es más grande y más alto que nosotros.

                No lamento su pérdida, me alegro tanto de habernos encontrado.

                Él está simplemente escalando…



Comentarios

  1. Hermoso, esa gente que parece de otra época y para uno. Me encantó "él está simplemente escalando" y cada tanto lo debés escuchar.
    Cuando la tinta se vuelve salada

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