ENTRETIEMPO

 

                    ENTRETIEMPO

            Lo único que pensé mientras caía del noveno piso fue: «¡qué muerte de mierda!».

            Resbalé cuando intenté limpiar una ventana del lado de afuera. Me aterró imaginar —mientras caía— el dolor que iba a sentir cuando mi cuerpo se estrellara contra el pavimento. No recuerdo qué sucedió.

            Abrí los ojos y me incorporé. Un bosque tupido se meneaba sobre mi cabeza. El continuo vaivén de las ramas —mecidas por el viento— se asemejaba a marineros abrazados en altamar, que cantaban desafinados, ayudados por el alcohol. Árboles centenarios resistían el inexorable paso del tiempo. Álgidas corrientes de aire atravesaban el follaje.

            —¡Cómo se parece al bosque donde viví tantos años! —susurré—. ¿Estaré recordando?

            De inmediato, fui succionado por una fuerza poderosa. Me encontré en un santiamén en una duna o algo similar, sobre un montículo de una sustancia parecida a la arena. No había horizontes o no podía percibirlos. Mi confusión era total. ¡Qué difícil es usar palabras para lo absolutamente desconocido!

            Lo vi acercarse lentamente, no me produjo miedo, me dio la sensación de haberlo visto alguna vez. Era extremadamente anciano, aunque poseía una destreza increíble. Se movía de manera extraña para un hombre mayor, parecía flotar.

            —¿Estoy muerto? —atiné a preguntar en un balbuceo cuando se me acercó. Mi voz sonaba diferente a la habitual.

            —¿Quién podría sobrevivir a una caída de casi treinta metros?

            —O sea que esto es la muerte. Intrigante…

            —¡Oh, no! La muerte aún está muy lejos. Esto es solo la espera de tu próximo nacimiento —se apuró a responderme muy sonriente—. Tienes suerte, esta vez nacerás pronto, tendremos solo una conversación corta.

            —¿Volveré a nacer? Es decir… ¿reencarnaré?

            El anciano sonrió con una dulzura extrema, se acarició la barba suavemente.

            —Puedo intuir que ese concepto que creaste —«la reencarnación»— es interesante, pero no es del todo correcto.

            —Es un concepto antiguo, yo no lo he creado —respondí. Esta vez me tocó sonreír a mí, supuse que el anciano se había equivocado de persona.

            —Claro que lo has creado, como creaste religiones, sectas, políticas, ideologías, extremismos…

            —¡Alto, por favor! Yo no inventé todo eso, hay miles de millones de seres humanos en el planeta y…

            —Claro que no —me dijo sin dejar de sonreír ni un segundo—. Cada vez que nos vemos aquí estoy obligado a contarte lo mismo. Todas las personas del universo son una sola: tú. Solo existe lo que has llamado «la humanidad». Este es tu mundo, tu creación, tu aventura. Yo debo guiarte durante unos cuantos eones para que puedas tener todas las vivencias posibles, todas las experiencias de la vida en ti mismo. Tienes que ser todas las diferentes personas que puedas, una y otra vez. Siempre dices que quieres «mejorar el mundo», se trata de eso, es una de tus metas más antiguas.

            La idea se me hizo insoportable. Mi mente se derrumbó como un dique quebrado por la violencia del agua enfurecida. Me aterré. Me levanté, corrí en círculos y grité como un desquiciado. No sé cómo hice para calmarme. Volví y me senté frente a él. El anciano me observaba con sus ojos suaves y tranquilos. Había dejado de sonreír, sin embargo, podía percibir que emanaba toneladas de paciencia.

            El horizonte estalló en colores rojizos y anaranjados. Un profundo aroma a leña húmeda me invadió el pecho y comenzó a perderse poco a poco. Comprendí que las cosas que amé en la vida se estaban desprendiendo de mí.

            —Me cuesta demasiado aceptar…

            —Claro que sí —respondió con tranquilidad—. Siempre te sucede igual. La razón que has creado es demasiado poderosa para ti, y le cuesta mucho abandonar el control.

            —Pero… es que… ¡No puede ser! ¡Suena imposible! ¿Mis padres? ¿Mis hermanos? ¿Mis amores?

            —Todos fuiste tú. Todas las experiencias las has vivido dentro de esos seres.

            —Aquel compañero del colegio que golpeé sin detenerme…

            —Eras tú.

            —Aquella muchacha que abandoné después de un fin de semana…

            —Eras tú.

            —Aquel amigo que salvé de suicidarse, la noche que nos embriagamos…

            —Eras tú. ¡Todos eran tú! Todo lo que le has hecho o dejado de hacer a alguien te lo has hecho a ti mismo. No hay manera de que aún absorbas este conocimiento, te lo digo una y otra vez cada vez que pasas por aquí, en este pliegue de tiempo. Cuando aprendas todo lo que has venido a hacer serás como yo y no me necesitarás más.

            —Entonces… ¿eres Dios?

            —Otro concepto extravagante que has creado, ja, ja, ja. —El anciano se levantó y me dio la espalda, parecía dispuesto a irse. Era evidente que se acercaba mi nuevo nacimiento.

            —No sé bien qué debo hacer. Ahora siento una soledad indecible.

            —Así es tu mundo, pero no te desanimes, todo lo que necesitas saber llegará en su momento exacto.

            —¿Dolerá nacer? —pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

            —Tanto como morir. La vida duele siempre. El sufrimiento enseña lo que de ninguna otra manera se puede aprender.

            Asentí levemente, eso sí lo sabía con absoluta certeza. Se ve que algún discernimiento ya he adquirido.

            —¿Y a qué tiempo exacto iré ahora? —pregunté mientras lo veía alejarse lentamente.

            —Eso lo decidirás a la brevedad, no importa en qué parte del círculo entres nuevamente, la vida siempre girará sobre sí misma, hasta que completes tu aprendizaje.


Comentarios

Publicar un comentario