TERCERA EDAD

          TERCERA EDAD

La historia no se repite, pero rima. Mark Twain

            —Esto ya no es vivir, Mercedes, esto es durar —dijo José Luis. Se acomodó el sombrero y se recostó en su mecedora. Siempre esperaba a que el sol se escondiera tras los cerros para prender su pipa. José era estricto en sus rutinas y no había motivos para dejar de serlo.

            —¡Dejá de quejarte, viejo! —resopló Mercedes cebándole un mate dulce.

            —El último —dijo José, muy serio—, esto ya es agua sucia.

            —Como digás. ¿Crees que vendrán los chicos el fin de semana?

            —La verdad, Mercedes, no sé ni me importa.

            —¡Pero che! ¡No hablés así que Dios nos va a castigar!

            —¡¿Qué sabés vos?! Si capaz Dios también se olvidó de nosotros. Desde que se fueron los tres pibes somos dos machetes desafilados y llenos de óxido.

            —¡Mierda que sos bueno para levantarme el ánimo!

            Los dos ancianos se quedaron en silencio, sentados en la galería del frente de su rancho. Miraban hacia los montes del oeste, por donde el sol ya comenzaba a irse despacio. El cielo comenzó a teñirse de un rojo anaranjado, como si ensangrentara el atardecer. José sentía el corazón estrujado.

            —¿A vos te parece? ¡Tres domingos seguidos y ni noticias de los mocosos estos!

            —Vos sabés que la vida es así, José, los pichones crecen y salen a volar. Jacinta dice que tenemos el síndrome del nido vacío.

            —¿Qué tenemos quééé?

            —Es algo de la sicología, no lo entendí muy bien. Pero es tristeza de quedarnos solos.

            —¿Tristeza? Yo lo que creo, Mercedes, es que estamos aburridos como hongos.

            —¡Ni qué aburridos ni qué ocho cuartos!

            —Pfff. ¡Si te callaras un poco podría disfrutar del sol que se va y darle unas pitadas, tranquilo, a mi tabaco! ¡Carajo! ¡Todos los días son iguales! ¿Qué nos pasó, Mercedes?

            —Nada, José, nunca pasa nada.

            Mercedes miró a su compañero de vida. Cuarenta y ocho inviernos compartidos, el rancho, el mate, las heladas, los años de vacas gordas y los años de vacas flacas. Nunca imaginó que terminarían sus días sentados en la galería, transformados en dos viejos quejosos. «Ya hemos criado a los gurises, ahora nos toca quedarnos solos». No se animó a decírselo a José Luis por miedo a la reacción de su marido. Conocía bien las leyes de la vida, había visto a su abuela y a su madre pasar por lo mismo antes que ella, pero cuando las cosas le pasan a uno es cuando de verdad se sienten. ¿Cómo encontrar otro sentido en sus vidas ahora que estaban realmente solos? ¿O la vejez sería simplemente eso, un tedioso y largo transitar de los últimos años de la vida?

            Se levantó y fue a buscar unos espirales para poner bajo sus pies. Sabía que se llenaría de mosquitos cuando el sol bajara por completo.

            Volvió a sentarse otra vez en su mecedora cuando vio una pequeña nube de polvo hacia el sudeste. Un auto venía por el camino viejo y, a juzgar por la polvareda, a gran velocidad.

            —¡Carajo! ¡Ese coche viene como alma que la persigue el diablo! —dijo José Luis y se levantó mientras echaba una pitada profunda.

            Los dos ancianos se tomaron las manos y se quedaron mirando las luces del automóvil que se acercaba directo hacia ellos. En apenas unos minutos se detuvo frente a la casa y vieron bajar a su hijo mayor con una sonrisa de oreja a oreja.

            —¡Qué sorpresa, eh! ¡Venga ese abrazo que traigo un notición! ¡Van a ser abuelos!


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