EL DÍA QUE TE CONOCÍ
Recuerdo perfectamente cada detalle.
Y eso que el tiempo destiñe la memoria. El sonido de tu risa llenaba el
ambiente y yo pensaba que el mundo comenzaba a verse un poco mejor.
—¿Adónde vamos?
—A Mar del Plata.
Y la sonrisa cómplice, la sensación
de que algo entraba en ebullición. Y la idea de irse, de irse muy lejos, y de
no regresar jamás.
Recuerdo que hablamos de cosas
mundanas, de lo que ya no nos servía más, de lo que se acababa de ir. Tus palabras
eran suaves, pero entrecortadas. Al principio, declaramos lo mínimo, lo
imprescindible. Luego, nos fuimos soltando. No es necesario acordarse de la
palabra exacta, la primera ni la última, la que desencadenó todo. Ni siquiera
hace falta saber lo que no se dijo, lo que no nos animamos a expresar.
Recuerdo tus ojos, siempre tus ojos.
Esa mirada que cala hasta los huesos. Esa mirada sostenida que se ancla en lo
profundo y no te suelta hasta que no queda otra que dejar de resistirse. Y uno
se entrega y se pierde sin remedio.
—¿Qué mirás? —te dije—. Si no hay
nada.
Sonreíste otra vez. No había que ser
bruja para saber que había demasiado, y que siempre iba a haber mucho. No hizo
falta más.
Subí la música, adoraba esa canción
que pasaban en la radio y te pusiste a cantar. Yo callaba para no entorpecer
aquel momento, disfrutaba de esas notas que zarandeaban el alma sin tabúes.
El humo penetraba en mis pulmones y
tosí fuerte para expulsar los demonios del pasado. Abrimos los cristales. El
viento atravesaba las ventanas y se llevaba cada error que no pudimos enmendar.
Me acuerdo del perfume, la fragancia
que inundaba todo alrededor. Te pregunté si el aroma te transportaba a algún
sitio, como me pasaba a menudo a mí. Pero no, ese olor era nuestro, nos anclaba
en el presente, nos marcaba un punto adonde habría que volver.
La primavera se alejaba lentamente
en una noche abrasadora, y tuvimos que beber para no sentirnos acalorados. No
podíamos embriagarnos con tan poco, pero nos sentíamos bebidos, con el corazón
desbocado, con la sangre corriendo a toda máquina por nuestras venas.
Recuerdo que dudé, es que siempre
dudo. Y entonces nos besamos.
Sabíamos de algún modo que habíamos
sellado un futuro, una historia, un designio imposible de borrar. Ahora solo restaba
empezar a construir, a empujarnos, a llevarnos de la mano por el tiempo que nos
quedara.
Conversamos hasta el amanecer. Había
mucho que contarnos. Vos venías de tropiezos, yo no paraba de tropezar. Vos
barrías bajo la alfombra, yo miraba para otro lado. Vos borrabas tu pasado, yo
lo deformaba para no hacerme cargo.
—Si tuviéramos un lugar para estar
juntos…
Y así fue cómo hicimos lo que
hicimos, cómo encontramos el camino que había que seguir, cómo supimos
edificarnos una vida.
Recuerdo que levantamos las copas y
brindamos por lo que fue y lo que no, por lo que es y por lo que vendrá.
Nos hallamos, porque sé que si dos
personas se tienen que encontrar… se encuentran.


ME ENCANTO
ResponderBorrarBELLISIMO.👍
Muchísimas gracias!
BorrarQue bella historia, que bien narrada, casi los lectores nos sentimos complices del encuentro. Larga vida y felicidad para ambos.
ResponderBorrarQué lindo lo que dices aquí!
BorrarHermosa historia de vida!! Los felicito!!!
ResponderBorrarMuchas gracias!
Borrar