CAUTIVO


              CAUTIVO

 

            Supongo que tuve varios nombres, o tal vez ninguno. No me lo ha dicho aún.

            Lo único que siempre supe fue mi misión: «hallar al creador». Y lo hice. Lo que no imaginé jamás era la consecuencia funesta de mi éxito.

            Vivo preso en una habitación imaginada por él. Increíblemente me encuentro solo, aunque colocó dos sillones en ella, no sé si por perverso o por incompetente. Muchas veces esperé una compañía, cualquier otro habitante con el que pudiera conversar; pero me ha relegado a una situación exasperante, debo hablar conmigo mismo todo el día.

Unas cortinas floreadas, raídas y sin color estorban mi visión, sin agregar el olor pestilente que desprenden. Comprobé, luego de diversos intentos, que es imposible sacarlas.

            Un cuadro enorme, pintado por una mujer, olvidado en el preciso momento en que lo terminó, fue a parar también a este recinto como un adorno absurdo. Lo observé por mucho tiempo sin entender de qué se trataba. Evidentemente, la mujer y el creador se conocen. Estoy convencido de que tienen alguna relación. Si no, no concibo por qué otro motivo podría dejar esa pintura abstracta en un sitio tan escondido. Puedo imaginar que se lo ha pintado a él.

            Miro por la ventana abierta un paisaje natural, lleno de árboles frutales. Un pequeño arroyo juguetea entre ellos, corre sereno y tararea un canto monótono. Me gusta y me arrulla, pero no se me permite acceder allí. Debo mantenerme recluso en la habitación hasta que él disponga de mí.

            Sé exactamente quién es. Lo encontré luego de años de búsqueda infructuosa. Es un escritor de dudosa capacidad, sosegado y soñador. Vive apartado en un bosque, a pocos kilómetros de una ciudad pequeña. Elige vivir con la libertad del lobo, aunque a veces pase necesidades; rechaza la vida del perro, siempre alimentado y cuidado, pero con una cadena en el cuello.

            Me creó una noche silenciosa de invierno que amenazaba tormenta del este. Nací en un papel, en la página catorce de un cuaderno de hojas rayadas. El escritor pensaba en mí, algo confundido al principio, a veces le cuesta ordenar sus ideas. Luego de largas vacilaciones se decidió y me dio la vida. Yo la tomé sin miramientos. Creí en él como todo infante. Pensé que me otorgaría grandes tareas. Lo vi dudar entre diferentes opciones, hasta que sus ojos se iluminaron cuando se le ocurrió el encargo final. Quiso que yo investigara hasta llegar a conocerlo.

            Busqué en numerosas historias y recuerdos. Recorrí los laberínticos pasadizos de su cerebro, hasta me acerqué sigilosamente al centro de su corazón. Pasé momentos agradables y otros horrorosos. ¡La cantidad de pensamientos nefastos que posee un ser humano! La vida está plagada de momentos, a los hombres les cuesta darse cuenta que están llenos de ellos, repletos hasta el hartazgo. Son miles y miles de memorias las que guardan dentro… ¡y todas se conectan! Pasé innumerables horas revisando su pasado, sus frustraciones, sus ideas, sus proyectos. Llegué a comprenderlo, o al menos creí hacerlo.

            Hace cuatro lunas logré salir del papel con un esfuerzo abrumador. Era una noche de insomnio, lo supe por sus ojos enrojecidos y su mirada perdida. El escritor no se percató, ni siquiera le interesó mi presencia. No me alojó en ningún cuento. Me soltó a vagar entre la nada y la eternidad.

            Me enojé. Lo miré furioso. Me acerqué a su oído izquierdo y le hablé. Traté de hacerle comprender que entre nosotros había una conexión profunda y verdadera, que no soy como los seres de su mundo que forman lazos descartables. Se hizo el desentendido.

            Le grité sin tabúes lo que pensaba de él: que era un canalla infame, que no tenía derecho a darme la vida para luego abandonarme a la intrascendencia, que podía tener la menor consideración de, aunque sea, meterme en un corto relato de menos de mil palabras.

            Me ignoró nuevamente. De algún modo supo que yo estaba ahí con él. No se arrepintió. No se inmutó un milímetro. Me encerró en este cuarto trasero de sus mundos miserables.

            Por lo menos, mi cama y el suelo están hechos de hierbas frescas, con deliciosos aromas a flores de primavera. El escritor ama tanto lo natural que le cuesta definir lo que va adentro y afuera de una casa. Es lo único que me agrada, hace más suave mi estadía.

            Por una televisión antigua puedo seguir el curso de sus pensamientos. Quiero saber cuándo me dejará participar en una de sus historias. A veces veo que piensa en mí, me incorporo, me acerco a la pantalla, le grito, le hago gestos, bailo endemoniadamente para que me tenga en cuenta.

            Estoy persuadido de que un día me sacará de aquí. He armado el rompecabezas de mi existencia como pude. Sé, sin ninguna duda, que nuestras historias se invertirán. El quedará en su biblioteca encerrado por tiempo indeterminado, frente a su computadora, rodeado de libros, cuadernos y tazas de café; y yo viviré aventuras sin límites, recorriendo el mundo que me ha destinado a conocer… pero eso será otro cuento.

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