Verano de 2013
Para Carlos,
a los 46 años de habernos conocido, un 23/01/1967
Como
algo totalmente inusual en mis costumbres horarias, no obedeciendo las horas
tardías de esa noche tan fría, salí de la habitación del hotel en el que me
encontraba, acompañada de mi clásico termo, mate y galletitas sin sal, mucha
ropa de abrigo , y me encaminé hacia esa maravillosa playa marplatense, en el
Torreón, cuando no había prácticamente ninguna persona, por lo tarde que era.
Me senté
en una roca, alta y dura, desde donde te pude contemplar, agitado, revoltoso,
impetuoso, golpeando la roca donde yo estaba, sin parar, con vehemencia que,
hasta me parecía, debía dolerte fuerte.
Me
envolví en la frazada que había llevado y comencé a tomar el mate bien
calentito, mientras vos seguías golpeando fuerte la roca donde yo me encontraba
y, por momentos, me salpicabas, mojándome, y comencé a cuestionarte.
¡¡Hubo
tantos silencios en tus últimos años, que me quedé sin respuestas necesarias a
un montón de preguntas!!.
Viéndote
chocar contra esa piedra te pregunté si así fue ese último tiempo, en el que te
oscureciste, como era esa noche, ahí sentada frente a vos, y caíste en un
abismo contra el cual no tenías forma de salir.
¿Cómo
fue que cambiaste tanto y dejaste de ser seguro, tranquilo, sosegado, como eras
cuando te conocí? ¿Por qué te envolvías en mentiras, que no te conducían a
ningún puerto seguro? ¿Por qué situaciones económicas te hicieron golpearte
contra la vida, como en esa noche lo hacías contra la roca?
Me
salpicabas cada vez más y yo comencé a molestarme, porque hacía frío, y me
acurrucaba dentro de la calentita frazada, siguiendo cuestionándote actitudes
que no pude entender en esos años hasta que caí en un enojo del cual no salí hasta
que un golpe fuerte, como en esa noche fría enfrentabas a la roca, me condujo a
maldecir mi enojo, pidiendo un perdón que nunca te llegaría.
Pasaban
esas horas en la playa, y yo trataba que no se me acabara el agua del termo.
Pero parecía que, mágicamente, se llenaba más y no se acababa.
Comencé
a notar que el tiempo pasaba, casi sin yo darme cuenta.
Ya no me
molestaba que me salpicaras; por el contrario, me preocupaba que vos no te
lastimaras, pues la roca era muy resistente y contra ella no hubieras podido
romper la armonía de su tamaño, su color y su resistencia.
Comenzaste
a declinar en tu intento de golpearte fuerte, y ese silencio me iba llevando a
querer cerrar los ojos, recordando momentos buenos vividos. Así fue que yo
notaba que me iba quedando dormida, envuelta aún más en la frazada, sintiendo
desde lejos esa hermosa canción de Los Nocheros “Entre la tierra y el cielo”,
que yo la hice nuestra, muy íntimamente nuestra, y sentía cerca de mí a
nuestros hijos, en los cuales, cada vez más, veo alguna característica tuya muy
peculiar.
Te veo
en la imagen tan paternal de Cristián, siempre tratando de darle a sus hijos lo
que necesitan y lo que desean, como hacías vos, que tantas veces me enojaba por
el gasto que hacías y me contestabas: “a los chicos les gusta”.
Te veo
en la personalidad carismática tan evidente de Darío, con su presencia firme y
llena de dominio, como eras vos cuando íbamos al club Barracas y tu presencia
era necesaria para que organizases el tenis, esperando todos al “gordo”, como
te llamaban.
Te veo
en la simpatía y en la comicidad de Diego, siendo centro de todas las fiestas
familiares, que son distintas si él no está, como eras vos que siempre
alegrabas las reuniones con chistes y una fuerte algarabía que nadie dejaba de
festejar.
Te veo
en los silencios de Judith, que levanta un muro de contención para no escuchar
preguntas que no quiere responder, cayendo en un absoluto silencio, como hacías
vos, cuando te molestaba que los demás “se metieran en tu vida”, como decías
siempre.
Así,
acompañados por los cuatro, me quedé dormida, sintiendo cada tanto la música
desde lejos y arropada en el calor del abrigo que llevaba, sin sentir tu
golpeteo en la roca.
Cuando
desperté era de día. Un sol fuerte iluminaba tu oleaje, que ya era sereno y suave.
Me di
cuenta que yo ya no estaba en la roca, sino compartiendo tus cálidas aguas,
pero ahora escuchando muy fuerte esa música nuestra de Los Nocheros.
Miré
alrededor y noté que sobre la roca seguía el termo y el mate, como esperando
que alguno de los nuestros continuase cebando en el tiempo.
Me
sentía segura, feliz y alegre, viéndote tranquilo, y que tus aguas no se
golpearan más.
El sol ya empezaba a calentar la playa y,
desde el agua vimos juntos, vos y yo, en esas cálidas arenas, unos rostros alegres
y llenos de vida, compartiendo juegos, comidas, risas y felicidad.
Cuando
los reconocí, me enorgullecí que estuviesen ahí, frente a nosotros,
saludándonos con gestos muy cariñosos.
Eran
nuestros nietos, a quienes, lamentablemente, nunca llegaste a conocer.
María del Carmen Perez Crespo


Es como si la estuviera viendo. Hermoso recuerdo, bellamente escrito y con detalles que casi se huelen.
ResponderBorrarEs parte de nuestra historia
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