LAS MUERTES DE MI MADRE

            LAS MUERTES DE MI MADRE

Mi madre ha muerto en varias ocasiones.

            La primera vez que la vi morir fue cuando murió mi padre. Yo la vi irse con él. Mi juventud recién estrenada no me permitió comprender la situación con nitidez. Simplemente pensé: «¿y ahora cómo seguimos?», y seguimos.

            La tristeza profunda suele generar enojo en los demás. Viví un tiempo enfadado. Ella me enseñó que, a veces, nos llega el conocimiento cuando ya no lo necesitamos. No obstante, pienso que es certera la frase «nunca es tarde», aunque esto lo aprendí por mi cuenta.

            La vi morir una vez más cuando murió su madre, mi abuela. Me dijo: «ahora me quedé sola por completo, soy la última de mi generación». No pude entenderla tampoco, quizás porque no estaba preparado. Su soledad era tan honda que no me era posible visualizarla. Mi abuela nos dejó un sinfín de recuerdos bellos, una vida completa, una luz inapagable.

            Volví a verla morir cuando me fui a vivir lejos. Se volvió algo casi insoportable para ella; y, para mí, un poco tedioso tener que gambetear sus reproches. Le expliqué mil veces «que cada uno debe decidir los caminos de su vida», y lo ratifico con absoluta convicción. Me repitió hasta el hartazgo que le resultaba extremadamente difícil. Las distancias se acortaron con el tiempo. La tecnología ayudó bastante; mi madurez, mucho más.

            Cuando dos personas se quieren y forjan un vínculo verdadero no hay escollo que no puedan superar. Su vejez fue un bálsamo para mí, un libro para leer, un sitio donde buscar consejo; cada pequeña conversación se convertía en un universo de aprendizajes.

            La vi partir físicamente una mañana de invierno, mezcla de dolor y de alivio. Ella me repetía sin cesar que su ciclo estaba cumplido, que ya había vivido por completo. No quita ni reduce la tristeza, solo alivia un poco el egoísmo de extrañarla.

            Mis familiares habrán visto otras pequeñas muertes, tal vez en silencio, muchos de ellos poseían el beneficio de lo cotidiano.

            No puedo dejar de admirar cómo —mi madre, que transitó tantas muertes— me ha transmitido esta pasión por honrar la vida, por escudriñar los laberintos del alma, por buscar y buscar aun cuando creemos que no encontramos nada.

            Heredé su amor por la filosofía, por los cuestionamientos, por las preguntas trascendentales del ser. Hoy me pregunto quién soy si ya no soy un hijo.

            He visto su dureza y sus flojeras, la he acompañado como pude y como elegí, la he querido hasta las profundidades. ¿Cómo explicar la sublime sensación que recorría mi espíritu cuando me decía que estaba orgullosa de mí?

            Fui testigo de sus muertes, una a una. A veces fui consciente de lo que atravesaba; y otras, no tanto. Sin embargo, la muerte verdadera, la Muerte con mayúscula, «los glaciares del olvido», el verdadero final, aún no la ha tocado. En lo que a mí respecta, todavía esa muerte no puede alcanzarla.



Comentarios

  1. Muy bien,bonito y bien hecho. Me encantó Dios te bendiga hermosa mujer

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  2. Que duro Darío. Puedo decir que entiendo perfectamente ese dolor.

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  3. siempre claro y dejándome la lágrima entre las palabras.

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  4. Me encantó leer sus relatos,hermosa la del árbol,muy emotiva la de su madre,me gustó su estilo,sencillo y claro,me identifica en parte,felicitaciones Dario!! ,siga adelante !!

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