LA FINAL

                              LA FINAL 

            El juego estaba por terminar. Me di cuenta porque el árbitro miró el reloj dos veces seguidas. Mi estómago estaba revolucionado, una especie de náusea me tenía alerta. No podíamos terminar con ese empate lamentable. Nos debíamos a nuestros hinchas, a nuestra gente.

            El partido iba y venía, aunque venía más de lo que iba. Nos estaban cagando a pelotazos. En una de esas metieron un misil que pegó en el travesaño. El arquero ni la vio, se quedó papando moscas. Yo me quería matar, la había visto adentro. «Si nos ganan otra vez me corto los huevos con el cordón de los botines».

            La camiseta a rayas celestes y blancas me pesaba horrores. No podía fallar. Tenía que ser mi mejor versión. Además, llevaba puesta «la 10» y todos saben lo que significa. ¿Qué diría el Diego si me viera dudando de mí mismo? ¡O peor! ¡Dudando de nosotros! Me rajaría una puteada que de solo imaginarla ya me puse colorado.

            El alemán Jouseman —o como se diga— me tenía trastornado, me bailaba siempre. Lo único que podía hacer para pararlo era meterle foul, y cuando lo hacía me dolía más a mí que a él. Ya me lo decía mi viejo cuando yo era chico, estos alemanes no son de carne y hueso; son de hierro y piedra. Así y todo, lo bajé.

            —Aflojá un cambio —me dijo el árbitro. La próxima te saco de la cancha.

            Me calenté el doble, apenas me mojan la oreja soy de agarrarme a trompadas, pero era el referí, no podía… Los muchachos me arrastraron hacia atrás. Yo le mantenía la mirada y sacaba pecho para que no piense que me había cagado en las patas.

            ¡Cómo extrañaba en estos partidos importantes a los pibes de la niñez! Al tarta, al chueco y al Benja, que tenía una número cinco de cuero nuevita, toda cosida a mano. Hasta me acuerdo que le pasábamos grasa en las costuras. Después, cuando jugábamos en el potrero, se le pegaba toda la tierra y era un asco cabecearla.

            La gran pasión del fútbol arranca muy temprano. Si te pica el bicho de pequeño, sonaste. El mundo se convierte en una pelota. Y entonces andás siempre jugando con quien sea, ocupando la hora de la siesta en los desafíos más difíciles. Te comprás el álbum de figuritas, el póster de tu jugador preferido, la camiseta de tu club favorito, el pantalón, las medias, todo… Llevás el escudito pegado en todos lados, como un documento de identidad. Entonces te convertís en jugador y soñás con la selección.

            Yo ya no daba más, tendría que pedir el cambio. ¿Pero quién quiere salir de la cancha en una final? «Tenemos que salir campeones como en el ochenta y seis» cantaba para adentro, como un mantra, y me lo repetía hasta el hartazgo. Me debía a mis hinchas, a mi gente.

            El fútbol es antojadizo, caprichoso, rebelde. No siempre gana el mejor ni el que pone más garra. A veces la pelota no quiere entrar y es la única verdad. Miré al cielo y pedí una mano, una ayudita no nos venía mal.

            Entonces vi al gordo Lopez desbordar por la derecha, hizo una calesita y gambeteó a uno, a dos, a tres. Yo corrí dejando la vida para ponerme a tiro, el corazón se me salía del pecho. Sus ojos estaban encendidos. Se plantó frente al arquero, amagó a gambetearlo y me la tocó… ¡a mí! No pude ni pensar, la agarré de volea, así como venía, le di de lleno con el empeine y la clavé en un ángulo; ahí, donde duermen las arañas.

            ¡Gooooolllllllll! Me tiré al suelo con los brazos en alto, agradecí al cielo y se me escapó un lagrimón. El gordo Lopez se me tiró encima, y luego otro, y otro, y otro.

            Escuchamos el pitido del silbato. El estadio se venía abajo. Pensé en la vieja, en los amigos, en los pibes, en mis hijos. El cielo se puede tocar con las manos, ¿quién dijo que era imposible?

            Nos fuimos al vestuario y me senté en el banco a sacarme las pilchas. Todavía jadeaba un poco. Me dolían los pies y la cintura de una manera exagerada, pero nada enturbiaba mi felicidad.

            Escuché al gordo Lopez pelearse afuera en el pasillo.

            —¿Otra vez no hay agua caliente?¡La puta madre!¡Qué club de mierda, che!

            —¿Y qué querés? —le respondió el encargado. Con la cuota social no alcanza para arreglar la caldera, y encima muchos de ustedes deben más de un año.

            El gordo entró al baño y me dijo:

            —No te cambiés, petiso, no hay agua. ¿Vamos a tomar una cerveza? ¡Dale! Así nomás, como estamos.

            —Y dale, gordo —respondí.

            —¡Qué golazo metiste! —me dijo. ¡Hoy sí que la descosiste! Estabas concentradísimo. No sé qué corno te pasaba. Ahora vas a estar agrandado toda la semana.

            Le sonreí y agarré el bolso para irnos, estaba rotísimo y al otro día tenía que laburar temprano. Yo sabía que el gol era todo suyo, solo la empujé adentro del arco, pero el gordo era un caballero y me seguiría felicitando por varios días en el trabajo.

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