EL MAGO DEL ESTANQUE


                EL MAGO DEL ESTANQUE

            La Catalina [i] me miró largo y tendido. Sus ojos pintarrajeados [ii] de morado y negro me daban escalofríos. Un pañuelo de colores —muy desordenado— envolvía su cabeza; estaba tan gastado como mis intentos de ser feliz. Giró la carta con sus dedos huesudos. Una «Y» enorme, oscura y deformada apareció en ella. La colocó en el centro de su mesa redonda y me dijo:

            —Estás aquí. —Marcó con su dedo índice la bifurcación de la Y—. Veremos pa’ [iii] donde te marcan los naipes…

            Puso una carta sin descubrir en cada costado de la Y. Luego las adelantó muy despacio y las dejó a la altura de mis manos. Me volvió a mirar. Gotas frías de sudor reptaban por mi cuello. Yo ya sabía que la Catalina manejaba muy bien la tensión dramática. Ayudaba mucho su voz arenosa, como si hiciera gárgaras con tachuelas. Las velas —chorreadas de sebo por doquier— y los inciensos extraños que me rodeaban olían a toro recién cuereado.[iv] Una música repetitiva y cadenciosa, proveniente de un viejo tocadiscos, me trasportaba[v] febrilmente a otra dimensión.

            —Seguís maldito —me dijo—, todavía caminás sin sombra.[vi]

            Yo la miré callado. Tal vez puse cara de asco cuando vi su sonrisa desdentada, apenas asomaba un canino en el lado derecho de su boca. «Brujas eran las de antes. Esto es puro teatro».

            —¿Por qué pensás que te miento, idiota? Jamás dije una mentira en mi puta vida. —Largó una carcajada diabólica al ver mi cara de pollito mojado. «¿De verdad sabe lo que pienso?». Volvió a mirarme fijo, me pareció que asentía.

            Giró la carta del lado derecho y apareció una «parca», típica imagen de la muerte vestida de negro con la hoz en sus manos. Se puso extremadamente seria.

            —¡Carajo! De un lado te espera la noche. —Abrí mis ojos, aterrorizado. Sin darme tiempo a decir algo, giró la otra carta—. Del otro lado… ¡Ja! ¡Lo sabía! ¡El Mago del estanque!

            Mi sorpresa fue total.

            —¿Y eso? —dije con voz de niño llorón. Me acomodé en la silla de madera, hice crujir los huesos de mi espalda.

            —¡Que se te acabó el tiempo, pendejo! [vii]—me gritó en la cara. Estás justo en la encrucijada: o te vas con la parca o el mago del estanque te endereza la vida. Tenés que jugartelá.

            —Pero… eso es una leyenda… infantil… antigua… ¿De verdad cree que yo subiré la Montaña de los Miedos y bajaré del otro lado buscando un estanque en medio de un bosque? Eso no existe…

            —Encuentra el estanque y encontrarás al Mago.

            Me fui enojado, puteando otra vez a la vida. «¡La abuela tenía razón! ¡Gasté mis últimos pesos en esta vieja loca! ¡Ni en pedo[viii] voy a subir!»

 

            Me encaminé muy temprano hacia la Montaña de los Miedos. Hacía muchos años que nadie se aventuraba por allí.  Corrían demasiadas anécdotas oscuras que asustaban a pobladores y excursionistas. Yo sabía que se tardaba, por lo menos, una semana en llegar al Valle Escondido donde, en teoría, se encontraba dicho estanque. Debía hacer cumbre primero y descender por el otro lado. Nunca supe de nadie que lo hubiera logrado, excepto en las leyendas que contaban los viejos cuando se juntaban en el bar. Pero… ¿qué otra cosa hacía un anciano embustero de este pueblo perdido más que contar historias viejas y deshilachadas?

            No sabía con claridad para qué iba. Llevé comida para catorce días. La mochila pesaba horrores.[ix]  Comencé a subir lentamente, mis treinta inviernos ya me pesaban en los huesos.

