VIENTO BLANCO
El día había comenzado con una leve
llovizna, fría y penetrante como casi todas las lluvias patagónicas. Decidimos
subir igual por la cara norte de la montaña. En cinco horas podríamos llegar a
uno de los tres refugios de hierro y chapa que se encuentran en el largo camino
hacia la cumbre. El pronóstico vaticinaba que el cielo estaría parcialmente
nublado, pero no se podía confiar mucho en la meteorología en esa época. Claro
que se esperaban fuertes vientos también, y crecía la esperanza de que pudiera
descampar rápido.
Veníamos cansados, habíamos
conducido toda la noche, pero el afán por escalar siempre fue en nosotros más
poderoso que la paciencia. No podíamos esperar un día en la base.
Comenzó a nevar a las pocas horas de
ascenso y, en pocos minutos, se convirtió en «viento blanco», el terror de
todos los escaladores. El cielo se une con el suelo y no se ve absolutamente
nada. Todo es blanco alrededor, arriba, abajo, a los costados. Definitivamente es
imposible saber hacia dónde dirigirse, y uno se da cuenta que está subiendo
perdido, apuntalado solo por el esfuerzo físico y mental.
Teníamos
muy fijada la ruta. Nos encontrábamos a mitad de camino, daba igual seguir o regresar.
Siempre tuve facilidad en orientarme, así que visualicé en mi mente el camino y
hacia allá me lancé con todas mis fuerzas. El viento blanco se intensificó a
tal extremo que no nos podíamos ver ni escuchar. Mi compañero y yo éramos los
únicos dos seres humanos en ese momento y en ese sitio. Nos chocábamos, nos
alejábamos, caminábamos extremadamente cerca para no separarnos y nos
gritábamos al oído para dar alguna indicación.
Comencé a pensar… jamás hay que
pensar en esas situaciones, pero empecé a extrañar la comodidad de mi hogar,
específicamente mi cama. El sentimiento de culpa aparece cuando uno se da
cuenta de que está en una situación límite y que, para empeorarla aún más, uno
mismo se la creó. Mis fuerzas se agotaban y mi mente me decía una y otra vez
que deseaba estar en mi habitación, calentito y relajado. ¿Qué hacía caminando
como un idiota en una montaña casi inaccesible en medio de una tormenta de viento
blanco?
Una ráfaga poderosísima me
desestabilizó, la siguiente me levantó —literalmente— y me lanzó montaña abajo,
hacia el valle. Frené mi brusca caída con la piqueta clavándola
desesperadamente en la nieve blanda y zapateando con los crampones sobre el
suelo. Finalmente me detuve, jadeaba muy asustado. ¿Un maldito viento puede
levantarme en el aire? Yo caminaba con una mochila cargadísima, sumado a mis
casi ochenta kilos de peso. ¡¿Así y todo podía lanzarme como una hoja de otoño?!
Uno entiende que las fuerzas de la Naturaleza
son implacables, somos solo un punto en la inmensidad, apenas un «byte» en la
red de nuestro planeta.
Al quedar tendido en el suelo, sobre
la nieve, se formó un pequeño circulo alrededor mío y no se sentía el frío ni
la potencia del viento. «Encontré la cama que deseaba». Me acurruqué hecho un
ovillo, casi en posición fetal y me dormité.
Perdí el control del tiempo en esos instantes
de relajación total. Cerré mis ojos. Deseaba quedarme bien quieto y no luchar
más. Noté que una capa de nieve recién caída —de un par de centímetros de
espesor— cubrían mi cabeza, mi espalda y mis piernas. ¿Me había dormido? ¡Por Dios!
¡Qué imprudencia! Me encontraba cómodamente recostado en un hueco en la nieve
como si fuera la cama de una gran suite. Mi vida corría peligro inminente. Mi psiquis
me estaba dando falsas ideas de disfrute y tranquilidad.
Se activó en mí el instinto de
supervivencia, extremadamente visceral. Me levanté casi de un salto. Salí de mi
cama de hielo y comencé a ascender penosamente por donde creía que era el sendero.
Luego de un poco más de esfuerzo alcancé
el refugio. Mi compañero, que yo creía desaparecido, estaba dentro preparando
todo el equipo para calentarnos.
—¡Cómo tardaste! —me dijo con una
mueca disfrazada de sonrisa—. ¡Por lo menos media hora! ¡Estaba a punto de
salir a buscarte, pero no podía ni moverme con la tormenta! ¿Te pasó algo?
—Me eché una siesta —respondí
mientras veía su cara de espanto y abría sus ojos incrédulos—. Hace mucho que
no disfrutaba de una cama tan cómoda.

ja muy bueno, sensaciones que no he tenido pero me encanta cuando las contás. Me siento totalmente cobarde
ResponderBorrarjaja la cobardía es asunto de los hombres...
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