TORMENTA INTERIOR
—Nuestros hijos tienen hambre, Vinci.
—Lo sé, Leila, yo también los
escucho. Debemos aguantar un poco más.
—¿Crees que deberíamos arriesgarnos
a salir? Pienso que están sufriendo y…
—No, tienen que aprender a esperar.
El hambre debe controlarse, no podemos arriesgarnos a algo peor. Así nos
enseñaron nuestros padres y nuestros abuelos. Así lo hacemos nosotros y lo
harán ellos. No hay otra forma de aprenderlo, hay que pasar por esto.
—Sí, pero… me duele escucharlos
quejarse de este modo.
—La paciencia es la madre de las
virtudes, Leila. Nuestra seguridad es lo primordial, si no aprenden de pequeños
el orden de las cosas sabes que no podrán salir al mundo.
La lluvia arreciaba un poco más en
cada minuto que pasaba, Vinci se esforzaba hasta el extremo para recordar si
había visto alguna vez una tormenta tan violenta, estaba convencido de que
jamás había vivenciado algo así. ¿Qué podía presagiar semejante embate de la
Madre Naturaleza? Él sabía que el mundo estaba cada vez más loco. Algunos
ancianos auguraban que un día el planeta entero va a sucumbir con la furia de
los elementos, como ya sucedió en otras oportunidades. Sin embargo, a Vinci le
costaba creer en los viejos, sabía que su sabiduría era mucho mayor, aunque a
veces consideraba que su debilidad física los hacía pensar demasiado.
El viento golpeaba todo alrededor,
el ruido era algo mayor que los débiles pedidos de los pequeños por algo que
alivie esa sensación extraña y molesta en sus panzas. Los silbidos que creaba
el aire al traspasar por los pequeños orificios del refugio insinuaban que todo
empeoraba en el exterior. Vinci miraba para afuera, pensativo, estupefacto, no
movía ni un músculo de su cuerpo, solo esperaba.
De repente, el silencio total de su
familia llenó los huecos del espacio por completo. Vinci no se atrevió a darse
vuelta y mirarlos a los ojos. Sabía que esas miradas atravesarían su corazón de
un modo más penetrante que cualquier matorral espinoso de los alrededores.
Prefirió suponer que su silencio era producto del descanso y no del miedo o la
desesperación.
La tempestad continuaba luego de dos
días seguidos, sin tregua, pero Vinci analizaba que era peor su tormenta
interior, la que venía lloviéndole en el alma hacía demasiado tiempo.
Vinci se negaba a ser uno del
montón, a copiar a rajatabla las recetas transmitidas desde antiguas
generaciones. Sabía bien que la forma de sobrevivir era respetar esas fórmulas
que siempre habían funcionado para todos por igual, por siglos y siglos. No
obstante, sentía que tenía que encontrar algo más. Quería enseñarles a sus
pequeños que la vida era mucho más que una gris contienda cotidiana, que debían encontrar un sentido a cada acto sobre esta tierra. Vinci deseaba enfrentar
al infinito con cada fibra de su ser radiante y poder transmitirle eso a los
suyos.
Se comportaba como había aprendido y
como se esperaba que debía comportarse, pero por dentro ardía en contradicciones
que lo llevaban a analizar cada paso de su vida. Se debía solucionar el
problema del hambre, eso lo sabía con exactitud, pero tenía que enseñarles a sus
hijos a profundizar más…
Descampó al amanecer. Leila dormía
abrazada a sus pequeños. Vinci se paró en la puerta, cerró los ojos y aspiró
profundamente, adoraba el olor a tierra mojada. Abrió sus alas majestuosamente
y se lanzó con un pequeño salto.
El zorzal volvería en pocos minutos,
con tiernas lombrices para alimentar a sus pichones, un amanecer soleado traía nuevas
esperanzas.

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