            Atravesé desfiladeros escarpados, aristas muy angostas, promontorios enormes. Caminé dolorosamente sobre pendientes muy fatigosas. Resbalé con el musgo de piedras bochas[x] dos veces. En la segunda casi me esguincé. Dormí en pequeños hoyos o directamente sobre lajas,[xi] haciéndome una pirca alrededor con piedras pequeñas para sentirme algo protegido[xii]. Mi techo fue un cielo estrellado como nunca vi. Mi baño estuvo en cada pequeño arbusto que crecía retorcido y achaparrado. El camino olía a hierbas frescas. Me gustaba masticar las partes tiernas de las hojas de los renovales. Su sabia era algo amarga, como el destino.

            Acariciaba el anillo de oro que llevaba en mi dedo meñique. Mi abuela me lo había dado una Navidad, justo a la medianoche. Así lo había recibido de su madre. Nos protegía de espíritus malignos y, además, era el único objeto de valor que tuvo la familia por generaciones. En caso de extrema necesidad podíamos empeñarlo. La abuela me contó que, cuando murió el padre de su madre, el viejo se levantó unos segundos del cajón —en su propio velorio— para dejarle el anillo a una de las lloronas[xiii], lo habían dejado puesto en su mano y no podía llevárselo a la tumba con él.

            Luego de siete días llegué al Bosque de los Murmullos en el Valle Escondido. No encontré nada allí. Me sentí un imbécil. Me lo venía diciendo una y otra vez en los últimos tres días. «Le seguí el juego a una vieja lunática que solo me sacó dinero».

 

            —¿Te mataste toda la semana en el aserradero y pensás gastar lo poco que tenés en esa chiflada?

            —Todos saben en el pueblo que la Catalina está loca, es verdad. ¿Qué más puedo hacer? No tengo salida. Mi vida es un laberinto.

            La vida de todos es un laberinto. —La abuela caminaba tomándose la espalda. Sus consejos eran siempre oportunos, pero con la Catalina tenía pica.[xiv] En el pueblo comentaban que habían sido íntimas amigas en la infancia, pero la abuela se volvió muy católica y no toleraba las ridiculeces paganas.

            —Ya está. Iré a ver a la Catalina, abuela. Pensá lo que quieras. Muchos conocidos siguieron el curso de sus cartas y la pegaron…[xv] ¿por qué a mí no me va a salir bien?

 

            No encontré nada en ese bosque perdido para el mundo de los humanos. Árboles gigantes dominaban el entorno. Un pequeño arroyo que corría serpenteante alimentaba una variada gama de plantas pequeñas y arbustos de mediano tamaño, todos de diferentes formas y colores. Sentí la presencia de numerosos animalitos que, evidentemente, huían de mi aroma y mis pisadas ruidosas. «Yo también huiría de mi olor», llevaba una semana sin asearme.

            A veces dudaba, ¿me había perdido o caminaba en círculos? Yo me consideraba un buen senderista, siempre tuve claro que mi habilidad no consistía en dar pasos rápidos y grandes, si no en hacerlos siempre en el rumbo correcto. Pero esta vez, quizás, mis pasos iban tan torcidos como mi vida.

            Decidí darme otra oportunidad. «Buscaré por dos jornadas completas, si no lo encuentro al amanecer del tercer día me vuelvo». Solo seguía el mapa de mi soledad. Por la tarde, cuando los rayos del sol atravesaban la arboleda, espiaba de costado para ver si aunque sea de refilón[xvi] podía encontrar mi sombra.

 

            Vi por la ventana a la abuela. Venía bajando la cuesta, cargada como una mula terca. Traía verduras y algo de carne para el almuerzo. Pensé en levantarme de la cama para ayudarla. No pude. Quería llorar, no sabía cómo. De chico me enseñaron que los hombres jamás lloran. Mi vida era un desastre, pero no más que la vida de todos en este pueblo. Cuando se acabó el mineral que sacaban de la mina no quedó nada para hacer. Los jóvenes se iban para no volver. Los viejos deseaban morirse, sin embargo, la muerte era esquiva y les tardaba en llegar. Yo me quedé, nunca supe para qué.

            —Levantate a comer —me dijo la abuela. Escuché su voz débil y agitada. «Los años la están consumiendo a las chapas».[xvii]

            Sin decir una sola palabra me levanté, me vestí, me lavé la cara en el pozo de agua del fondo y finalmente me senté a la mesa.

