Cuando terminé la escuela primaria
mi madre me regaló una agenda personal. Era una de esas agendas perpetuas, con
tapas de cuero, un sitio para colocar la lapicera, una hoja para cada día del
año y un índice donde se anotaban los datos de toda la gente conocida.
Nada más apasionante que sentarme
frente a un libro con hojas en blanco para llenar. Anotaba las actividades que
debía hacer en la semana —aunque seguramente no era tan necesario—, garabateaba
cosas, copiaba frases que me resultaban interesantes, hasta transcribía
fragmentos de libros que me gustaban. Allí anoté nombre y apellido, dirección y
teléfono de cada persona cercana a mí.
Al año siguiente compramos el
repuesto de la agenda, no era necesario tener una nueva, la mía se encontraba
en perfectas condiciones, además, costaba bastante dinero adquirirla. Se
cambiaban solo las hojas del interior y se mantenían las mismas tapas. Recuerdo
que mi madre me aconsejó que sacara el índice de la agenda vieja y lo pasara a
la nueva para mantener todos los datos actualizados. Sin embargo, yo preferí
copiarlos uno a uno con extrema paciencia.
Año tras año, cuando llegaba el mes
de diciembre, me tomaba un buen tiempo «pasar la agenda». Me dedicaba a
transcribir ese índice nombre por nombre. No se trataba solo de copiar números
telefónicos. Descubrí que, sin planearlo, hacía una especie de evaluación de
mis afectos. Allí había nombres de personas que veía a diario y sabía sus
números de memoria, esos los copiaba automáticamente. Había otros que ni
recordaba quiénes eran, por lo tanto, los borraba sin analizarlo. El mayor problema
eran aquellos nombres de los que dudaba si dejarlos o no en mi agenda. Me
llevaba un lapsus de tiempo tomar esa decisión. ¿Mantenía su contacto o no?
¿Por qué razón lo borraría de mi agenda o, por el contrario, por qué lo
mantendría allí?
Se convirtió en un trabajo
periódico, anual para ser más exactos. Recuerdo haber mantenido esa costumbre
hasta bien entrada mi juventud.
A medida que transcurre la vida uno
conoce a demasiadas personas, y esos datos se vuelven bastante abultados. Cada
vez me costaba más tiempo y esfuerzo dedicarme a esa transcripción, sobre todo
si quería hacerla a consciencia. ¡Cuánta gente ha pasado por esas páginas!
¡Cuántas horas les he dedicado, pensándolas! El mero hecho de mantener anotado
un número de teléfono hacía de «cuerda» para unir a dos seres humanos.
Hoy en día, los dispositivos que
usamos guardan millares de datos, y no es necesario invertir tiempo en estos
menesteres. Pero tal vez —y solo tal vez— a veces pienso qué bien me hacía
pasar la agenda.

Comentarios
Publicar un comentario