EL COIHUE ANCIANO

              EL COIHUE ANCIANO

            Hoy, por la mañana, se acercó el humano nuevamente. Dio unas vueltas a mi alrededor —siempre se detiene a observar el follaje— y, luego, se sentó sobre mis raíces. Me encanta cuando lo hace. Apoya su espalda en mi tronco y se relaja profundamente. Al principio, puedo sentir la terrible tensión de sus músculos agarrotados y, luego, cómo se distiende en pocos minutos. Pasa mucho tiempo en silencio. Nuestra conexión es intensa.

            Me gustan los cambios que veo en él. Camina más lento, más despreocupado. Ya no pisa en cualquier lado; evita rozar a mis pequeños para no lastimarlos. Conversa conmigo por largas horas. Le queda bien el pelo blanco. Temo que ya sea muy mayor. He visto a otros humanos pasar por aquí. Sus vidas son tan cortas…

            Ayer llegó inquieto y alarmado por una noticia. Me contó que están desapareciendo los bosques aledaños. La tala es extrema. Me explicó, con mucha angustia, que la deforestación sin control es una de las máximas amenazas del planeta; que nosotros somos los que limpiamos el aire.

            Siempre me dice que todo está conectado, pero que los seres humanos destruyen el ambiente y crean problemas enormes sin reflexionar que los incluyen también a ellos. Yo lo escucho con paciencia. Conozco todo lo que afirma de primera mano. No necesito que nadie me lo explique, si lo vivo y lo siento hace demasiados años.

            Me cuenta que —al sacar tantos árboles— el suelo se vuelve árido. Tampoco hace falta que me explique estas cosas. Conozco mi tarea desde que era semilla. Aquí, en las montañas, nosotros fijamos el suelo enmarañando nuestras raíces, si no el suelo se erosiona indefectiblemente. Así y todo, lo escucho embelesado, lo que él considera un diálogo entre amigos, a veces, no es más que su propia toma de consciencia.

            Nunca supe si el humano se dio cuenta por qué su cabaña se mantuvo intacta en aquel terremoto de la década pasada. Nosotros mantuvimos el suelo abrazándonos con fuerza. Nos preparamos unos minutos antes, cuando sentimos que venía el temblor desde abajo. Jamás me habló de ello. De todos modos, recuerdo que, al día siguiente, lo vi sentado en el balcón de su casa; sonreía, cantaba con su guitarra, sus ojos brillaban agradecidos.

            Lo que más me preocupa es que cuando sacan árboles pierden su hogar numerosas especies. Adoro escuchar el canto de los zorzales por la mañana, el ulular nocturno de las lechuzas, hasta el grito penetrante del chimango cuando planea entre nosotros en busca de alimento. Me agradan las cosquillas que recibo en las zonas bajas cuando cavan túneles entre mis raíces. Hay cientos de seres que se ocupan de airear el suelo donde vivimos. Y ni hablar de los pájaros carpinteros. Ellos rascan las cortezas más viejas de nuestros troncos cuando nos causan escozor. Tal vez nadie imagine lo que se siente cuando una pareja de aves anida en nuestras ramas. Los mecemos al compás del susurro del viento. Ver crecer esos pichones día a día nos estremece por completo, son un canto a la vida cotidiano.

            El humano me dice que vivimos en una zona protegida y que por eso él está tranquilo. Nadie puede, por ahora, tocar a los míos. Muy bien no lo comprendo. Los humanos son tan extraños. Su forma de relacionarse es demasiado complicada y su poder es tan grande. Son contradictorios, pero muy sensibles. A veces, me apenan un poco. Tal vez, estar dotados de una mente racional sea su peor carga.

            Nací hace tantas primaveras que ya no recuerdo mi edad. Cuando cayó el gran abuelo, provocó un enorme claro que dio lugar a los renovales. Allí crecimos, mis hermanos y yo. Fue en ese mismo claro donde hizo su cabaña el humano. Recuerdo con ternura cuánto me preocupé apenas llegó a instalarse. Hacía demasiado ruido todos los días. Temí por nosotros. Lo miré con desconfianza por largo tiempo, hasta que nos hicimos íntimos amigos. Sigo apasionado con su transformación. Me gusta verlo sereno, vivo hasta lo más hondo, adaptado a las peculiaridades del bosque.

            Al fin de cuentas, las abejas —que traen noticias de tan lejos— dicen la verdad. Los humanos están cambiando en muchos lados. Se están despertando de a poco. Solo tenemos que tener un poco más de fe en ellos.

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