HASTA MAÑANA SI DIOS QUIERE

             HASTA MAÑANA SI DIOS QUIERE

 

A la abuela Molly

—Hasta mañana si Dios quiere —me dijo anoche mi esposa.

—¿Y si Dios no quiere? —pregunté.

—Nos morimos —respondió, y me guiñó un ojo.

Reímos los dos por nuestra charla. A ella le encantaba saber que mi abuela materna hacía este ritual conmigo cada noche antes de irnos a dormir, y acordamos hacerlo nosotros. Así fue por largos años.

Apagué el velador, la envolví con mi abrazo y dormimos apaciblemente, como de costumbre.

 

Desperté antes de que sonara el reloj despertador. Eran las seis y media de la mañana. Me levanté despacio para no interrumpir su sueño sereno. Bajé la escalera casi sin hacer ruido, aunque era imposible que no crujieran las maderas de nuestra vieja cabaña.

Mientras me lavaba la cara me miré a los ojos y noté la revolución naciente en mi interior. No tenía ganas de ir a trabajar.

No era un día cualquiera, cumplía exactamente cincuenta años en la fábrica. Había empezado de cadete a los diecisiete y había ascendido con mucho sacrificio al cargo de vicepresidente. Mis compañeros sabían —aunque no lo comentaran— que había merecido ser presidente por mi trayectoria cuando renunció don Francisco, y no ese mocoso de apenas treinta y cinco años que trajeron de la Capital.

Recordé con mucha intensidad el día que me dieron el premio a la asistencia: un hermoso plato de no sé qué metal que testificaba en el living de casa que había asistido cinco años al laburo sin faltar un solo día. En esa época me regocijaba decir a menudo: «el trabajo es dignidad», sabía que con mi esfuerzo había logrado sostener a mi familia y la había sacado de una pobreza incipiente.

No obstante, esta mañana mis ojos tenían otro brillo. Indagué en ellos frente al espejo y presencié cómo brotó una lágrima. Era una sola lágrima y, sin embargo, dentro de ella pude ver toda la angustia de mi vida. La dejé caer libremente sobre el lavatorio.

Descubrí allí mi rutina, mi prisión, mi cárcel de presiones internas y de obligaciones que cumplir. Siempre, en todos los minutos de mi vida, había «quedado bien» con todos los seres que me rodeaban, mi mayor preocupación había sido que me quieran o, al menos, ser una persona respetable. Yo era el tipo más previsible que podía existir en este mundo. ¡Qué decir! Me apené en lo más hondo, me dio náuseas el solo hecho de pensar que había malgastado mi tiempo en disfraces y máscaras. Todos conocían al hombre que yo había representado, no a mí. Sentí una especie de asco —casi repugnancia— al descubrir mi hipocresía.

Sin pensarlo dos veces, se me ocurrió una idea alocada para mí: faltar a trabajar sin motivos. Mi razón quiso detenerme susurrándome: «todos esperarán justamente hoy tu presencia para premiarte por estos cincuenta años», pero mi corazón replicó con fuerza: «hoy no, hoy es un día para mí».

 

Salí a la calle. Disfruté en extremo no haberme puesto el traje gris de siempre y, además, adoré no hacerme el nudo de la corbata que odié los últimos veinticinco años.

            No sé muy bien por qué navegaba velozmente de un pensamiento a otro. Numerosas sensaciones explotaban en mi interior y salían a flote, reía a carcajadas, lloraba amargamente y hacía pequeñas locuras: saltaba en medio de un charco para salpicar agua a mi alrededor, le guiñaba un ojo o le sacaba la lengua a los niños que pasaban por ahí.

Llegué a orillas del lago y me senté. Siempre disfruté de ese sitio. Era mi lugar predilecto e iba allí a pensar mis problemas o a agradecerle a la vida mis pequeñas victorias, como el nacimiento de mis hijos o mis progresos materiales, aunque iba los domingos cuando no tenía que trabajar o algún feriado. El resto de los días pasaba doce horas en la fábrica y volvía a casa reventado, solo me quedaban fuerzas para cenar y dormir.

Este día no tenía nada especial, solo me «ratié» del trabajo, pero hice por primera vez en mi vida algo que catalogaba como una locura infantil. Mi madre jamás me había dejado «ratearme» de la escuela, si quería hacerlo debía avisarle a ella antes y eso ya le quitaba la magia de la transgresión. Entonces, jamás lo hice.

Comencé a tirar piedras al agua. De golpe, me encontré realizando una especie de balance de mi vida. Lo importante fue descubrir que no clasificaba mis momentos en buenos o en malos, si no que solo los rescataba del olvido, los traía a mi presente y los soltaba a volar, a que vaguen entre el universo y la nada, sin destino. El aire estaba —o lo sentía— refrescante. Me dolían los ojos de gozar la belleza del paisaje que tanto amaba, de aquel lugar que elegí para vivir en mi juventud. Llegaban a mi mente millares de historias, únicas e insustituibles, y la revivía una y otra vez cerrándome la garganta de emoción.

Me recosté entre las piedras y reí fuerte, agradecido, tenía mis sesenta y siete años bien cumplidos, bien vividos, bien soñados.

 

Noté que oscurecía y me pareció increíble haber pasado todo el día sentado allí, casi quieto, hubiera jurado que fueron apenas unos minutos. Decidí volver para no preocupar a mi mujer. Me causaba gracia pensar en cómo tendría que soportar su largo sermón cuando, en realidad, jamás le di oportunidad de tener que darme uno. Luego deduje que habrían llamado de la fábrica por mi ausencia y ella se habría preocupado seriamente. No me sentí culpable, aunque tampoco deseaba angustiar ni defraudar a nadie.

Al doblar la esquina de casa vi los autos estacionados de mis hijos y sobrinos en la puerta de casa. «¿Qué habrá pasado?», pensé fugazmente. Me respondí algo enojado y en voz alta: —¡Acribillo a mi mujer si preocupó a todos tanto como para que se vinieran!

            Entré a casa enfurecido. La imagen que vi me frenó y me destrozó de un golpe. Mi familia estaba reunida, se abrazaban, sollozaban y hablaban en voz baja. Creo que jamás estuvieron todos como esta noche. Quise hablarles y gritarles, pero no me oían, parecía que estaban en otra dimensión. Mi desesperación fue extrema, maldije la situación y quise golpear muebles y paredes. Ya nada estaba a mi alcance...

 

Me costó comprender lo que había sucedido. Anoche, mientras reposaba, se acabó el tiempo de mi hipocresía.

Me acerqué a mi mujer que miraba la nada en silencio, acaricié sus manos y pensé cuánto la amaba. Ella suspiró aliviada y una leve sonrisa me respondió que, de algún modo, me había escuchado. Dijo a mi hijo mayor: «Sé que no sufrió». Y sonreí.

            Entonces me despedí de todos, uno por uno. Atravesé la puerta —ya no tenía sentido girar el picaporte— y me fui.

Solo mi nieta de dos años —que jugaba en la hamaca del jardín— agitó su mano vigorosamente y gritó: «¡Chau abu!» ante la mirada atónita y espantada de mi nuera que se estaba preguntando a quién saludaría su pequeña.

Comentarios

  1. Me encantó y me movió, se nos van los días corriendo y uno dejando todo para después. Gracias Dari, muy bien contado y con un final genial y sorpresivo.

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  2. el comentario anterior fue mío Dari. Daniel Poggio

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