EL COLOR DE MI AÑORANZA

EL COLOR DE MI AÑORANZA

            ¡Qué gris está la ciudad hoy! ¿O soy yo el incoloro?

            Camino por las calles de Buenos Aires como un autómata. Los recuerdos me estallan dentro de la cabeza; no pasan serenos, se pelean por salir a flote, se entreveran, se mezclan, se repelen. Ninguno sobresale, ninguno es más importante que otro.

            La Avenida Entre Ríos está igual que siempre, muy transitada, llena de olores antiguos, tan ruidosa que se hace imposible hablar por teléfono mientras camino.

            Veo todo gris hoy, pero sé que no es tan así, es una ilusión óptica. El cielo está encapotado, el asfalto, las paredes de hormigón, todo parece volverse gris alrededor.

            Doblo en la calle Brasil. Apuro el paso y miro de reojo los pocos árboles que custodian las veredas. Son centinelas del camino, sobrevivientes de la purga del empedrado, héroes vivos o casi vivos. Sus troncos están grises, sus cortezas casi desnudas están decoloradas por el humo de los coches. Los saludo casi pidiéndoles perdón, y sigo acelerando.

            Sé lo que debo hacer. Camino a mi vieja casa. Subo las escaleras de dos en dos, como en la niñez, a los saltos, sin tocar las rayas negras dibujadas en el mármol. Entro al departamento, directo al fondo, donde está mi viejo cuarto. Quiero ver el color de mi pasado.

            Recuerdo cómo he pintarrajeado esos muros. Con mi escaso talento dibujé paredes, marcos y ventanas. Todo absurdo, todo desencajado, pero siempre me justificaba pensando que el que pintaba era el corazón. Escribí también sueños, ideas, arrepentimientos y otras banalidades. Nunca me alcanzaron cuatro paredes para expresarme.

            Abro la puerta casi sin aliento. El cuarto está vacío. Ya no veo mis estantes, mis cuadernos ni mi música. Las palabras fueron tapadas por pinceladas del tiempo. Pero los dibujos están allí, mirándome en blanco y negro.

            ¿Todo gris?

            Me confundo y me siento en el suelo. ¿No había innumerables colores? ¿No traía cada retazo de pintura que encontraba en cualquier lado para colorear mi obra? Evidentemente no. Me mira un payaso en escalas de grises. Me hace una reverencia con una flor en el ojal. Quizás simplemente se está despidiendo. Un castillo de fantasía flota sobre la nada. Es gris, totalmente gris. Eso me parece más normal. Las piedras de los castillos son grises.

            Abro la puerta de un placard para verme en el espejo. Mi pelo gris, mis manos grises, mis ojos grises. ¡Carajo! ¿Es el cuarto el que me tiñe de este modo? ¿O soy yo el que estoy decolorando todo?

            Cierro la puerta y los ojos por un instante. Suspiro fuerte para expulsar la dinamita encendida dentro de mi pecho. Vuelvo a abrirlos y a espiarme en el espejo. El grisado es total, cubre mis uñas, mis dedos ateridos, mi ropa sucia, mis pensamientos limpios. Siempre fui un desalineado.

            Abro la ventana para que el olvido me rescate. Entra la ciudad gris al cuarto grisáceo. El espejo me responde una vez más con mi imagen gris.

            Otra vez sé lo que debo hacer. Debo colorear a mi añoranza poco a poco, año a año, como en la adolescencia. Cuanto más viejo me pongo más hondos son mis sentimientos. Tengo que buscar más profundo, bucear sin miedo.

            Entonces lo decido, lo llevo a la corteza cerebral. Es inevitable e imprescindible hacerlo bien. Lleno mis pulmones de aire gris de la habitación. Me doy vuelta y cierro la puerta a mi espalda… para no volver jamás…

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