CENTAUROS
—¿Cómo se llama tu caballo? —dijo
B52, el niño de pelo oscuro, con sus ojos ciegos mirando hacia adelante.
—Nieve —respondió B73, la niña de
cabellos rubios—. Dicen que se llama así porque es clara o blanca, aunque en
realidad no entendí bien qué significa eso de los colores. ¿Y el tuyo?
—Sombra —respondió él—. Me pasa lo
mismo que a ti. No entendí nada de la clase que nos dieron ayer sobre cómo son
los colores y sus diferencias, pero ellos dicen que mi caballo es oscuro como
la noche. Tampoco lo entiendo bien. Cuesta comprender la diferencia entre día y
noche como la cuentan nuestros padres. De verdad que no sé para qué tenemos que
saber todo eso. Supongo que solo para mandarnos a dormir.
—¿Quieres correr otra carrera?
—¡Claro que sí! —gritó B52. Espoleó
su caballo y salió a todo galope por el camino mayor.
Ambos niños gritaban de alegría
mientras aceleraban el paso por un pasadizo ancho, tan ancho que podían avanzar
más de diez caballos al mismo tiempo, uno al lado del otro. El eco de sus voces
se perdía en los kilómetros de túneles construidos hacía cientos de años.
Cada vez que nace un niño se le
otorga un caballo. Ellos son nuestros ojos, nuestra forma de movernos por estos
túneles oscuros, debajo de la tierra.
El mundo exterior es irrespirable
desde hace milenios. Los seres humanos hemos venido a vivir en las entrañas del
planeta desde hace tanto tiempo que hemos perdido las fechas históricas. Lo que
no sabíamos era que nos iríamos volviendo ciegos de a poco. Ya no hay manera de
generar luz de ningún tipo. Por lo tanto, no vemos. Nuestros ojos se han
agrandado hasta el extremo para adaptarse a la oscuridad. Lo han hecho por
generaciones, pero las actuales hemos perdido la visión por completo.
Las máquinas nos han ayudado por
largos años. Luego no pudimos generar energía suficiente para mantenerlas, así
que las utilizamos solo para lo imprescindible. Nos alimentamos de toda alimaña
y ser vivo que haya buscado sobrevivir por aquí.
Pero los caballos… ¡quién lo hubiera
imaginado! Ellos nos han mantenido con vida tantos siglos que podemos afirmar
que son más importantes que nosotros.
El niño y el caballo establecen una
conexión rápida y muy potente. Nuestro sistema límbico se adapta bien al medio,
pero el del caballo es mucho más desarrollado, es más perceptivo y poderoso. El
caballo aprende todo con mucha facilidad, puede sentir y hasta discernir
nuestras emociones. Instantáneamente crea un vínculo con el niño. Se vuelve
inseparable; se convierte en parte de él, en su medio de locomoción, en su
vista, su protector, su compañero de juegos y trabajos, su olfato ante los
peligros. Ambos funcionan en una unión perfecta y crecen juntos en este mundo
oscuro, sin futuro.
Hemos decidido autodenominarnos
Centauros, basándonos en esa mítica criatura griega, mitad hombre, mitad
caballo —ya que así nos veríamos, si nos pudiéramos ver—.
Al conocerse desde tan pequeños, el
humano y el equino se conectan desde el instinto, desde la profunda percepción de
que en su unión no hay ningún peligro. Se hacen más que amigos. Se ensamblan de
una forma imposible de describir, prácticamente son uno. Ambos se conocen, se
abrazan y se entienden tanto que no hacen falta las palabras. Simplemente, el
niño se toma de sus crines, se sube a su lomo y comienza el día de actividades
programadas. Así funciona nuestra sociedad, cotidianamente. La vida es monótona
y, por momentos, perdemos la esperanza, aunque cada niño que nace es una fuente
de oportunidades para la raza humana.
—¿Qué pasa, B73? ¿Tienes miedo?
—le dijo el niño, agitado por la corrida, con una sonrisa irónica en sus
labios. Se sabía algo mayor. Había nacido el mismo año, pero unos días antes, y
su numeración lo comprobaba (había nacido veintiún niños antes que ella).
—Sucede algo extraño hoy, B52. Nieve
está ansiosa, los siento desde su cruz hasta su grupa. No sé por qué tanta
tensión…
—¡Oh! ¡Yo también lo he percibido en
Sombra! ¿Es que estos caballos saben algo que nosotros no?
—Volvamos a la Plaza Mayor, B52. Ahí
podremos preguntar a los abuelos. Realmente se presiente algo fuera de lo
común.
Los niños tomaron las riendas,
apretaron suavemente las rodillas e inclinaron su cuerpo hacia adelante. No
precisaban dar órdenes a sus corceles. Ellos se movían con libertad por los
túneles que conformaban la Gran Ciudad, conocían las rutinas de horarios, de
actividades, lo que podían hacer y lo que no.
Nadie conoce el momento exacto en
que se construyó la Gran Ciudad. Lo único que sabemos con certeza es que somos
el único centro urbano de seres humanos existente en el planeta.
Hemos logrado deslizar unos róveres
al exterior para estudiar la superficie de la Tierra. En los últimos lustros
hemos notado una sutil mejoría. Tal vez las plantas se estén reproduciendo
mejor allí afuera y estén enviando más oxígeno a la atmósfera. Nuestros
cálculos son siempre estimativos. No podremos salir a la superficie hasta
dentro de mil quinientos años, con los valores actuales —y si se mantiene esta
curva ascendente—. Cuesta trabajar pensando en tantas generaciones futuras
cuando hoy en día tenemos demasiados problemas a corto plazo para solucionar.
