EL BUITRE DIAZ

EL BUITRE DIAZ

 

—Te dicen «el buitre» por corretear mujeres en tu juventud, ¿no? —dijo el milico, casi en un susurro—. Seguro que sí. —Se quedó quieto y le clavó una mirada burlona a cinco centímetros de su cara.

            —No, es por mi nariz aguileña —mintió el buitre, y largó una carcajada estrepitosa, escupiendo sangre y mocos.

            El milico dio dos pasos hacia atrás, tomó impulso y le propinó un nuevo puñetazo. Le fracturó el tabique de la nariz hacia la izquierda. El buitre cayó al piso, atado en su silla, con un agudo dolor en la cara y una punzada en el costado. «Eso dolió más que la operación de la rodilla». —Y trató de pensar en otra cosa.

            —Esto puede acabar rápido —murmuró el milico—. Solo confesá para la cámara y no te liquidamos. ¿La mataste vos o la mató ese amiguito tuyo del sur? ¿Cómo es que se llama?

            —Nahuelito —balbuceó el buitre, y volvió a reír demencialmente, atragantándose con su propia sangre.

            —¡Mierda! —gritó el milico. Le volvió a pegar en la nariz con tanta fuerza que lo desmayó en el acto. Salió de la habitación, se prendió un cigarrillo y le ordenó al flaquito de anteojos que trabajaba con la computadora:

            —Buscá a todos los que se llamen Nahuel en la Patagonia, quizás tenga algo que ver.

            Luego se fue con prisa, maldiciendo su fracaso en el interrogatorio.

 

El buitre abrió los ojos con extrema lentitud, notó que seguía atado en la silla y que le dolía todo el cuerpo. Trató de saber qué día era, pero se sentía aletargado; sabía que la paliza que le dieron había sido feroz. Intentó concentrarse en recuerdos bellos para no sucumbir a la terrible realidad.

Rememoró, entonces, cuánto le dolía la cabeza cuando estuvo en Potosí con su compañero. Reía solo, para adentro, sin mover los labios agarrotados. Recordó que, al entrar en las minas del Cerro Rico, el torpe de su amigo se magulló la frente contra una piedra. Eso acrecentó intensamente el dolor de cabeza que sentía por la altitud. Luego del golpe, se acercó y le susurró al oído:

—Tengo a los «Cometas de Boedo» adentro de la cabeza.

Por momentos perdió la conciencia o simplemente se durmió; no podía constatar la diferencia. Sabía que su vida pendía de un hilo y eligió aferrarse a sus recuerdos, a sus buenos momentos, a su gente, a sus viajes.

Miró su remera de Ecuador toda manchada de sangre. «Esta vez no la podré dejar como nueva». Una risotada le provocó tos y náuseas; y no pudo hacer más que seguir riendo a carcajadas, como un desquiciado.

La luz se volvió a encender y lo interrogaron dos horas más. Esta vez, estuvo a cargo «el bueno», le habló con serenidad, ternura y empatía. El buitre sabía profundamente que no debía dejarse seducir. «No es más que otra técnica» se repitió una y otra vez, como un mantra interminable.

No pudieron doblegarlo. El buitre no habló. Tomó su decisión final. Sabía que, si su destino era morir en esa silla, secuestrado, interrogado y golpeado, lo haría con honor. Jamás confesaría, jamás.

 

Despertó a los pocos días en un sanatorio zonal, a cientos de kilómetros. Logró ver —apenas— por una ventana abierta unas sierras a la distancia. Se le vino a la mente su Córdoba querida. Supuso que estaba allí o simplemente lo deseó. No podía abrir los ojos en su totalidad, todavía la hinchazón era muy grande. Movió lentamente sus manos y pies para cerciorarse que tenía todas las partes del cuerpo en su lugar. Agradeció silenciosamente el dolor que sentía porque eso le confirmaba que seguía completo. «¡Pero más entero está mi espíritu!».

—¿Te despertaste, buitre? —escuchó que le preguntaban en un tono casi imperceptible.

El buitre abrió los ojos lo máximo que pudo y descubrió que, efectivamente, estaba en un hospital. Su amigo entrañable estaba en la cama de al lado, tan golpeado como él, y enyesado en dos de sus miembros. No podía creer lo que veía, pero la voz de su amigo —de gárgaras con tachuelas— era inconfundible.

—¡Hijo de un vagón lleno de putas! —logró decir el buitre, mientras se estiraba para tomar la mano tendida de su compañero que esbozó algo parecido a una sonrisa, los cortes y moretones en su cara no lo dejaban hacerlo sin dolor. Lo miró socarronamente y respondió:

—Dicen que la mataste vos… o que la maté yo… Lo que nunca les diremos es que no está muerta, que jamás lo estará. Porque la Amistad verdadera nunca va a morir, no puede...

Comentarios

  1. Recuerdos dolorosos que, me temo, seguirán repitiéndose ad aeternum...
    "Uomo lupo dell'uomo" dicen los italianos. Creo, más bien, que este mundo no fue creado por un dios de bondad, precisamente y quizás por eso oramos pidiendo al cielo otro creador que enmiende el desorden establecido por el que nos tocó. Jaime Bergamin Leighton

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  2. Es muy difícil ser cuentista y lo lograste primo. La descripción de las sensaciones, recuerdos unidos a dolores físicos. Una sensación de agonía que duele en el alma. Ejemplo de cuento. muy bueno

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