Reflexiones... opus 27 Pasar la agenda

 

            Cuando terminé la escuela primaria mi madre me regaló una agenda personal. Era una de esas agendas perpetuas, con tapas de cuero, un sitio para colocar la lapicera, una hoja para cada día del año y un índice donde se anotaban los datos de toda la gente conocida.

            Nada más apasionante que sentarme frente a un libro con hojas en blanco para llenar. Anotaba las actividades que debía hacer en la semana —aunque seguramente no era tan necesario—, garabateaba cosas, copiaba frases que me resultaban interesantes, hasta transcribía fragmentos de libros que me gustaban. Allí anoté nombre y apellido, dirección y teléfono de cada persona cercana a mí.

            Al año siguiente compramos el repuesto de la agenda, no era necesario tener una nueva, la mía se encontraba en perfectas condiciones, además, costaba bastante dinero adquirirla. Se cambiaban solo las hojas del interior y se mantenían las mismas tapas. Recuerdo que mi madre me aconsejó que sacara el índice de la agenda vieja y lo pasara a la nueva para mantener todos los datos actualizados. Sin embargo, yo preferí copiarlos uno a uno con extrema paciencia.

            Año tras año, cuando llegaba el mes de diciembre, me tomaba un buen tiempo «pasar la agenda». Me dedicaba a transcribir ese índice nombre por nombre. No se trataba solo de copiar números telefónicos. Descubrí que, sin planearlo, hacía una especie de evaluación de mis afectos. Allí había nombres de personas que veía a diario y sabía sus números de memoria, esos los copiaba automáticamente. Había otros que ni recordaba quiénes eran, por lo tanto, los borraba sin analizarlo. El mayor problema eran aquellos nombres de los que dudaba si dejarlos o no en mi agenda. Me llevaba un lapsus de tiempo tomar esa decisión. ¿Mantenía su contacto o no? ¿Por qué razón lo borraría de mi agenda o, por el contrario, por qué lo mantendría allí?

            Se convirtió en un trabajo periódico, anual para ser más exactos. Recuerdo haber mantenido esa costumbre hasta bien entrada mi juventud.

            A medida que transcurre la vida uno conoce a demasiadas personas, y esos datos se vuelven bastante abultados. Cada vez me costaba más tiempo y esfuerzo dedicarme a esa transcripción, sobre todo si quería hacerla a consciencia. ¡Cuánta gente ha pasado por esas páginas! ¡Cuántas horas les he dedicado, pensándolas! El mero hecho de mantener anotado un número de teléfono hacía de «cuerda» para unir a dos seres humanos.         

            Hoy en día, los dispositivos que usamos guardan millares de datos, y no es necesario invertir tiempo en estos menesteres. Pero tal vez —y solo tal vez— a veces pienso qué bien me hacía pasar la agenda.


Comentarios