Reflexiones... opus 26 La Balsa

«Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura,

construiré una balsa y me iré a naufragar»

            Se hace imperioso navegar.

            Es inmenso el océano y está lleno de corrientes que se cruzan. No hay destinos, no hay señales, es un mundo sin senderos.

            Atravesé varios de ellos, el más intenso fue el Mar del No sé.

            Mares iluminados. Mares en penumbras. Mares enloquecidos, arremolinados. Vendavales que me llevaron a ninguna parte. Es que no hay vientos favorables para el que no sabe hacia dónde se dirige.

            Se hace imperioso dominarse.

            La brújula marca el norte —que no es mío—; no puedo seguirlo. Rechazo la idea desde el comienzo. Navego hacia otro lado, aunque no lo sepa con exactitud. Busco, aunque no encuentre. Canto, aunque no me salga. Remo, aunque no pueda más.

            Las estrellas me miran, se ríen demencialmente cuando las llamo fugaces, saben bien que aquí el único fugaz soy yo.

            Cada efímero momento que atravieso graba a fuego una palabra en la madera. Así la balsa crece y se adorna, se construye, se repara. Las palabras se pierden en el viento, se alejan, se vuelven anónimas apenas aprenden a volar.

            Se hace imperioso decidir.

            Tiro una botella al mar con el mensaje de mi vida. Es mi historia, la que probablemente nadie leerá. Quedará flotando a través del tiempo.

            La tormenta que se acerca no me asusta. Uno ha pasado por varias de ellas y sabe lo que se debe hacer. Muchas veces, el único recurso es arriar las velas y esperar que pase. En otras ocasiones es la lucha la que hierve la sangre, la que empuja, la que enaltece. Y uno se forja en las adversidades, se convierte en buen marino, se gradúa de humano.

             Todo se vuelve sereno después de la tempestad. Es que siempre llega la calma en algún momento. Nos conduce a buen puerto. Allí uno se aquieta, descansa, se abastece. No obstante, la balsa no está hecha para estar quieta y segura en un desembarcadero.

            Se hace imperioso no desistir.

            Otras balsas aparecen en el horizonte. Compartimos un trecho del camino. Algunas se pierden inexorablemente. Lamentamos cada cambio, cada fracaso, cada maniobra que sale mal. Nos sentimos agobiados, queremos abandonar, queremos convencernos de que la pelea es en vano.

            Nos obligamos a no dejar de hacer lo que hacemos. Debemos cambiar, no podemos ser los mismos desde que empezamos a cambiar. Debemos crecer, debemos mutar, debemos intentar.

            Navegamos, nos dominamos, decidimos, no desistimos. Entonces se hace fundamental no traicionarse, jamás. Es el miedo el que nos frena, nos controla, nos arruina. Atravesarlo se vuelve una osadía.

            Ya sabemos lo que somos, lo que podemos, con lo que contamos.

            Entonces se batalla con la fuerza de lo interno, con las manos, con la mente, con todo lo que uno es y lo que no sabe que todavía es.

            Y se hace imperioso naufragar.

            Sé con certeza que iré a naufragar, como todos. Porque es inevitable, porque estar despiertos es darse cuenta, es saberlo de antemano. Porque admitir que podemos mirar de frente a lo que vendrá —sin saber qué es lo que vendrá— es el acto más impresionante del ser consciente de uno mismo. Porque solo somos un breve e ínfimo ser entre dos infinitos.

            No suelto el timón, no lo haré jamás. He de elegir cada rumbo, cada giro, cada desacierto del camino.

            Porque tengo la certeza inalterable de que la vida es un viaje y no un destino.

 

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