MI BARRIO

                   MI BARRIO

 

«Dicen que yo me fui de mi barrio…

¿Cuándo? pero… ¿cuándo?

Si siempre estoy llegando…»

Aníbal Troilo

 

            Un bosque tupido se cierne sobre mi cabeza.

            El continuo vaivén de las ramas —mecidas por el viento— se asemeja a marineros abrazados en altamar, cantando desafinados, ayudados por el alcohol.

            Coihues centenarios resisten el inexorable paso del tiempo. Sus vidas transcurren lentamente, atestiguando cada estación del año, cíclica, repetitiva, constante.

            Álgidas corrientes de aire atraviesan el follaje haciendo tiritar a los pichones en sus nidos. Sus padres vendrán pronto a traerles su alimento.

            Pájaros carpinteros, lechuzas, chimangos, cotorras, zorzales y otras aves recorren cada rincón aéreo de nuestra arboleda.

            Por el suelo, las liebres, los monitos de monte y algún ratoncito oliváceo corretean de noche construyendo sus vidas a contra reloj de la nuestra.

            Pero lo más interesante y misterioso ocurre debajo del suelo, las raíces se estiran y se van juntando como manos unidas por un objetivo en común: sostienen la tierra.

            Los musgos retienen el agua necesaria para crear nueva vida a millares de descomponedores que se ocupan de reciclar la historia. Apenas cae un árbol o un trozo de él, comienzan el gran trabajo de reconstruir.

            Los líquenes cuelgan de las ramas aseverando que el aire es puro.

            Los hongos aparecen en las fechas indicadas y en los lugares designados.

            Lo más sorprendente son los micelios: hacen el trabajo neuronal. Son la gran red de los alrededores. Conectan a todos los seres vivos y avisan cuando surge algún inconveniente. Si un árbol cae, el resto le suministra los nutrientes que necesita para seguir viviendo. Los micelios se encargan de transportar toda esa información.

            En primavera, reverdece todo alrededor. Los nuevos brotes se ven más claros, tiernos. Sirven de alimento a numerosas aves. Los aromas se tornan intensos, relajantes.

            El verano se torna fresco, agradable. El bosque regula la intensidad del calor y protege a los renovales para que no sean quemados por el astro rey.

            Llega el otoño. El amarillo y rojo se hacen presente. Algunas hojas caen sobre el techado, pero la mayoría se mantienen verdes todo el año.

            El invierno es hermoso, pero difícil. Un manto blanco cubre casi todo el suelo. El silencio se vuelve penetrante. Todo se dispone a morir solamente para recordarnos que el ciclo volverá a empezar una vez más.

 

            Yo soy el «nuevo» en el bosque, fui el último en llegar. Camino por sus senderos hace solo dos décadas. Les ha costado a todos acostumbrarse a mí.

            Construí mi cabaña en un claro, sin sacar un solo árbol. Fui clavando madera por madera, adaptándome, aprendiendo. Mis horas fueron transformándose, cambié de ritmo, de intereses, de ideas, de creencias…

            Lo extremadamente entrañable es la falta de sol directo. Allí arriba, más allá de los veinte metros, los árboles se van cerrando e impiden que pasen sus rayos. Sin embargo, al atardecer, una explosión de colores ocres, naranjas y rojos atraviesa mi ventanal, iluminando pensamientos y emociones.

            Este es mi barrio.

            Aquí vivo, aquí trabajo, aquí respiro.

            ¿Cómo haré para volver de dónde nunca me he ido?

Comentarios

  1. Buenos vecinos son los que te hacen volver al barrio.

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  2. Qué padre tu escrito, me gusta mucho. Saludos Darío, espero estés bien y deseo sigas compartiendo tus líneas con nosotros. Un abrazo a la distancia.

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  3. Excelente, me encantó. Envidia de vivir ahí y de tu prosa. Me debés una charla de los micelios. Buen título par un cuento

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  4. Muy bueno lo escrito Dari.Seguis encontrándole magia a todo lo que te rodea..me consta. Abrazo che.

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