LAS ARRUGAS DE LA ABUELA

           LAS ARRUGAS DE LA ABUELA

 

            Las arrugas de la abuela Molly eran surcos plagados de memorias. Si se le hacía una pregunta específica sobre su pasado podía tardar horas en contestarla por completo, recordaba cada detalle con pasión. A menudo repetía las mismas cosas, como hacen los viejos en general. De vez en cuando, me contaba una historia nueva y, aunque yo ya conociera de antemano lo que me iba a narrar, se convertía en un relato fresco, con otros matices, otros condimentos.

            Cuando tenía ochenta y ocho años le salió un punto negro en la cara. Los médicos nos confirmaron lo que más temíamos: era un tumor, y maligno. Sacárselo no tenía sentido, era tan mayor que su corazón no soportaría la operación, así que nos derivaron a rayos. Se lo quemarían solo del lado de afuera.

            La abuela soportó estoicamente cada sesión. No dolía en absoluto (o eso decía); lo que le afligía era cambiar su rutina, salir de su cuarto, no pasar horas y horas —sentada en su balcón— con la cara al sol.

            Sabía que eso no se la llevaría de este mundo. No se equivocó. Se fue de vieja nomás, mucho tiempo después.

            Un día llegué bien entrada la tarde y la visité. Apagó la televisión, pronosticando una conversación interesante. Se quejó de que no podía estar expuesta aún al sol. Le pedí que me dejara examinarle el rostro de cerca, mi curiosidad siempre fue algo espeluznante. Ella se dejaba hacer cualquier cosa. Demasiado dócil la habían vuelto los años, y eso que corrían ríos de anécdotas de su bravura y severidad.

            La piel de su cara había quedado como nueva, lisa y suave por completo; parecía algo plástica al tacto. Contrastaba demasiado con su otro lado arrugado.

            Preparé el mate para compartirlo con ella. El agua casi a punto de hervor y mucha, mucha azúcar.

            —Abuela, te quedó la cara como el culito de un bebé— le dije en broma.

            Explotó en una carcajada, casi tiró el mate por los espasmos de la risa, y me miró fijo. No puedo recordar la cantidad de segundos que duró esa mirada silenciosa, pero quedé absorto en ella, atrapado en su intensidad, sin opciones de escape. La abuela tenía un scanner en su mirada que atravesaba cualquier pensamiento.

            Se puso seria en un santiamén y me respondió:

            —Prefiero tener la cara rosada como el culo de un bebé y no esa cara de culo que traés vos hoy. Vení, sentate acá y contame. ¿Qué anda pasando?

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