Si no podemos subsistir y transmitir nuestros saberes a los pequeños no habrá
nadie que pueda salir al exterior cuando ya esté limpio y curado.
No sabemos tampoco si fuimos
nosotros los que rompimos el mundo. Hay quienes afirman que sí, que la codicia
humana es tan antigua que nos hemos creído dueños de la Naturaleza. Otros optan
por creer que fue una gran guerra por algo llamado dinero, un concepto que no
logramos entender bien.
Hace poco tiempo, hemos rescatado
varios terabytes extremadamente antiguos con los cuales armamos el rompecabezas
como hemos podido. Allí descubrimos que, hace unos cuantos milenios, los
humanos vivían con mucha comodidad en construcciones artificiales que dominaban
el clima dentro de sus habitáculos, aumentando o enfriando el ambiente a su
gusto. Poseían gran tecnología. Se comunicaban a cualquier parte del paneta en
forma instantánea y podían ver y hablar con gente que se encontraba a miles de
kilómetros.
Claro que todo esto puede ser una simple
fábula inventada por alguien que ha dejado datos en un disco rígido. Pero
muchos de nosotros creemos que es verdad y que, en el pináculo de su
modernización, no midieron las terribles consecuencias de sus actos contra
nuestra amada Tierra. Muchos afirman que
ese objeto llamado dinero era tan importante que hasta podían quitarle la vida
a otro ser humano solo para obtenerlo.
Hoy en día no es posible confirmar
toda esta información. Sin embargo, pasamos largas horas debatiendo e
intentando comprender por qué sucedió el apocalipsis…
Los niños llegaron a la Plaza Mayor
guiados por un fuerte aroma proveniente de un gran guiso festivo. Por los
parlantes centrales sonaba una música melodiosa y rítmica que casi invitaba a
bailar.
—¡Otra vez encontraron un nido de
comadrejas! ¡O tal vez hurones! ¡Hoy comeremos carne!
—Parece que sí, pero percibo que
habrá una gran fiesta. No creo que sea solo por el encuentro de alimentos.
Tengo la sensación de que el Gran Abuelo contará una historia.
¡O una novedad! —gritó la niña
entusiasmada.
Ambos se acercaron a sus respectivos
establos. Dejaron a los equinos pastando y tomando agua. Comenzaron a
cepillarlos y a frotar sus crines con una especie de extracto vegetal, para
mantenerlos brillantes, sanos y fuertes. Estuvieron alrededor de media hora
cepillándolos en forma circular mientras canturreaban una canción de cuna que a
los caballos tranquilizaba y hacía dormitar.
Los Centauros sabemos que el amor
por nuestros caballos es crucial. Sin ellos, nuestras vidas se volverían
tormentosas. El cuidado es de suma importancia. Cada niño está al corriente de que
debe velar por su compañero todos los días de su vida. Por eso se ocupa de su
aseo con esmero y dedicación; cepilla todo su cuerpo y, mientras tanto, examina
con el tacto que no tenga ninguna herida ni nada extraño en el cuerpo. Revisa
sus cascos con precisión y le unta un aceite —similar a la grasa animal— para evitar
que se resequen y se agrieten.
La vida de un corcel dura tanto como
la de un humano, no más de treinta años. Al nacer, anotamos en las crónicas de
nuestra historia el nombre del caballo junto con la numeración del niño. A los
quince, cuando nos hacemos adultos y sabemos que queda poco tiempo para montar
a nuestro caballo, recibimos una silla de ruedas en su lugar, para poder desplazarnos
por la Gran Ciudad —solo que por otros pasillos—. De todas formas, la mayoría de
las personas continúa con su animal hasta el final, ya que no hay amor más
grande que el de un jinete y su caballo.
Los niños dejaron a sus
respectivos equinos descansando. Se tomaron las manos y se dirigieron despacio
hacia el centro de la Plaza Mayor. Realmente se percibía un clima de extrema
algarabía. Ellos no podían dejar de sonreír. Sentían toda esa energía positiva
que fluctuaba entre toda la sociedad.
—¿Quieres que te traiga un plato,
B73?
—Claro que sí —respondió la niña—.
Tengo tanta hambre que me comería mis propias piernas.
Se acercaron a la gran olla gigante
y pidieron ser servidos. Recibieron un cuenco con un exquisito guiso, cuyos
aromas estimulaban a los niños de manera extrema. Se sentaron a comer en
silencio mientras escuchaban todos los preparativos alrededor.
—¿A qué se debe esta alegría, papá?
—preguntó B52 cuando percibió que su progenitor se sentaba a comer junto a
ellos.
—¿No se enteraron aún, chicos? Ya se
sabe en todos los rincones oscuros de la Gran Ciudad.
—No, no sabemos nada. Estábamos
cabalgando hacia el sur, jugamos carreras. ¿Qué pasó? Supongo que algo bueno
porque habrá un gran festejo esta noche.
—Claro que sí… Sucedió algo
maravilloso. ¡Una anomalía!
—¿Y eso qué es, papá?
—¿Cómo que «qué es»? ¡Es un niño!
—¡Ah! Pero eso es algo normal, ¿o
acaso este niño tiene algo especial?
—Claro que sí, hijo. Por eso es una
anomalía y el motivo de nuestra gran fiesta. Este niño… ¡¡¡puede ver!!!

¡Genial cuento! Con inesperado desenlace. Qué curioso mundo propones en donde caballos y humanos se unen en un solo ser llamado centauro.
ResponderBorrarProbando nuevos géneros...
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