«Y cuando mi balsa esté lista partiré hacia la locura,
construiré una balsa y me iré a naufragar»
Se hace imperioso navegar.
Es inmenso el océano y está lleno de
corrientes que se cruzan. No hay destinos, no hay señales, es un mundo sin senderos.
Atravesé varios de ellos, el más
intenso fue el Mar del No sé.
Mares iluminados. Mares en penumbras.
Mares enloquecidos, arremolinados. Vendavales que me llevaron a ninguna parte.
Es que no hay vientos favorables para el que no sabe hacia dónde se dirige.
Se hace imperioso dominarse.
La brújula marca el norte —que no es
mío—; no puedo seguirlo. Rechazo la idea desde el comienzo. Navego hacia otro
lado, aunque no lo sepa con exactitud. Busco, aunque no encuentre. Canto,
aunque no me salga. Remo, aunque no pueda más.
Las estrellas me miran, se ríen demencialmente
cuando las llamo fugaces, saben bien que aquí el único fugaz soy yo.
Cada efímero momento que atravieso
graba a fuego una palabra en la madera. Así la balsa crece y se adorna, se
construye, se repara. Las palabras se pierden en el viento, se alejan, se
vuelven anónimas apenas aprenden a volar.
Se hace imperioso decidir.
Tiro una botella al mar con el
mensaje de mi vida. Es mi historia, la que probablemente nadie leerá. Quedará
flotando a través del tiempo.
La tormenta que se acerca no me
asusta. Uno ha pasado por varias de ellas y sabe lo que se debe hacer. Muchas
veces, el único recurso es arriar las velas y esperar que pase. En otras
ocasiones es la lucha la que hierve la sangre, la que empuja, la que enaltece. Y
uno se forja en las adversidades, se convierte en buen marino, se gradúa de
humano.
Todo se vuelve sereno después de la tempestad.
Es que siempre llega la calma en algún momento. Nos conduce a buen puerto. Allí
uno se aquieta, descansa, se abastece. No obstante, la balsa no está hecha para
estar quieta y segura en un desembarcadero.
Se hace imperioso no desistir.
Otras balsas aparecen en el
horizonte. Compartimos un trecho del camino. Algunas se pierden
inexorablemente. Lamentamos cada cambio, cada fracaso, cada maniobra que sale
mal. Nos sentimos agobiados, queremos abandonar, queremos convencernos de que la
pelea es en vano.
Nos obligamos a no dejar de hacer lo
que hacemos. Debemos cambiar, no podemos ser los mismos desde que empezamos a
cambiar. Debemos crecer, debemos mutar, debemos intentar.
Navegamos, nos dominamos, decidimos,
no desistimos. Entonces se hace fundamental no traicionarse, jamás. Es el miedo
el que nos frena, nos controla, nos arruina. Atravesarlo se vuelve una osadía.
Ya sabemos lo que somos, lo que
podemos, con lo que contamos.
Entonces se batalla con la fuerza de
lo interno, con las manos, con la mente, con todo lo que uno es y lo que no
sabe que todavía es.
Y se hace imperioso naufragar.
Sé con certeza que iré a naufragar,
como todos. Porque es inevitable, porque estar despiertos es darse cuenta, es
saberlo de antemano. Porque admitir que podemos mirar de frente a lo que vendrá
—sin saber qué es lo que vendrá— es el acto más impresionante del ser
consciente de uno mismo. Porque solo somos un breve e ínfimo ser entre dos
infinitos.
No suelto el timón, no lo haré
jamás. He de elegir cada rumbo, cada giro, cada desacierto del camino.
Porque tengo la certeza inalterable de
que la vida es un viaje y no un destino.

Muy bueno Dario
ResponderBorrarSiempre seguir
Nunca desalentarnos
Se trata exactamente de eso!
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