            Comimos en silencio. Luego disparé:

            —¿Qué te parece, abuela, si me voy a lo de la Catalina? Ya está claro que no logro salir de esto por mi cuenta. Quizás estoy engualichado[xviii], los pibes dicen que lo que me pasa es que estoy deprimido, aunque no sé qué significa eso.

 

            Me senté a evaluar mis posibilidades: seguir buscando el estanque o regresar con las manos vacías.

            En la mochila aún me quedaban empanadas de carne que la abuela me había preparado con esos detalles que tanto me gustaban. Primero cocinó la carne —trozada a cuchillo en cuadraditos chicos— a fuego lento. Luego derritió la misma grasa de la carne y allí cocinó las cebollas hasta que se volvieron casi transparentes. Añadió pimientos, morrones y zanahorias, todo bien picado. Hizo el repulgue de forma habitual, las pintó con huevo batido y, finalmente, las cocinó en el horno de barro, a pura leña. Me gustaba masticarlas lentamente, como si al triturarlas se reprodujeran dentro de mi boca. En un descuido me mordí la lengua, tan fuerte que sangró, me di cuenta por el sabor metálico entre los dientes, aunque en realidad me sabía a veneno. «¿Qué será lo que corre por mis venas?».

            Al tercer día asumí que mi búsqueda era inútil. Decidí regresar. Tenía comida para cuatro jornadas más, pero debía caminar el doble de tiempo. Sabía que con esfuerzo llegaría a casa, iba a doler el camino y el racionamiento de los víveres. Me sentí el hombre más tonto de la historia.

            Inicié mi regreso. Pasaron apenas unos minutos cuando vi en el horizonte un cedro azul. «Creo que nunca vi árboles de esa especie por acá». Me picó la curiosidad y me acerqué sigilosamente. Tardé unas horas en llegar a ese filo[xix]. El paisaje cambió de un modo abrupto. Llegué a la zona del cedro azul y me quedé absorto. Crucé un puente de madera barnizada. Largas trepadoras se enroscaban en sus barandas como serpientes al acecho. Los haces de luz del atardecer me guiaban, marcaban sobre el suelo cada paso que debía dar. Levanté mi mirada y… lo vi: ¡El estanque! ¡Era cierto…!

            «Encuentra el estanque y encontrarás al Mago».

            Caminé con el corazón al galope, amenazaba salirse de mi pecho. Observé una pequeña cavidad de agua natural extremadamente bella, rodeada de piedras distribuidas muy prolijas, claramente por una persona que tenía buen gusto. Pequeñas plantas con flores adornaban sus puntos cardinales. «Era verdad... El Mago…»

            Unas lágrimas de felicidad recorrían mis mejillas. No podía creer mi buena estrella. El Mago del Estanque era real. Mi vida estaba a punto de cambiar y, gracias a la magia, encausarse de una vez por todas.

            Tiré la mochila a un costado, impulsado por los nervios y la ilusión. Me senté en el borde y grité: —¡Aquí estoy, Mago! ¡Lo encontré!

            Solo percibí un silencio profundo. No quise decepcionarme. Esperé. Nunca obtuve la virtud de la paciencia. Pasaron varias horas que se tornaron eternas. Nada sucedió.

            Entonces me puse a llorar, reventé de bronca y desilusión. «¿Será una trampa para adolescentes? Es verdad que existe el estanque, lo estoy viendo, pero el mago no».

            Me miré en el agua. Mis ojos rojos de llanto, mi cara demacrada y triste. «Esto es lo que soy, un hombre sin sombra».

            —¿Cómo pude ser tan tonto? —le grité al atardecer que comenzaba a teñir de rojo y anaranjado todo alrededor.

            Me lavé la cara, mis lágrimas se mezclaron con las gotas que caían por las mejillas. «Por lo menos nadie tendrá que presenciar esta humillación». Entonces… ¡se me cayó el anillo en el estanque! Inmediatamente metí ambas manos y comencé a tocar el suelo fangoso para encontrarlo, el agua se enturbió de tal manera que no se podía distinguir nada. Usé toda la palma de la mano, suavemente, para ubicarlo en el fondo, casi desesperado. Sabía que si se enterraba demasiado quedaría perdido para siempre. Fracasé. Mi enojo se volvió extremo.

            —¡Encima pierdo lo poco que tengo de valor! ¿Dónde está ese mago cuando uno realmente lo necesita? Reí demencialmente, mezcla de irritación y de tristeza. «¡Dejá de mentirte! ¡El maldito mago jamás existió!».

            Saqué las manos y me agarré la cabeza. Traté de serenarme. «Mi mente es como este estanque: pequeño, turbio y podrido. Esto es lo que soy, un perdedor sin sombra».

 

            La noche de cartas con los muchachos fue larga y aburrida, como todas las noches. Habíamos consumido demasiado vino barato, del que sabemos que hace doler la cabeza. Siempre los mismos temas, las mismas ideas, las mismas quejas.

            Yo quería fumar algo antes de volver a casa, sabía que por la mañana la abuela me daría lata[xx], me quería enderezar con trabajo. «Pero el problema no es trabajar, el problema es no saber quién soy ni qué hago acá».

            —¿Tienen algo para la risa? —les pregunté antes del amanecer.

            —No queda nada. Igual dejá de joder que ya es tarde. Vamono’a dormir.[xxi]

 

            Me quedé callado. Me costó mucho calmarme. Pude percibir en detalle cómo el agua del estanque se detenía y se serenaba. El silencio fue llenando los huecos de mi alma y, como un soplo de libertad, mi mente dejó de hablar. Perdí la noción del tiempo. Pudieron pasar minutos, horas, días. Sentí paz por primera vez. El bosque estalló en colores dulces y el aire se llenó de aromas tornasolados. Un zorzal completamente negro sobrevoló mi posición y me hizo una reverencia. Vi trabajar a las hormigas de forma metódica, paciente y esforzada. Sentí una profunda conexión con todo lo que me rodeaba.

            Miré el estanque, mi mente en blanco, el agua en calma. Vi brillar el anillo en el fondo, al lado de una piedra, muy cerca del borde. Metí suavemente la mano y lo recuperé.

            Mi mente era como el agua del estanque, si estaba quieta podía visualizar todo su contenido. Mis creencias, mis apegos, mi forma de pensar y sentir se derrumbaron como un juego de dominó. Entonces comprendí todo, absolutamente todo.

            «Encuentra el estanque y encontrarás al Mago».

            El pensamiento siempre es limitado, está amarrado al tiempo. No puede resolver los conflictos que él mismo ha creado. Genera dolor con sus múltiples ilusiones, nos lleva al pasado o al futuro, y nos saca de nuestro verdadero momento. La vida solo consume nuestro tiempo.

            Volví a mirarme en el agua serena y transparente del estanque. Mi rostro sonreía. La vieja Catalina era tan sabia como su locura.

            Todo es posible de ahora en adelante…  «¿Tuve que ir tan lejos para encontrarme acá?».

 



[i] La Catalina. Artículo delante de nombre propio. Usado frecuentemente en el habla popular/coloquial.

[ii] Pintarrajeados. Mal pintados. Pintados exageradamente.

[iii] Pa’. Prepodsición. Forma abreviada de “para”. Uso: coloquial, informal. Por escrito, se emplea para indicar oralidad..

[iv] Cuereado. Desollar un vacuno para sacarle la piel (cuero).

[v] Trasportar. Transportar.

[vi] Caminar sin sombra. Persona que pierde su alma, muerto en vida.

[vii] Pendejo. Joven o niño tinto.

[viii] Ni en pedo. Ni borracho.

[ix] Pesaba horrores. Pesaba mucho, demasiado.

[x] Piedras bochas. Piedras ovaladas, casi redondas, resbaladizas, muy comunes en la zona.

[xi] Lajas. Piedras finas y chatas. Comunes en pedreros.

[xii] Pirca. Pared de piedras que se construye de modo efímero para pasar la noche o para marcar el camino.

[xiii] Lloronas. Mujeres contratadas especialmente para llorar en los velatorios.

[xiv]Tenía pica. Competía.

[xv]La pegaron. Encontraron la solución. Expresión similar a “dieron en el clavo”.

[xvi] De refilón. De soslayo.

[xvii] A las chapas. A toda velocidad.

[xviii] Engualichado. Afectado por un maleficio.

[xix] Filo. Cresta de la montaña que mantiene una misma altura.

[xx] Daría lata. Daría un sermón aburrido.

[xxi] Vamono’a dormir. Vámonos a dormir.

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